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A 20 años de la Masacre del Laboratorio, la impunidad pasea por las calles de Cipolletti

El 23 de mayo de 2002 el centro de Cipolletti se sacudió con uno de los episodios más sangrientos de su historia. Tres mujeres murieron brutalmente asesinadas, una sobrevivió, otra salvó su vida de milagro y los asesinos escaparon por las calles de una ciudad que hoy están llenas de impunidad. Las edades (y las muertes) marcan el paso del tiempo: a uno de los viudos le ganó el coronavirus y los hijos de esas víctimas fatales hoy son adultos.

Carmen Marcovecchio, Mónica García y Alejandra Carbajales murieron esa noche. El o los asesinos las apuñalaron, a una le dieron un disparo, a todas las rociaron con ácido acético y las ataron de pies y manos en la casa de la esquina de 25 de Mayo y Roca donde funcionaba un laboratorio de análisis clínicos. A Ketty Karavatic, una mujer de 70 años que entró a la escena del crimen cuando ya se había consumado, no murió porque los criminales sospechaban que ya la habían ultimado. Vivió 17 años, con secuelas físicas y psicológicas tremendas, pero no declaró en ninguno de los dos juicios que se le hicieron a David Sandoval.

La hija de Karabatic, Betina Bilbao, también salvó su vida de milagro.

No hay testigos que permitan reconstruir cronológicamente lo que ocurrió esa tarde-noche en el laboratorio de la masacre. Cuando los matadores ingresaron, este era el cuadro de situación:

Mónica García era bioquímica y estaba cumpliendo sus funciones. El laboratorio tenía una forma similar a la actual (es la oficina del estacionamiento medido) pero con cerco vivo alrededor. La entrada estaba por 25 de Mayo; una vez dentro del patio, había cierta reserva.

Carmen Marcovecchio era psicóloga y atendía en un ambiente de esa esquina convertido en consultorio. Ese espacio daba a la parte del patio que mira a la calle Roca.

Alejandra Carbajales, que era empleada bancaria, estaba en sesión de su terapia con Marcovecchio.

Karavatic tenía que recoger los resultados de un estudio de rutina y su hija la llevó en su auto. La mujer mayor entró sola porque Betiana se quedó en el coche con sus hijos.

Lo poco que se sabe de lo que dijo esta cuarta víctima que sobrevivió es que no alcanzó a ver nada. La golpearon apenas entró al laboratorio. A ella también la rociaron con ácido y le dieron un disparo en la cabeza, con un arma de tan baja potencia y a una distancia tal que no le produjo daños profundos.

Su hija, al cabo de varios minutos, se preocupó y decidió ir a ver qué pasaba en el laboratorio. Cruzó 25 de Mayo y cuando pasó el portoncito de la reja, vio a un sujeto con la capucha del buzo sobre su cabeza que cerraba la puerta con llave. Intercambió dos palabras con esta persona (“¿adentro están atendiendo?”, “no sé, entrá y fíjate”), que tomó una bicicleta del suelo, en la oscuridad que le daba el cerco a esa zona del patio y escapó con dirección a la calle Yrigoyen, directo a la impunidad.

David Sandoval era lavacoches en las calles de Cipolletti. Cuando tenía menos de 18 años, pasó varias temporadas en un hogar de menores en conflicto con la ley de Neuquén, adonde trabajaba la psicóloga Marcovecchio.

Cuando fue detenido, hallaron en el sitio donde vivía las ediciones de RÍO NEGRO de los días posteriores a la masacre. En su indagatoria, dio detalles de las cosas que hizo el día del crimen y los siguientes, pero no pudo precisar con la misma puntillosidad sus movimientos en las jornadas previas.

