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Aníbal Pachano: “Al crecer descubrí que papá había tenido matrimonios paralelos y yo, 6 hermanos más”

Chaplin decía que la vida mirada de cerca parece una tragedia, pero que de lejos resultará siempre una comedia. Y si hoy Aníbal Ernesto Pachano (67) cita esa máxima no es solo por la admiración que Charles le ha merecido a lo largo de su historia sino también por la actitud con la que ha decidido transitarla: “Sin pensar demasiado en qué pueda suceder y quitando el dramatismo a la suerte que me toque”. Saber encontrar gracia y belleza a lo más ordinario es, para él, un talento forjado por tres mentores de íntimo entrelace. Su madre, “quien me dio permiso para dibujar y ser mi propio lienzo”. Su padre, “un dandy cabaretero que me enseñó a respetar cada esquina de Calle Corrientes”. Y el espectáculo, “que me ha dado temple, mirada y conducta”. Como jura, “esa actitud me ha hecho un resiliente desde muy chico”. Porque, en definitiva, y volviendo a lo que fue “la gran lección” de aquel icono británico del humor mundial, “la vida no es más que una obra que no admite ensayo y yo no estoy dispuesto a bajar ese telón”.

Pachano tiene cáncer de pulmón con metástasis cerebral. “Había seis tumores en mi cabeza. En 2017 pudieron quitar el primero, que estaba ubicado en el cerebelo. Y hace dos meses removieron el segundo, que se había alojado en el parietal izquierdo y estaba afectando el área motriz. El último aviso de mi cuerpo fue durante las últimas funciones de Así vuelvo (obra que se despidió definitivamente el 30 de julio), cuando, además de tener inconvenientes con el equilibrio, se me había paralizado la pierna derecha en escena durante algunos minutos, pero yo seguí como si nada sobre mis taquitos de colores”, cuenta. No obstante, se negó a suspender la temporada. Su equipo médico logró “desinflamar el cerebro con Avastin” y hasta surcó un nuevo contagio de COVID-19. Tiempo después el cuadro se repitió, “pero esta vez sentí una electricidad muy fuerte que me llegó hasta la axila”, describe. En Fundación Salud (dedicada a la medicina biopsicosocial y a la promoción de la psiconeutoendocrinoimunología, que asiste a personas con crisis severas), encontró “respuestas, contención, instrucción y paz”, necesarias para el camino, y más aún, de cara a una cirugía complicada de la que dice estar recuperándose “con asombrosa rapidez” y ya valiéndose por sí mismo en su casa de Almagro, donde charlamos.

Aníbal Pachano al año de vida

“Creo que soy la persona que más virus ha tenido”, dispara con el humor que, dice, lo ha “salvado”. Se refiere, entre otros, al VIH en una lista de episodios de su historia clínica que termina en reflexión. Porque, sin dudas, el trayecto lo ha colocado en un “nuevo plano filosófico”, según define. “Pensar en el por qué es regodearse en la tragedia. Y yo decidí correrme de ese lugar. Hoy me cuestiono el para qué”, revela. Y la respuesta que se da es concreta: “Para crecer”. Porque Aníbal está convencido de que cada “infortunio” en su vida llegó para “aprender”, traduciendo su ventura como “un escalón más de evolución personal permanente”. Y así recuerda el primer “hecho de angustia” registrado en su infancia a cuento de la historia de su resiliencia. “Tenía 12 años cuando nos quedamos en la calle”, relata. Los 60 habían entrado ya en recta final cuando los Pachano desembarcaron en Buenos Aires “con un televisor como única posesión familiar”, señala. “Y así nos instalamos en un conventillo del barrio de Las Cañitas, cuando no todavía no era Las Cañitas y se inundaba de forma fatal. Era la casa chorizo de mi abuelo, que tenía solo dos cuartos y una cocina externa solo de su pertenencia”.

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Aníbal Pachano a sus 2 años

Buenos Aires fue el tercero de sus destinos. Aníbal nació en Tostado, a 330 kilómetros de la ciudad de Santa Fe, pero arribaron de Carlos Paz (Córdoba), donde habían vivido algún tiempo “casi refugiados”. Juan Norberto Pachano (su padre) era un odontólogo y “comprometido frondizista”, que llegó a ser “jefe de la Policía santafesina, un agente personal de guante blanco contra la trata de personas y el tráfico de drogas, que ya entre 1955 y 1960 hacía eclosión en Rosario”, apunta. “Harta de las amenazas constantes y después de un intento de secuestro familiar, mamá decidió que era hora de huir. Y fue el padre de Dady Brieva (65), que era un comisario de carrera, quien nos protegió de cerca cuando la cosa se complicó demasiado”, dice.

