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Anita, la nieta del primer poblador

“Soy Anita Llanquín, nacida y criada acá. Hice la primaria en este lugar, en el que trabajo desde hace veintinueve años.”

La mujer, nieta del primer poblador del paraje, Ignacio Llanquín, al que el sitio debe su denominación –Villa Llanquín–, desentraña la historia del poblado en la biblioteca de la escuela hogar N° 245, donde es parte del servicio de apoyo.

“Mi abuelo llegó en la época de la mal llamada Conquista del Desierto. Sí o sí, tuvo que ser una especie de soldado de Villegas (Conrado), para salvar su vida…”

Ese pasado, con un derramamiento de sangre que aún retruena, marca también el presente.

“Es emocionante vivir en un lugar que tiene como nombre este apellido, pero cuando una empieza a meterse con las historias y todo lo que los antepasados atravesaron… No fue fácil para ellos venir acá… Por eso siempre digo que lo poco que tenemos debemos cuidarlo mucho.”

A partir de aquella participación junto al ejército –que Anita resalta que fue obligada–, Ignacio pudo contar con un lugar propio en esta parte de la Patagonia.

“Le dieron tierras y se instaló; fue el primer poblador.”

Luego, el sitio tuvo un desarrollo que llegó acompañado por el arribo de otras personas.

“Pasaron los años y llegaron más pobladores.”

Pero ni siquiera a partir de la gente que vio instalarse en el lugar, Ignacio imaginó cuánto más avanzaría.

“Él no alcanzó a ver todo esto, ni en pensar en una escuela…”

Los descendientes facilitaron el crecimiento.

“Cuando mi abuelo falleció, quedaron mis tíos. Ellos fueron los que donaron estas tierras, para hacer la primera escuela.”

Todo el poblado se desarrollo alrededor del colegio.

“Y ahí se comenzó a pensar en una aldea escolar.”

Así es que, en la actualidad, Villa Llanquín todavía late al ritmo de esa institución educativa.

“Mis tíos fueron los que empezaron con el tema de una escuela; la primera estuvo a unos cien metros de acá, era de adobe, y después de madera.”

¿Y cómo se distribuía la tierra en aquel momento?

“Cuando esto era una aldea escolar, la directora era la que manejaba la cuestión de entregar un terreno a cada poblador que mandaba a su hijo a la escuela.”

Luego, los tiempos trajeron cambios.

“En 1983, con el regreso de un gobierno democrático, empezaron a formar la comisión de fomento y hubo que regularizar un poco el tema de las tierras. Hicieron un deslinde, y a mi padre le tocó entregar la parte que habían donado los Llanquín: veinticinco hectáreas… Mi papá era Lucio Llanquín, hijo de Ignacio y de María Marín.”

Se sabe que uno es lo que hace de su vida. Pero están los antepasados, y quienes nos acompañan en el camino.

“Es muy lindo decir: ‘Llevo este apellido’. Lo que mi abuelo vivió no fue fácil, y poder quedarse acá, y dejarnos estos lugares, ha sido importante; tenemos que cuidarlos. Desgraciadamente, a él, no lo llegué a conocer. Tampoco a todos mis tíos: eran siete varones y tres mujeres; también estaba Manuel Llanquín, el hijo mayor de Ignacio, que tuvo con una señora anterior. Mi papá falleció, así que quedamos nosotros, la tercera generación. Ahora somos tres hermanos: dos mujeres y un varón. Otra hermana murió durante la pandemia, al igual que mi mamá, por COVID…”

Y, más allá del pasado, e incluso del presente, siempre queda el atisbo del futuro.

“Gracias a mi trabajo en la escuela pude criar a mis tres hijos… ¡Y tengo dos nietos!”

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