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Ariel, alma tallada con el cincel

Ariel Ramón Alonso es uruguayo, del departamento de Treinta y Tres.

Tiene cuarenta y dos años. A los diecinueve, aprendió a trabajar con el cincel.

Cumplía funciones en una empresa mayorista de golosinas, pero lo de estar siempre bajo las órdenes de un patrón no le agradaba mucho.

“Buscaba algo diferente para la vida, pero no sabía que iba a ‘pintar’ esto”, manifiesta.

Un amigo le comentó que estaba la posibilidad de trabajar en ferias, como vendedor.

Aceptó la propuesta y, en ese ámbito, conoció a un hombre mayor que le enseñó el arte de trabajar con el cincel.

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Ariel está en la Argentina desde 2008.

Acostumbrado a desempeñarse en ferias, desarrollando su oficio sobre mates, decidió cruzar la frontera porque veía que de este lado había más oportunidades.

Anduvo por distintos lugares, como Neuquén y San Martín de los Andes.

“Iba buscando dónde encajar mejor con mi laburo y establecerme en un lugar”, cuenta. 

Hace cuatro años recaló en Bariloche.

“De tanto buscar, vi que lo que quería realmente estaba acá”, apunta.

Se lo suele observar junto a las arcadas del Centro Cívico, del lado que da a la calle Mitre.

Allí tiene su puesto, con los mates.

“Por suerte, económicamente, funciona”, explica, para luego ampliar: “Hay días mejores que otros, pero se puede estar… Soy súper agradecido”.

Así, advierte que, más allá de algún recorrido por otras ciudades –por estos días, por ejemplo, desea ir para el lado de La Pampa–, experiencias que responden a su espíritu viajero, tiene pensado quedarse en Bariloche.

Acerca de sus mates, apunta: “La madera y el forrado vienen hechos; lo que yo trabajo es el cincelado, el entintado… Lo hago acá, en vivo, y lo personalizo”.

Sobre los cinceles que utiliza, dice que están fabricados con válvulas de auto. “Me los preparó un tornero”, indica.

El valor al público de cada mate oscila entre los novecientos y los mil quinientos pesos, de acuerdo a la madera (algarrobo, palo santo, caldén…).

Más allá de hacer algún trabajo a pedido sobre otros elementos (teteras, pavas…), lo suyo va por ahí.

Antes hacía labores en jarros de cerveza, pero el tipo de público que atraía no siempre era el mejor.

“Trato de mantener la buena energía, así que prefiero los mates; con esto viene la familia”, comenta.

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De pronto, Ariel se pone a recordar las épocas más duras de la pandemia: “Cargué una escalera y herramientas en el auto y salí a ofrecerme para hacer pintura, jardinería… Por más que era complicado, me arreglé y pude bancarme. Después, cuando todo se reabrió, regresé al puesto”.

Otra faceta del artesano apunta a la música.

Desde chico, cuando aprendió percusión en las calles de Uruguay, el mundo de los sonidos llama su atención.

Al estar ahí, junto a los arcos del Cívico, suele cruzarse con músicos que tocan para los que pasan por el lugar, y, en ese ámbito “callejero”, hizo buenas migas con folkloristas y rockeros; con los primeros, despunta el vicio a través del bombo, con los segundos, a partir de la batería.

Por ahora comparten horas en salas de ensayo, pero siempre está la posibilidad de que, en cualquier momento, se suban a un escenario.

Todo esto Ariel lo cuenta en su puesto, donde los mates brillan en un plateado eterno.

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