Completó la primera en el Dean Funes, “el mismo colegio en el que estudió el Che Guevara”, subraya, en los albores del Cordobazo. “Es increíble. No aprendimos nada. Nos hemos liberado de milicos, pero la cabeza no la cambiamos. Los argentinos somos de ruleros, nos encanta el enrosque. Es un país que no resuelve, que no quiere crecer. Seguimos encaprichados en una adolescencia burra e insoportable. Siempre a los ponchazos”, reflexiona al paso. Arte y política “fueron dos pasiones muy entrelazadas a lo lato de mi vida”, revisa. Y así asoma una frase que repetía papá: “Ni por la derecha ni por la izquierda, vos caminá siempre por el centro y vas a llegar al objetivo”. Sí, dice que, “aunque es sucia, hipócrita y mentirosa”, la política le interesa mucho, y más si se trata de echar manos respecto de la Cultura o la Salud. En alguna oportunidad acercó a Sergio Massa el proyecto de una master class y poco tiempo después recibió la propuesta de sumarse a sus equipos. “Menos mal que no agarré”, dispara. “Hoy estaría en disgusto absoluto. Porque no estoy de acuerdo con lo que hace ni con lo que piensa. ¡Yo no comulgo con el peronismo!”.

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Teresa Luisa Gorostidi y Juan Norberto Pachano, padres de Aníbal Pachano

Aquí lo pasaron mal. “Papá estaba grande y la ceguera que le había causado la diabetes lo había apartado de su carrera. Entonces perdimos todo”, recuerda. “Pero yo conseguía trabajo. Me sentaba frente a quien fuera y sabía ser claro: ´Me pasa esto, necesito comer y bancar a mis viejos´. ¡Y conseguía!”, cuenta. Su primer empleo lo obtuvo a los 12 años y medio. Fue cadete de farmacia, empleado en una compañía ganadera y en otra tabacalera, “y hasta limpiaba el baño y el balcón de una señora mayor del edificio de la calle San Benito de Palermo, en el que papá era encargado”, describe. El mismo en el que vivía Nélida Roca (1929-1999). Su “ídola absoluta”. Habla de Juan Norberto intentando no quitarle un gramo de mérito en la construcción de su personalidad, aunque sepamos que el protagonismo se lo lleva su madre. “Papá, además de ser bonito, era un señor muy recto que siempre puso en alto sus valores a pesar de que su vida haya sido un bollo. Y por momentos un problema”, sentencia. “Tuvo tres matrimonios y nueve hijos, o sea, medio-hermanos de los que fui enterándome a medida que crecía”, revela.

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Aníbal Pachano (de chaleco), entre sus amigos

Cierta tarde de esa épica primera visita a la gran ciudad, Aníbal, de por entonces 5 años, recibió una noticia de tal impacto que aún revive esa emoción en el relato. “Yo me entretenía al lado de una pajarera divina en el pasillo interminable de la casa de mi abuelo Juan (paterno), en Chacarita, y de repente comenzó a llegar gente. Entretanto se acercó un nene a jugar con los autitos. Me dijo que su apellido era Pachano. A lo que le respondí: ´No, ¿cómo puede ser? ¡Yo soy Pachano!´. Desconcertado, le pregunto a mi papá, que se da media vuelta y se va. Le pregunto a mi abuelo, que se hace el boludo. Me pongo a llorar porque nadie me explicaba por qué teníamos el mismo apellido. En eso aparece mi abuelastra (María Herrera), me calma. Pero pido hablar con mi mamá, que estaba en Tostado. Como pude le expliqué qué había pasado. Entonces, y para calmar la situación, papá me llevó a pasear por Calle Corrientes, desde Callao hasta el Luna Park. Tenía un cuento para cada esquina. En Paraná, me habló de Florencio Parravicini, por ejemplo. Y así continuamos hasta detenernos frente al Tabaris, donde me contó que era el cabaret del que era habitué, un lugar muy sofisticado y emblemático de la noche porteña. Él era amigo de Fanny Navarro y conocía toda la historia, política y cabaretera, de Juan Duarte”, recuerda.

