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Sociedad

Atentado en Plaza de Mayo: bombas en medio de un acto, centenares de víctimas y la peor represalia

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Ese 15 de abril de 1953 la Plaza de Mayo estaba colmada de gente, que había ido a apoyar al presidente Perón

Era 1953 y el dinero no alcanzaba. Hacía dos años que los salarios estaban congelados y solo existían los aumentos por productividad. El gobierno estaba enfrascado en su campaña contra el agio y la especulación y tenía como blanco a los almacenes y mercados, estimando que con clausuras frenaría el alza del costo de vida, que ese año llegaría al 27,4%.

La ley 12983 de Represión de la Especulación, el Agio y los Precios Abusivos criminalizaba a los comerciantes que aumentaban los precios o que acaparaban mercadería. Las penas iban desde multas, cierres, prisión y hasta deportación. En los noticieros que se emitían en los cines y en las notas en los diarios se multiplicaron las imágenes de modestos almacenes y mercaditos de barrio con la faja de clausura.

Clausura de comercios
Con la aplicación de la ley contra el agio y la especulación, se sucedieron las clausuras de almacenes y mercados de barrio

El propio presidente Perón les había advertido a los comerciantes que él mismo saldría a controlar los precios y que pondría a inspectores a recorrer los comercios. “Y si todavía eso no es suficiente, les voy a poner la tropa y a culatazos los voy a hacer cumplir”.

Abril no había comenzado bien para el gobierno. El 9 había aparecido muerto de un tiro en la cabeza Juan Duarte, cuñado del presidente y su secretario privado. Al comentar el supuesto suicidio, la gente en la calle maliciosamente rumoreaba que solo faltaba saber quién lo había hecho. A Duarte, que al morir su hermana Evita había perdido su principal sostén, lo estaban investigando en el gobierno por supuestas maniobras en el mercado negro de la carne y enriquecimiento ilícito.

Juan D. Perón
El presidente Juan D. Perón cuando habló desde el balcón de la Casa Rosada la tarde del 15 de abril de 1953

Había que decretar un paro general para ir a la plaza a darle un apoyo al presidente en su lucha contra la inflación. El ciudadano de a pie se enteró de la medida de fuerza por el secretario general de la CGT Eduardo Vuletich mientras cenaba con la radio encendida. De todas maneras, la asistencia estaba garantizada ya que existía la costumbre de los punteros y delegados de tomar lista. Dirigiéndose al presidente Juan Domingo Perón, el líder gremial afirmó: “Nosotros, los trabajadores, estamos para secundarlo, para obedecerle consciente y voluntariamente…”.

Todos debían estar presentes en la Plaza de Mayo el miércoles 15 de abril. A la tarde se haría el acto, en el que los trabajadores apoyarían la política económica del gobierno y el Segundo Plan Quinquenal, lanzado a comienzos de 1953 y con un desarrollo hasta debía cumplirse en 1957.

Bombas en Plaza de Mayo 1953 - Perón - Balbín
Estado en que quedó un vagón de subte de la línea A al estallar el segundo explosivo

Para asegurarse una plaza colmada, se dispuso un asueto administrativo a partir de las cuatro de la tarde, mientras que los bancos cerrarían sus puertas a las dos.

A las cinco de la tarde del día siguiente, el presidente salió al balcón de la Casa Rosada. Se cantó el Himno Nacional y la marcha peronista. Luego del discurso de Vuletich, fue el turno del primer mandatario, quien apuntó a los comerciantes. “Hace pocos días dije al pueblo, desde esta misma casa, que era menester que nos pusiéramos a trabajar conscientemente para derribar las causas de la inquietud creada a raíz de la especulación, de la explotación del agio por los malos comerciantes. En esto, compañeros, ha habido siempre bajos mirajes producidos por los intereses”.

Explosiones

Llevaba un cuarto de hora hablando, cuando todos se sorprendieron con el ruido de una explosión y una humareda: había estallado una bomba en el bar del hotel Mayo de Hipólito Yrigoyen 420, que estaba en reparaciones.

Bombas en Plaza de Mayo 1953 - Perón - Balbín
El primer mandatario concurrió al hospital a visitar a los heridos

Perón dijo: “Compañeros, estos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba”.

