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Alfonso Huenchupan conoció a Emilio Frey, el “primer guardaparque”

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Integrante de la familia que impuso esa denominación al paraje que hoy se incendia, se relacionó con la guía de Turismo Marta Jereb, por entonces, compañera de un guardaparque. Hay un bello relato resultante de ese período.

Alfonso Huenchupan, cuya familia “institucionalizó” el nombre del Cañadón de la Mosca, reveló haber conocido a Emilio Frey, “el primer guardaparque”, según su recuerdo. En rigor, el topógrafo fue el primer director del Parque Nacional Nahuel Huapi, a partir de 1934. Además, según el testimonio, mayores de los Huenchupan colaboraron con las comisiones de límites, que trabajaron a fines del siglo XIX y principios del XX, para delimitar las nuevas jurisdicciones de la Argentina y Chile.

Las relaciones que se dieron antaño entre los pobladores del lago Steffen y, precisamente, el Cañadón de la Mosca, fueron registradas por la guía de Turismo Marta Jereb, quien conoció personalmente a Huenchupan a partir de 1984, cuando su marido guardaparque fue asignado a la sección Río Villegas del PNNH. Su recuerdo se hizo relato en 2007, cuando participó de un concurso literario organizado por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Bariloche. El libro resultante se tituló: “Donde tu historia hace historia”.

La llegada de la estación hostil era un buen momento para que el vecino del guardaparques, quien moraba habitualmente en una cueva o a la intemperie, compartiera recuerdos y conocimientos, ya que buscaba refugio en la seccional. “Empezó la época de lluvia y no se podía estar afuera. Don Alfonso pasaba más tiempo con nosotros, yo cebaba mate. A veces, mientras yo cocinaba, él le cebaba mate a don Parque y no entendí por qué, no me daba ninguno a mí. Estaba tan sorprendida y halagada de tenerlo en casa, que no quise incomodarlo preguntando”. Había una explicación…

Pero en una de esas tertulias, soltó el visitante. “Yo conocí al primer guardaparque: Emilio Frey”. Más tarde, comprobó Jereb: “En la toponimia encontramos que Frey, durante las expediciones de la comisión de límites, llegó hasta Pampa del Toro por una picada que Tauscheck había conocido por el ‘indio’ Huenchupan. ¿Habrá sido el abuelo de don Alfonso? Parientes eran, ya que don Alfonso conoció a Emilio Frey”.

La referencia permite arriesgar cierta cronología. El Cordillerano ya se detuvo en algunas ocasiones en José Tauschek, un natural de Bohemia, quien, según Juan Martín Biedma, se afincó en la zona en 1892. Francisco Moreno lo conoció personalmente en 1892, cuando ya sus productos de origen agrícola tenían fama en Llanquihue, donde florecía la colonización alemana. Entre 1897 y 1898, junto con Otto Goedecke, Tauschek afrontó una novedosa travesía que unió el Brazo Tristeza del Nahuel Huapi con Puerto Blest.

El europeo colaboró con las comisiones de límites de Chile, donde había residido antes de radicarse del lado oriental de la cordillera. Inclusive, en 1894 fue detenido por el Ejército, aparentemente por brindar esa colaboración. De modo que, muy probablemente, los mayores de Huenchupan ya conocieran en profundidad la zona, para el último lustro del siglo XIX, cuando chilenos y argentinos debían valerse de baqueanos para delimitar las nuevas jurisdicciones.

“Respetuoso, solitario, resistente, alegre, conocedor y sabio”. Así describió Jereb a don Alfonso. “Una vez por año, de madrugada, él se bañaba en el arroyo y daba la sensación de que rejuvenecía”. Seguramente, fuera en derredor del 24 de junio ese baño, en coincidencia con el Wiñoy Tripantü, concepto que se interpreta como año nuevo mapuche. La costumbre de tomar un baño en un curso de agua alrededor de las 4 de la mañana es una de sus características.

Se refería a sus mayores y pares como los “indígenos”, quienes “usaban un yesquero de hongo seco para prender fuego”. La guía estableció cuáles son sus denominaciones científicas. Huenchupan también “habló de la elaboración de chicha y del muday (hervir piñón, pelar, moler, azucarar y fermentar) También del murque, vísceras, corazón, bofe, hígado, mezclado con hierbas picantes. Al charque lo llevaban en la montura, tapadito bajo el basto. Hablamos sobre las plantas medicinales, entre otras, del pañil y la cepa caballo” o cola de caballo.

Como recordarán las y los más veteranos, hubo un invierno especialmente crudo. “En el año 1984 hacía mucho frío, le ofrecimos el primer piso de la casa, pero prefirió la caballeriza y allí se instaló el anciano (¿70 años?) con alegría. Cortó un ángulo del vidrio de uno de los boxes y sabíamos cuando estaba porque por allí salía el hilito de humo. A partir de entonces comenzamos una relación, no sé si de amistad, pero sí de mucho respeto”.

La autora del entrañable relato no pudo decirle adiós a don Alfonso Huenchupan. “En 1985, yo estaba por dar a luz y me buscaron de noche para llevarme a la clínica en Bariloche. No pude despedirme, nos tocó el traslado y no volví más a la Seccional. Doña Ernestina me mandó una alfombra de lana que ella había hilado y tejido para mi bebé. Aún la conservo como un tesoro”. No es la única riqueza que se llevó Jereb de aquel período, en Cañadón de la Mosca.

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