Los dos primeros matrimonios de Juan Norberto habían sido paralelos. “Y a mamá quisieron culparla de la misma suerte, pero nunca ha sido así. Como tampoco yo fui paralelo a ninguno de mis hermanastros, algo que debí explicar de grande y hasta cruzando información: ´A ver, ¿ven esta fecha de este sanatorio y la de este otro? ¡¿Queda claro de dónde partieron todos?!’. Siempre fui de ponerles freno a todos. Tengo amplitud, pero también la rectitud de mi viejo”, desliza. “Sí, fue desprolijo. Pero sé que a la única mujer que realmente amó fue a mi mamá”.

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María Guerra y Ramón Gorostidi, abuelos maternos de Aníbal Pachano

Teresa Luisa Gorostidi (su madre) se había enamorado del hombre “equivocado”. Juan Norberto no era el candidato designado por su padres: “Ya estaban enterados de que todavía era casado y eso que solo sabían de su primer matrimonio…”, cuenta. “Aún así, y después de descubrirse ese romance, papá se presentó en casa de los Gorostidi para pedir su mano. Mi abuela (María Guerra), a la que llamaban María Jeta porque era muy jetona, se enojó tanto con mamá que le revoleó un zapato y lastimó su cabeza. Fue ahí que ella dijo: ´Hasta acá llegamos´. Mi abuela se portó muy mal con mi vieja. Ella no se merecía que no la viese nunca más. Y nunca más la vio. Ni permitió que la vieran cuando murió. Fue un acto de egoísmo muy grande. El mismo que tuvo mi tío, su hermano, quien antes de morir y estando muy cerca aquí, en Almagro, no dejó que mamá lo visitase. ¡Era siniestro, igual que mi abuela!”, relata.

En definitiva, Teresa planeó su escape con la complicidad de su mejor amiga, “que terminó siendo una cancionista de Radio Belgrano a la que mi abuela detestaba por ser tan liberal”. Fue así que “se hizo la enferma” durante el tiempo que duró organizar sus cosas y esconderlas debajo de la cama esperando el momento preciso para la huida. Entonces, a las 4 de alguna de esas madrugadas santiagueñas, Teresa saltó el tapial y se escabulló con Juan Norberto hacia la estación de Añatuya para abordar el tren con destino a Tostado, donde iniciarían la historia.

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Aníbal Pachano junto a sus hermanas, Amalia y Silvia, y su mamá, Teresa Luisa

“Mamá fue una mujer muy particular. La persona que me dio permiso para dibujar, para crear, para ser un contestatario de voz alta y, sobre todo, un libre pensante”, define Pachano. Hablamos sobre esa influencia en el diseño de su identidad artística que, a priori, parece un homenaje a Teresa. “Nos bañaba y nos producía 3 veces por día. La segunda, entre el almuerzo y la siesta, cuando a las chicas que nos cuidaban les hacía preparar tinas especiales para los baños de barro. ¡Se le ocurría cada cosa!”, cuenta. “Me acuerdo que todas las tardes nos sentaba en la puerta de casa vestidos siempre a la moda”. Se refiere a sus hermanas, Amalia (“con quien somos como Nu y Eve, porque durante muchos años trabajó conmigo. Ahora anda medio enfermita, pero resiliente”) y a Silvia (“la menor, que trabaja en seguros y vive con su marido y su hijo”). “El ajuar de mamá es inolvidable”, remata. “Aquel trapito tan pulcro que usaba para hacer las puntillas frivolité (una técnica europea sumamente exquisita que, en la antigüedad, era usada por la realeza y la aristocracia). Todavía no encontré quién haga lo que hacía ella”.

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Aníbal Pachano, su madre, Teresa Luisa Gorostidi, y Amalia, su hermana mayor
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Aníbal Pachano
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Aníbal Pachano

“Me intuía diferente. Me veía diferente. Y me dejó ser diferente”, analiza Pachano pensando en su madre. “Yo me recuerdo adulto desde muy chico”, bromea. “Tan determinado que hasta podía resultar irreverente”, etiqueta. Lloraba mucho porque, como dice, “me aliviaba”. Y alguna vez que Teresa lo retó con un “¡Basta de llorar!”, él respondió: “No vuelvas a pedirme que pare. Voy a llorar todas las veces que se me canten las pelotas”. No llegaba a los seis años y consideró ese pedido como “la castración a mi canal de liberación”, cuenta.