De pronto, una segunda explosión, esta vez en la boca del subterráneo A. El artefacto había sido escondido debajo de un tablero eléctrico en el andén de la estación, que estaba cerrada por el acto. El presidente afirmó que no dejaría que se salieran con la suya por más bombas que arrojasen y prometió individualizar y castigar a los responsables. Y remató: “Creo que, según se puede ir observando, vamos a tener que volver a la época de andar con el alambre de fardo en el bolsillo”.

La gente, envalentonada, bramó: “¡Leña! ¡Leña!”. El presidente redobló la apuesta: “Esto de dar la leña que ustedes me aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?

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Un tercer explosivo, colocado en las alturas del Banco Nación, no llegó a detonar.

“Señores, aunque parezca ingenuo que yo haga el último llamado a los opositores, para que en vez de poner bombas se pongan a trabajar en favor de la República, a pesar de las bombas, a pesar de los rumores, si algún día demuestran que sirven para algo, si algún día demuestran que pueden trabajar en algo útil para la República, les vamos a perdonar todas las hechas”, cerró el Presidente.

Bombas en la Plaza de mayo, 15 de abril de 1953
Incendio del Jockey Club. Antes habían hecho lo propio con la Casa del Pueblo, sede del Partido Socialista, en el barrio de Once

Los atentados terroristas arrojaron un saldo de cinco muertos: Osvaldo Mouche, Salvador Manes, León Roumeaux, Mario Pérez y Santa D’Amico, y 93 heridos. Luego fallecería uno de los heridos. Cerca de las 19 horas Perón se dirigió al Hospital Argerich a visitar a los heridos. Dispuso que asistentes sociales se ocupasen de las familias de las víctimas.

La respuesta no demoraría en llegar.

Un grupo enfiló por avenida de Mayo a la Casa del Pueblo, sede del Partido Socialista, en Rivadavia 2150. Cuando los vieron venir, llamaron a las fuerzas del orden. “Toda la policía fue destinada al acto de Plaza de Mayo”, les respondieron. Al grito de “Judíos, váyanse a Moscú”, a las seis y media de la tarde ingresaron por una ventana, tiraron a la calle miles de libros de la biblioteca obrera “Juan B. Justo” -fundada en 1897- e hicieron una fogata en la calle. Luego, con un camión rompieron la puerta de entrada, prendieron fuego al archivo del diario La Vanguardia y las llamas terminaron por destruir el edificio. Los bomberos cuidaron que el incendio no se propagase a las casas linderas. A la mañana siguiente, el techo se derrumbó.

Luego se dirigieron a la Casa Radical en Tucumán 1660. Papeles, libros y muebles también ardieron en la calle y además hicieron fuego en la planta baja, pero que no afectó a los pisos superiores. También fueron presa de las llamas libros de la sede del Partido Demócrata Nacional, en Rodríguez Peña 525.

Cerca de la medianoche enfilaron a la sede del Jockey Club, en Florida 559. Mientras los socios escapaban por donde podían, los agresores entraron por una ventana, incendiaron el edificio, perdiéndose una valiosa pinacoteca, que incluía dos obras de Francisco de Goya y fueron reducidos a cenizas unos seis mil libros. El presidente de la entidad llamó infructuosamente a la policía y a los bomberos. Al día siguiente, todo se derrumbó.

El diario oficialista Democracia describió estos incendios como “llamas purificadoras”.

Los operativos policiales de la comisaría 17ª para dar con los responsables de la colocación de los dos artefactos explosivos ocuparon las siguientes semanas. Cayeron radicales, socialistas, opositores, todos sospechosos de llevar adelante alguna actividad contra el gobierno, pero sin pruebas concretas del atentado. La causa quedó en manos del juez Miguel Rivas Argüello.

En la comisaría 2ª, los policías interrogaron a un hombre rubio, a quien sorprendieron, instantes después del estallido de la bomba, mientras salía corriendo de la boca del subte de la Línea A, abriéndose paso a empujones. Sospecharon que podía ser un agente extranjero. Dijo llamarse Esteban Jacyna, un norteamericano que vivía en Brasil y que había sido contratado por el Gran Circo Norteamericano para domar elefantes, dato inverosímil para los interrogadores que, sin embargo, fue corroborado al día siguiente.

La investigación determinó que los principales implicados en el hecho fueron los militantes radicales Roque Carranza y Arturo Mathov, que encabezaban un grupo en el que estaban Carlos Alberto González Dogliotti, Miguel Ángel de la Serna, Francisco Penna, Jorge Firmat, los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse, Rafael Douek y Estela Rodríguez Etchart de Amadeo, de quien se comprobó que guardaba explosivos en su casa.