Cuando lo detuvieron le tomaron las huellas digitales y palmares para cotejarlas con las que hallaron en la escena del crimen. Este diario supo entonces pero recién ahora puede publicarlo que en la ficha anónima correspondiente a Sandoval que los peritos usan para el cotejo había un error: dos huellas palmares de la misma mano, la derecha. Remitieron la ficha otra vez a la Justicia; era la de David Sandoval, que es zurdo. Subsanado el error (de la persona que tomó la huella, no del acusado, que es evidente que lo hizo adrede), en el cotejo, no hubo dudas.

Sandoval fue a juicio en 2004, pero resultó absuelto porque el fiscal Edgardo Rodríguez Trejo no acusó con el argumento de que las pericias que lo colocaban en el laboratorio no eran prueba suficiente. Cuando, en casación, el Superior Tribunal de Justicia ordenó un nuevo juicio con una valoración diferente de las pruebas colectadas, el mismo fiscal sí acusó y se logró una condena.

De todos modos, por aquello de que “nadie puede ser juzgado dos veces por un mismo hecho” (en el latín que adoran los abogados se le llama “non bis in idem”), la Corte Suprema de Justicia tardó muy poco en revocar la condena y David Sandoval salió en libertad.

“De David hay que olvidarse, hay que buscar a la persona que lo acompañó. No sabemos si Sandoval fue el asesino pero tenemos certeza de que estuvo en el laboratorio porque su huella apareció ahí”, le dijo Juan Widmer, viudo de Carbajales, hace 10 años a RÍO NEGRO.

Juan, un tipo cuyo amor por su mujer le llenaba el rostro tanto como se lo ensombrecía, murió el año pasado, como consecuencia del coronavirus.

Lo poco que se sabe de esa persona que huyó en bicicleta luego de cruzarse con Bilbao es que no era David Sandoval. Además de esta testigo, hubo una persona que casi lo atropella en la esquina del club Cipolletti, Mengelle y O’Higgins, y que llegó a verlo.

Hace 10 años la Procuración rionegrina había prometido armar un equipo de fiscales para darle un cierre a la investigación. Ahora que es cada vez más tarde, difícilmente esos adultos que fueron niños, los hijos y las hijas de Alejandra, Carmen y Mónica, puedan sentir nunca que sus madres descansan en paz.

Las pruebas y testimonios del segundo juicio demostraron la participación de Javier Orlando Sandoval en la Masacre del Laboratorio. Pero nadie lo acusó ni en el primer ni en el segundo debate. Lo reconoció la hija de una de las víctimas, la gente que estaba en las inmediaciones la noche de los crímenes y hasta el olor a ácido que emanaba su cuerpo el momento de la detención: “el mismo olor que tenían los cadáveres”, aseguró el oficial Daniel Uribe, hoy jefe de la Regional Quinta.

A Javier Orlando Sandoval lo conocían en el ambiente delictivo de Cipolletti como “El Clavo”. Tenía antecedentes e incluso murió detenido en una cárcel de Chubut, mientras cumplía una condena de diez años por abuso sexual agravado.

Su nombre empezó a circular rápidamente en los minutos posteriores a la masacre. Pero sobrevolaba la idea de que era un chivo expiatorio para cerrar el caso rápidamente. Ese fue el argumento que usó su abogado defensor en el primer juicio.

Pero en el segundo debate hubo abundante prueba testimonial como para demostrar la participación de El Clavo Sandoval. Aunque nadie lo acusó.

Betina Bilbao estaba esperando a su madre, Ketty Karavatic, que había entrado al laboratorio a hacer un trámite que se suponía era rápido. Como se demoró, dejó a sus hijos en el vehículo y bajó. Cuando llegó a la puerta, un hombre cerró con llave y se fue en bicicleta. Ella fue la primera en describir a esa persona. Pero después varios testigos aportaron datos sobre ese hombre que escapó en bici y que se cayó en la esquina del Club Cipolletti. Allí se le rompió la única botella de ácido acético que faltaba en el laboratorio.

Hubo una persona que conocía al Clavo con anterioridad y que lo reconoció cuando levantaba su bici para seguir en dirección al barrio Pichi Nahuel. La Policía aportó perros especializados y los canes siguieron el olor al ácido. En su casa hicieron un allanamiento. Los animales marcaban que había pasado por allí y enseguida siguieron el recorrido por la ciudad.