“Era muy chispita. Iba, venía, proponía, hacía, bailaba y no dejaba de idear jamás. Con decirte que había armado una carpeta completísima con un diario minucioso de la llegada del hombre a la Luna. Un collage con fotos y recortes. Porque amaba el collage, tal vez por eso me convertí en un arquitecto”, señala. Para cuando llegó a los 10 supo cumplir con creces con una tarea escolar que lo estigmatizaría como prodigio. “Nos pidieron que preparásemos una mini-coreografía de Zorba, el griego. Y no solo la armé a lo grande sino que además me ocupé del vestuario”. Una anécdota que pudo compartir con el mismísimo Anthony Quinn (1915-2001) en 1984, cuando el protagonista de aquel icónico film asistió a una función de Botton Tap en Michelangelo.

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Aníbal Pachano y sus hermanas, Amalia y Silvia

Pero más allá del umbral de casa y del colegio, parte de aquel mundo estaba flojo de cimientos. Ese “ser diferente” que mamá ponderaba, los demás lo condenaban. “Sufrí bullying de chiquito porque era como un gnomo. A los siete años yo pesaba 21 kilos y medía lo que un liliputiense. Entonces, en el barrio, me decían tuberculoso”, comparte. No obstante, al crecer, “nada me desanimó, yo quería ser modelo”, revela. Y al lograr resignación en cuestiones de altura, “y a través de un compañero de colegio, hijo del director de Canal 13, me presenté en el casting de Alta tensión (1971-1974)”, recuerda. “Pero me ganó Juan Emilio Guidobono, porque llegó con unos tacones así que se había comprado en Giuliano, una casa espantosa de Córdoba y Florida. Bueno… Yo también lo intenté, pero no alcanzó”, dispara con gracia. La adolescencia tuvo un tránsito más tranquilo. “Fui bastante callado. No debía contar, ni mucho menos, dar explicaciones de lo que sentía. De quién me gustaba. O con quién salía. Un poco por el respeto que yo mismo imponía. Y otro poco por lo brutales que eran mis compañeros con los que, a propósito, esta noche vuelvo a encontrarme una vez más como lo hacemos cada año”, dice.

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Aníbal Pachano en sus tiempos de estudiante de Arquitectura
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Aníbal Pachano recibiendo su diploma de arquitecto en la UBA, 1980
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Aníbal Pachano y Ana Sans liderando Botton Tap

En 1980 alzó el título de arquitecto en los salones de la UBA, tras un primer intento con la ingeniería. Pero el espectáculo era un destino muy celoso y, a juzgar por los las figuras y las circunstancias entrelazadas (y aparentemente azarosas) en el transcurso de estos relatos, demasiado encaprichado con él. Ya había logrado entrar a ese mundo como cadete de RCA Víctor cuando “ya especializado en dibujar rostros, copié los perfiles de Rodolfo Bebán y de Erika Wallner de las páginas de una Radiolandia y asombré a más de uno. ¡Y no tenía más de 16 o 17 años, porque todavía estaba en la secundaria!”, recuerda.

Así, y de repente (por citar un caso), un día conoció a Astor Piazzolla (1921-1992) y 10 años después recibió al maestro en su mismísimo camarín “emocionado después de ver Amapola (1982, obra debut de Botton Tap, junto a Ana Sans, Marco Ferrer y Patricia Fiaño)”, recuerda. Para entonces tenía 27 años, dos de diván “para saber qué pasaba conmigo” y “muchos cuestionamientos de quienes me decían: ´¡¿Cómo vas a abandonar tu profesión?!´”, señala. Trabajó, entre otros, en los estudios de Jantus, Rojkind, diseñó una casa de verano en Cariló y fue docente de Sistemas de Comunicación Visual en la UBA. “Sí, yo era exitoso, pero necesitaba saber qué haría con eso. Me había hartado. No tenía ganas de esperar ni de seguir haciendo baños y cocinas. Mi cabeza daba para más”.

Sin dudas su mejor proyecto no tendría origen sobre un tablero. “Nadie puede negar que Botton Tap fue una estructura distinta en el espectáculo, un antes y un después en la historia del musical”, sostiene. No es petulancia. Pachano imprimió espíritu e impronta, subió la vara sobre los escenarios con un tránsito tan exquisito de cuatro décadas que hasta deja mezquino a cualquier ACE de Oro.

