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¿A qué debe su nombre el Cañadón de la Mosca?

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La guía de Turismo Marta Jereb supo en la década del 80 el porqué de la denominación. Fue gracias a la relación que estableció con un morador del paraje: Alfonso Huenchupan.

Si no mítico, el Cañadón de la Mosca impuso mucho respeto hasta mediados de los 90, cuando el nuevo y pavimentado trazado de la Ruta 40 -por entonces 258- dejó atrás el recorrido trabado y en extremo sinuoso del camino viejo. Memoriosas y memoriosos recordarán que, no muy lejos del ripio, podía darse con un habitante un tanto enigmático, a quien se confundía con un ermitaño. De su testimonio depende el único relato que pudimos encontrar que explica por qué el paraje lleva ese nombre. Por estos días, el querido paisaje es víctima de un incendio demasiado cruel que, al momento de escribir estas líneas para El Cordillerano, ya había devorado más de 6000 hectáreas de bosques en toda la zona.

Hacia mediados de la década de 1980, se instaló en Cañadón de la Mosca Marta Jereb, reconocida guía de Turismo de Bariloche que, por entonces, era pareja de un guardaparque. Luego de pasar temporadas en Puerto Blest y en Puerto Radal (isla Victoria), tocó destino en la Seccional Río Villegas del Parque Nacional Nahuel Huapi. El guardaparque saliente advirtió a la recién llegada: “Si ves a un señor mayor montado a caballo, de frente al cerco, mirándote fijo, es Alfonso Huenchupan y puede que tenga hambre”.

Jereb recogió parte de su relación con el poblador del Cañadón de la Mosca en un texto que tituló con el nombre de su vecino y publicó en 2016 en la recordada revista Alternatura, en una sección que se llamaba “Pinturas de tiempo y lugar”. Nueve años antes, su escrito había merecido el primer premio en el concurso literario “Donde tu historia hace historia”, que organizara la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Bariloche. En esa ocasión, se publicó en un volumen conjunto del mismo nombre. La autora también se hizo del reconocimiento de Juan Domingo Matamala, gran recopilador de historias en la zona de El Bolsón y la Comarca del Paralelo 42. Más recientemente, su trabajo se reprodujo en redes sociales.

Huenchupan no andaba a la intemperie de puro gusto. “En 1980, Parques le destruyó la casa en el paraje Río Villegas”, confía el texto de Jereb, en un paréntesis. Esa destrucción le fue confirmada a la autora por un exintendente del Parque Nacional Nahuel Huapi, en tiempos más recientes. Como consecuencia, “en verano don Alfonso dormía en El Manzanito”, es decir, bajo un manzano, y “cuando no estaba, cruzaba una caña delante de sus pertenencias”, que se reducían a “un palo con unas bolsas, una pava y una olla”, según contabiliza el relato.

“Se lo solía ver con rodilleras de oveja y saco marrón, montando su fiel yegua baya, a paso lento, por el camino viejo”, redondea el retrato. Seguramente, el corazón de Huenchupan sangraría, de permanecer con vida en 2022. “Tenía un circuito entre Villegas, el lago Steffen, Pampa del Toro y el Cañadón de la Mosca”, la zona que, junto con lago Martin y otros parajes, es pasto de las llamas desde comienzos de diciembre.

Irónicamente, el mapuche llamaba “hotel” a la cueva donde buscaba refugio cuando hacía frío o llovía. Mientras se sentaba a la entrada, “detrás del hilito de humo, controlaba los movimientos dentro del Cañadón de la Mosca. Los caballos del paraje Río Villegas se concentraban en el valle del arroyo La Mosca a pastorear, él se encargaba de devolverlos y así generaba su sustento”.

Se ve que tenía una habilidad particular para desarrollar su tarea. “Una vez salí a sacar fotos. De pronto, escuché un sonido desconocido y volví a la casa por si era algún jabalí. Al preguntarle a don Alfonso, me dijo que fue él, llamando a los caballos. Era el único capaz de juntar a la tropilla de Gendarmería. Era muy chistoso ver a los gendarmes tratando de atrapar algún caballo, llegaba ‘el Huenchu’ y, en un ratito, se los dejaba a todos con el bozal puesto”.

Obviamente, estaba emparentado con los Huenchupan de las cercanías. “Yo quería aprender a ordeñar y doña Ernestina, hermana de don Alfonso, nos mandó una vaca del lago Steffen. Era tan arisca que el único que le sacaba leche era don Alfonso, otro motivo de risas”, juzgó Jereb. Fue de la relación con el ganado vacuno que se originó la toponimia que perduró: “El nombre de Cañadón de la Mosca se debe a que habían perdido una vaca negra como una mosca y la encontraron en el cañadón”, enseña el texto de Jereb. En algún momento, el bosque dejará de arder. En cambio, el aporte de los Huenchupan permanecerá inextinguible, cada vez que se nombre al Cañadón de la Mosca.

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