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Tras haber recibido el Premio a la Mejor Creación Literaria 2019 por “Inundación”, un reconocimiento de la Feria del Libro de Buenos Aires a ese ensayo poético sobre la escritura, la cordobesa Eugenia Almeida llega con “Desarmadero”, un novela policial que corre rápido, a la vez que funciona como áspera radiografía social y como una puesta en cuestión de las nociones contemporáneas de destino y control.
Lo que tienen en común ambas novelas es el juego con el lenguaje, la poesía. Por lo demás, no pueden ser más diferentes. Pero el motor de esa escritura, lo que subyace y sobrevuela estos textos y sus anteriores salta de uno a otro. La opacidad, lo liminal, el movimiento, el silencio, la búsqueda.

El argumento de la nueva novela que publica Edhasa es este: Durruti dirige el desarmadero ilegal de un barrio de emergencia e interviene en las vidas de sus habitantes con fuerza de gobernante, los que entran en su círculo quedan sometidos a un orden que pareciera ser el suyo, pero ¿lo es? ¿Hasta donde controlan las decisiones quienes creen que las controlan? ¿Cuáles son las fronteras de lo que en principio pareciera territorio autónomo?


-¿Hubo algo entre “Inundación” y “Desarmadero”?

-Cuando terminé “Inundación” pasó un tiempo de bruma y después vino la pandemia. Había empezado “Desarmadero” y lo tenía parado. Todo el primer año no pude escribir, sí leer. Me empecé a preguntar para qué todo: cómo seguir la vida que queda, qué es lo importante, qué no, me apareció la pregunta de por qué escribir, que no me había hecho nunca, y en medio de eso, en un momento que no era sólo preguntas sino mucho sufrimiento porque había perdido gente muy querida y veía pérdidas en todos los planos, transformaciones muy abruptas, constantes que parecía que no terminaban más, me llegó un libro de Betina González, “La obligación de ser genial”, y me sacudió los cimientos.

-¿Por qué?
-No podría decir qué encontré, fue más bien un tono que me conectó con escribir. Imaginate una isla desierta. Es de noche, ves una luz en otro lado y decís, «hay alguien más por ahí». Fue como el reconocimiento de algo propio, decir eso es mío, el escribir. Como si me hubiera contagiado el entusiasmo.

-Algo de ese entusiasmo se cuela este libro tremendo y triste que es ‘Desarmadero’. A los personajes casi se los escucha hablar, ¿cómo trabaste los diálogos?

-Es un tema, porque el lenguaje escrito tiene otras reglas y es muy fácil salirse de lo que es el lenguaje oral, por eso tengo mucha admiración con quienes escriben teatro, montar una escena y sostenerla con el cuerpo no es nada sencillo. Escribir algo en relación a la oralidad es riesgoso. Siempre escribir el doble y después sacar mucho. La corrección es la poda y la lectura en voz alta, si a mí me suena, lo dejo.

– Donde siempre se equivocan los personajes, en la novela, es en las intenciones. Nada es deliberado, pero todo es destructivo, hay una narración de una forma de pensar el mundo.
-Ahí hay una pregunta sobre azar y destino. Tengo la sensación de que el mundo es así, todo el tiempo nos están pasando cosas que si pudiéramos verlas dos pasos atrás diríamos guau y que a veces cuando se trata de la desgracia, como acá, vivimos en la ilusión de que más o menos comprendemos el escenario. Yo vengo acá, charlamos, y no se nos está ocurriendo que en la cuadra siguiente hay un robo que salió mal, que va a salir un ‘chorro’ con un arma y que va a disparar. Pero eso pasa todos los días. La sensación es que no podemos percibir la complejidad de las cosas ni los lazos que hay entre nosotros, no los vemos, pero cuando una tiene el artificio de una novela se puede poner un poco atrás y decir, ‘bueno, mirá’.

-¿La teoría de los seis grados?
– O menos, tiene que ver con hasta qué punto estamos enlazados y hasta qué punto esa fantasía de control de nuestra vida no funciona y nos estamos cruzando todo el tiempo, sólo que no nos damos cuenta. “Desarmadero” es un ensayo sobre la complejidad y un intento de romper la idea binaria de causa y efecto. Nosotros decimos ‘por esto, esto’ y a veces el efecto genera su propia causa. No ves, el sistema invisibiliza y cada uno tiende a creer que el mundo es su mundo. Es también un ensayo sobre lo poco que vemos alrededor nuestro, sobre lo fácil que es ver poco en el entramado social e interpretar y juzgar en base a dos elementos como si pudieran dar cuenta de una realidad. Sacamos conclusiones de donde no alcanza, es muy angustiante asumir que no es que somos tontos, que la realidad es más compleja de lo que podemos comprender.


Más sobre la autora


Eugenia Almeida nació en Unquillo, Córdoba, en 1972. Es licenciada en Comunicación Social, autora de las novelas “El colectivo” (traducida a seis lenguas), “La pieza del fondo” (finalista del Premio Rómulo Gallegos) y “La tensión del umbral” (Premio Transfuge a la mejor novela hispánica publicada en Francia). También es autora del libro de poesía “La boca de la tormenta” (Premio Alberto Burnichón), y conductora del programa literario Dame Letra de Radio Universidad.

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