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Aníbal Pachano junto a su mamá, Teresa Luisa Gorostidi, y Ana Sanz
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Aníbal Pachano junto a su hermana Amalia y su madre, Teresa

Pero volvamos al hilo de una historia con menos testigos. Pachano suscribe que, sin importar la edad que se tenga, nunca se deja de extrañar a mamá. “Aunque siento que no se fue ni se irá jamás”, dice. “Me comunico con ella. Cada vez que salgo a escena o en momento de extrema vulnerabilidad, siempre la invoco. Mientras me preparaba para mi primera cirugía de cabeza se me cruzó la serie española Entre costuras. Y así apareció la frivolité, aquella puntilla que mi madre hacía con tanto talento y dedicación. Y entonces me enganché con esa trama, sentí que así conectaba con su memoria y me sentía abrazado por ella”, relata dando cuenta de “la gran compañía” que significó (y resignificó) aquella ficción. “Y para la segunda, apareció en medio de una sesión de armonización energética”, anticipa. Se trata de una técnica que busca lograr una mejor calidad de vida aliviando la ansiedad y el estrés a través de la detección y la corrección de problemas en los chakras y el aura del paciente. “En un momento mi terapeuta me advirtió que sentía una presencia femenina que me cuidaba y me protegía. Me dijo: ´Tranquilo, todo saldrá muy bien´. En las dos oportunidades, como en tantas otras a lo largo de mi vida, ella fue mi refugio”.

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Aníbal y Sofía Pachano
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Aníbal y Sofía Pachano en los estudios de ShowMatch
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Aníbal Pachano, su hija, Sofía, y su ex, Ana Sans

Hablará, en principio, de los días de internación y del rol de su hija. “Sofía (Pachano, 34) no me dejaba ver televisión. No quería que me invadiera el amarillismo, porque se había armado un revuelo con todo esto. Y entonces fui reaccionando de que debía hacer un cambio. Y que ese cambio llegaría siempre y cuando yo estuviese predispuesto”, cuenta. Se miró. Se revisó. Fue y vino en la línea de tiempo de su historia. Entonces concluyó: “Me di cuenta, con más claridad que en otras oportunidades, de que la posición de Sofía era sumamente difícil. Una hija única que debió lidiar con un papá distinto. Con un papá que se había complicado. Porque yo ya venía de algunos años complicados en los cuales había dejado de cuidarme. Me había abandonado”, revela. “El éxito era maravilloso, pero fue demasiado y terminó asilándome. Quedé en una encrucijada y caí en la oscuridad de una soledad muy profunda. En el saludo final de cada función veía a miles de personas aplaudiendo mientras bajaba el telón y cuando llegaba al suelo, yo quedaba solo como un hongo”, recuerda. Fue en ese vacío que la depresión se puso cómoda.

“Me aferré a la cocaína”, confiesa hoy, hasta con compasión de sí mismo. “Es una droga oscura, que te aleja de vos mismo. Que te promete por un rato que vas a estar divino y cada vez te hunde más. Fue un período oscuro, entre 2009 y 2017″, define. Cuando “trabajaba mucho y dormía poco” y su participación en ShowMatch (ElTrece) lo había popularizado a niveles insospechados por él. “Nuestra familia traspasaba la pantalla, y cuando vos te sentás a la mesa del espectador, es otra fama. Es otra llegada que no tiene que ver con la popularidad típica del artista”, señala. Es por eso que el fin del ciclo agudizó el cuadro. El punto de inflexión tuvo que ver con su salud, sí. Pero un episodio preciso y bien consciente bajó la bandera que dio largada al proceso de rescate. “Cuando eso que hacía en privado lo hice en escena, fue definitorio. Me dije: ‘¡No, no es por aquí!’. Prometí no volver a hacerlo jamás sobre un escenario. Y reaccioné”, relata. “Con la determinación con la que una vez decidí que no fumaría más, porque así soy. Una mañana me levanté, eché a todo el mundo de mi casa, la ordené y se terminó”, cuenta. “Ese día dejé de tomar”.

Anibal Pachano
Aníbal Pachano, con Teleshow (Gastón Taylor) (Gastón Taylor/)

Su cuerpo no tardaría en comenzar a hablar. “A las 48 horas me descompuse, pero los médicos del sanatorio al que fui me dijeron: ´Vuelva a casa, usted no tiene nada´. Al día siguiente me puse a hacer un pastel de carne y cuando miré el reloj vi que habían pasado 2 horas. Pensé: ´Qué raro…´. Así me di cuenta de que había ido y venido al cuarto 400 veces. Sofía, que por teléfono (porque estaba en el teatro) se dio cuenta de que algo pasaba, me pidió que fuese al Fleni. Y así comenzaron los estudios que desenlazaron toda esta historia”, rememora.