El oficial Uribe lo detuvo en la calle Pacheco a unos cien metros de la calle Lisandro  De la Torre “su cuerpo emanaba el mismo olor que el de los cadáveres”, aseguró el actual jefe de la Regional Quinta.

Todas las personas que lo vieron en inmediaciones del laboratorio coincidieron en la descripción física atlética, delgada y de manos finas que en ese momento tenía El Clavo Sandoval.

Se supone que fue la misma persona que recibió a Ketty Karavatic y que le disparó apenas puso un pie en el laboratorio. Después cerró con llave y se fue y en ese momento se cruzó con Betina.

En el primer juicio el Clavo fue acusado por encubrimiento pero cuando llegaron los alegatos el fiscal Edgardo Rodirguez Trejo y el querellante José Gerez, hoy jefe de los fiscales en Neuquén, pidieron su absolución por el beneficio de la duda. Los defensores adhirieron y el tribunal, sin controversia, se expidió en ese sentido. La misma suerte corrió David Sandoval. Pero el querellante apeló solo por David, no por el Clavo y ese tramo de la sentencia absolutoria para el Clavo quedó firme. En el segundo juicio solo juzgaron a David y lo condenaron a perpetua. Esa sentencia fue anulada después por la Corte Suprema.
La participación de David en los homicidios salió a la luz cuando las pericias chilenas confirmaron que las huellas en el laboratorio le pertenecían a él. Las mismas huellas de David también estaban en la bicicleta que usó el Clavo para escapar de la escena.

A nivel local hubo pericias de las policias de Rio Negro, Neuquén y de Gendarmeria pero los resultados no fueron tan contundentes como los de Chile.

David se presentó voluntariamente días después de la masacre, cuando RIO NEGRO publicó que había sido paciente de Carmen Marcovecchio en Neuquén, mientras estuvo en un hogar de menores. Cuando allanaron su domicilio tenía recortes del diario con el seguimiento del caso.

En el segundo juicio un testigo contó que El Clavo volvió a la escena del hecho cuando ya estaba la policía trasladando los cuerpos a la morgue y preguntó qué estaba pasando. Después estuvo en su casa en el Pichi Nahuel y finalmente fue detenido por Uribe.

Ketty Karavatic que fue alcanzada por el ácido e internada con algunos cortes también tenía un disparo de arma de fuego atrás de la oreja. Esa situación recién fue advertida en el hospital. Hubo muchísimas dificultades en la investigación para conseguir una declaración certera de ella. Pero dejó unas notas que fueron incorporadas por lectura el segundo juicio. Decían lo siguiente: “No quiero acordarme, es muy triste, yo entré y están en el suelo gritando, gritando. Yo le dije que pasaba, él me dijo que era una desgracia, una desgracia ¿por qué había ido?. Yo vi el revólver en el suelo y lo pateé. Él decía que en quince minutos lo pasaban a buscar. Me dijo que me arrodillara y yo lo hice ahí. Ahí me dijo que me acostara y yo lo hice. Ahí me pegó”.ç

En el segundo juicio el tribunal también se trasladó hasta la casa de un testigo que se estaba muriendo de una enfermedad terminal. Ese hombre fue contundente: había visto a David junto a dos personas afuera del laboratorio. El horario coincidía con el de los crímenes.

“Es de señalar que este testigo reproduce un testimonio a todas luces desinteresado pues lo brinda al tiempo de padecer una enfermedad terminal, cáncer de próstata ya ramificado, razón por la que atendiendo a su delicado estado de salud, debió el Tribunal constituirse en su domicilio particular. Es más,  en la oportunidad que tocó recibirle  la declaración testimonial, mirando a David Andrés Sandoval indicó que él no tenía intenciones de perjudicarlo, pero lo que vio lo vio”, dice la sentencia.

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