“Venía de un tiempo de persecutas. Vértigos. Miedos. Fantasmas. De situaciones de torpeza. Me chocaba contra las paredes. Me metía en la cama con zapatos. Confundía las conversaciones y no sabía qué te había dicho la última vez, que suele sucederme. Y me pegué un cagazo terrible”, dice Pachano. Una vez más no se detuvo a “maquinar” la situación. No activó especulaciones. “Lo acepté con la vista hacia adelante. Me hice cargo, porque cuando uno se hace cargo ya sana un poco”, sostiene.

Con la misma actitud dice haber sorteado la noticia de su VIH a finales de 1999, casi cuatro años después de su divorcio de Ana Sans. “Mi contagio fue consciente”, dispara recordando aquel momento. “Yo sentí que el bicho estaba entrando en mi cuerpo”. Se contagió de alguien que le gustaba mucho. “Esa vez no se cuidó, tampoco lo hice yo. Y supe que no tendría reproches hacia nadie, incluso, ni hacia mí mismo. Así que, como diría yo: ´Cachá la cantimplora y a llorar al campito´. Al rato me enteré de que esta persona era portadora del virus y comencé el tratamiento como es debido”.

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Sofía Pachano y su mamá, Ana Sans
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Aníbal Pachano y su hija Sofía
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Aníbal Pachano y Sofía, hija de su matrimonio con Ana Sans
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Aníbal Pachano y una Sofía niña

En definitiva, haremos foco en la fortaleza de Sofía, que “creció en un marco de infinito amor, pero que en su adolescencia y, por este padre, debió comerse todos los garrones habidos y por haber”, dice Aníbal. “Claro que uno va atravesando situaciones y va pidiendo disculpas. Y estamos en un proceso de conversaciones”, señala. “Hoy trato de ser lo más independiente posible. Por supuesto que está pendiente de mi salud, pero trato de no invadirla. Yo vivo solo, limpio mi casa, me las arreglo. Solo desligué en ella mi parte económica. Se ocupa de mis cuentas porque soy pésimo para eso”.

Pachano no piensa en la muerte. “No me gusta ni siquiera hablar de ella”, cuenta. “Yo vi a papá en ese momento hablando de una bicha y diciendo que alguien venía a buscarlo hasta morir en mis brazos (25 de junio de 1978). Y fue muy fuerte para mí. Diez años después se fue mamá y yo la vi pidiendo aire, afectada por un edema pulmonar. Es por eso que la muerte es un tránsito que me angustia”, desliza, sin ánimos de profundizar. Teresa falleció el 25 de octubre de 1988, la fecha estipulada para el nacimiento de Sofía. “Pero Ana, y debido a los nervios que vivíamos, sufrió un rash generalizado y su llegada al mundo se postergó”.

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Ana Sans y Sofía Pachano
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Aníbal Pachano junto a su Ana Sans y Sofía Pachano, hija de ambos
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Aníbal Pachano y Sofía Pachano
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Aníbal Pachano y Sofía Pachano, inseparables

Finalmente fue el 9 de noviembre que “recibimos a este angelito”, como llama a su hija. “Siempre estuve convencido de que ha sido una nena iluminada. Porque tiene una luz particular. No me olvidaré jamás las palabras de la enfermera que la trajo. Me dijo: ´Esta chica está súper protegida´. Estaba cubierta por una partícula blanca, y la señora insistía: ´Eso es sanidad´”, relata. “Hoy logró despegarse de sus padres, ser ella mucho más allá de un apellido. Es muy buena actriz, bailarina, cantante y además… ¡Esto!”, pronuncia mientras toma y alza un libro que tenía muy a la mano en su mesa de living. Se trata de Recetas en papelitos (Monoblock), un compilado de 90 recetas que Sofía rescató de la casa de su abuela y de otras 17 cocinas familiares. Una afición que conocimos durante participación en Masterchef Celebrity (Telefe, 2020/2021) concurso en el que obtuvo el cuarto lugar antes de ser la ganadora de la edición Masterchef Celebrity: la revancha (Telefe, 2022). “Este es su sueño cumplido. Y un poco también el mío”, asegura Pachano. “Porque Sofía es la proyección de sus abuelos, maternos y paternos”.

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Aníbal Pachano y Ana Sans
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Aníbal Pachano, Sofía Pachano y Ana Sans

Hace 26 años que no se enamora. “Desde Ana (Sans, 67)”, subraya. “Un amor instantáneo como el de mis viejos”, define. Recordemos que los colegas se conocieron mientras tomaban clases de baile con Alberto Agüero (”un gran impulsor del tap dance de los años 80″) y se divorciaron en 1996 luego de 13 años de matrimonio casi en simultáneo al cuadro que interpretaron para la avant premiere del film Evita, sobre el escenario del Gran Rex. “Por ahí tuve algún que otro momento en los que creí que algo me pasaba con tal o cual persona, porque soy muy telenovela-venezolana y me dejo llevar fácil por los violines a mundos que no existen. Sí, suelo ser demasiado barroco en el amor. Decoro demasiado, pongo mucho confite por aquí y por allá. Y hay que ser más simple”.

Confiesa un contundente arrepentimiento. “Sí: yo postergué mucho el amor. Debí haber sido más piola, porque hoy ya se me hizo tarde. Pero por entonces, estaba demasiado concentrado en mis proyectos. Y ahora que tengo más tiempo, estoy muy viejo. Todo se hace más difícil”, reflexiona. “Está bueno vivir acompañado… Por un lado pienso: ´No está mal probar tu propia fortaleza frente a los avatares y las fortunas de la vida´. Pero no deberíamos estar solos. Antes de irme quisiera tener un rato de cariño. Sí, me gustaría enamorarme. Aunque sea un ratito”.

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Aníbal Pachano (Gastón Taylor) (Gastón Taylor/)

Hay un “nuevo Pachano” que, según dice, tuvo “la necesidad de parar”, de “conectar con el disfrute” y entender que “ahora la prioridad soy yo”. Ya no come fuera de casa y finalmente se ocupa de su diabetes. Le dijo adiós al bailarín, “y para siempre”, anuncia. Pero jamás al “creativo, al generador, al puestista y al director”. No hay nostalgia, sino “convencimiento de un cambio más”, similar al del cierre de una etapa como pudo haber sido la de la Arquitectura en su historia. Y se aventura a anticipar que la decisión le abrirá caminos “sorprendentes” en referencia a la comedia y el drama. Así vuelvo (que le valió 7 premios ACE, incluso el de la estatuilla dorada) supo mezclar emociones que lo envalentonaron para pensar “seriamente” en el guión que podría dar vida a su bio-pic y que comenzó a esbozar durante la internación previa a su primera operación. “Quiero volver al payaso, un proyecto en el que trabajo con Ana”, cuenta. “Por la admiración a mi querido Chaplin y como tributo al payaso que soy. Un payaso distinto que la gente agradece y que, además, extraña. Y al que le debo un merecido homenaje”, asegura. “Trabajé mucho para que me quieran y creo que lo he logrado”.

No sabe qué es el fracaso. “Por haber laburado siempre de eso que me hizo sentir bien. Y en definitiva es lo que me llevaré de esta vida: hice todo y todo ha sido placentero”, explica. “Todo lo que transité ha sido un aprendizaje maravilloso: lo lindo y lo feo que supe transformar en lindo”. Ese es parte de su gran mensaje: “Buscar la vocación y autogestionar el ser feliz”. Una motivación que hasta pensó difundir en una masterclass creada exclusivamente para gente común. Pero, más allá de lo artístico, en términos de trascendencia ideal, Aníbal dice: “Mi legado es la lucha contra el cáncer, la diabetes y el VIH. Es fomentar la mirada positiva del dolor que pueda estar atravesándonos. El hacerse cargo, el cuidarnos en serio y en cambiar los hábitos”. Sí, Pachano se sabe distinto y se jacta de eso. “Entendí mi limitación física, por la edad y por mis enfermedades, pero eso no me provoca ni tristeza y añoranza. Sino, por el contrario, pienso: ´Qué loco que pese a todo pueda subirme a un escenario, presentarme en televisión y dar esta entrevista sin que nadie se dé cuenta de que, a veces, no tenga suficiente lucidez. Pero estoy íntegro y ocupado en que mi imagen no se deteriore como el niño pulcro que formó mamá”, concluye. “En definitiva, yo no sé qué es la felicidad ni tampoco si existe una definición. Pero si de algo estoy seguro es de que he sido un tipo gratificado por la vida”.

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