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Carranza, un ingeniero industrial recibido en la UBA, dijo que siempre buscaban a los ingenieros, a los que consideraban más idóneos en la fabricación casera de explosivos. Pero se defendió explicando que se trataban de bombas de humo o de estruendo. Esa explicación no lo salvó de terminar en una celda en la Penitenciaría de Las Heras hasta junio de 1955 cuando fue sobreseído provisionalmente.

De nuevo en la plaza el 1° de mayo por el Día del Trabajo, Perón echó más leña al fuego: “Yo les pido, compañeros, que no quemen más, no hagan más de esas cosas, porque cuando haya que quemar voy a salir yo a la cabeza de ustedes a quemar”.

Bombas en Plaza de Mayo 1953 - Perón - Balbín
En el proceso de reconciliación de los dos líderes políticos, Perón esperó de Balbín las disculpas por la participación de radicales en los atentados de 1953

Cuando Perón regresó al país en 1972 luego de 17 años de exilio, le encargó a su delegado Juan Manuel Abal Medina que hiciera las gestiones necesarias para que Ricardo Balbín, presidente del partido radical, hiciese una suerte de mea culpa por la participación de radicales en el atentado, cosa que no logró, debido a la interna que vivía la UCR. No era fácil el camino de la reconciliación.

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Comunidad Buenuleo: condenan a 5 de los 8 acusados por usurpación

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El Tribunal de Juicio de Bariloche condenó a 5 integrantes de la comunidad Buenuleo por el delito de usurpación y le impuso la pena de un año y 3 meses de prisión en suspenso. Por el mismo delito absolvió a otras tres personas.

También condenó a dos personas por “perturbación del ejercicio de funciones pública”, ya que se probó que hicieron una amenaza de bomba en el edificio de Tribunales para suspender una audiencia en la causa. En este punto, el Tribunal desestimó la acusación de intimidación pública.

Impuso por este ítem una pena de tres meses en suspenso y una reparación económica que será destinada a la Biblioteca del Poder Judicial, para la compra de material de estudio.

Además, ordenó el “desalojo inmediato de la finca conocida como Pampa de Buenuleo”, aunque la “medida que se podrá efectivizar desde el momento en que a la presente cautelar le sea garantizado el derecho al “recurso” o “doble conforme judicial”.

Se arribó a la sentencia luego de siete jornadas de debate, donde brindaron declaración numerosos testigos de la acusación y de la defensa.

No está en juego la propiedad sino la posesión

Para el Tribunal, se probó que “aprovechando la ausencia de los cuidadores de la vivienda existente en el interior del inmueble, ingresaron en un caso por un camino principal y el resto por caminos y senderos internos no destinados a ser normalmente utilizados para el tránsito habitual a un inmueble, despojando de la posesión de la finca a quienes hasta ese momento la usufructuaban”.

La sentencia recordó que para configurar este delito “será indistinto que la persona posea o no título” de la propiedad, “ya que lo fundamental será que se halle efectivamente detentando la posesión”.

En efecto, “el orden penal no protege el nudo derecho de propiedad, sino a quien lleve adelante un efectivo ejercicio de las facultades que emergen de la posesión (en este caso) y luego se vea privado de ella”.

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Para que se configure el delito debe haber “clandestinidad”, es decir “actos ocultos llevados a cabo en ausencia del poseedor”. Esto se probó.

En el proceso testificaron varias personas que le en la década del 70 y del 80 le compraron lotes a Antonio Buenuleo. Dieron cuenta entonces no existía ninguna comunidad de pueblos originarios, que se conformó después.

La defensa

El defensor afirmó que la “posesión indígena o tradicional resulta diferente a la posesión del código civil”, que “estos derechos no son reales sino autónomos y de raigambre constitucional”. Argumentó que los acusados no podrían usurpar “algo” del que hace años que se encuentran en posesión (posesión tradicional o ancestral).

Recordó que “en nuestro ordenamiento jurídico vigente están receptadas las dos posesiones: la posesión del Código Civil se tiene que proteger, pero también la posesión indígena que protege la Constitución Nacional”.

El fallo

La sentencia recepta algunos argumentos de al Defensa: “Resulta incuestionable que para la comunidad indígena, el término territorio tiene una connotación especial, ya que es una expresión simbólica de su etnicidad, de su historia y de su cultura”. Asimismo, es “evidente que la propiedad comunitaria indígena implica un concepto nuevo de propiedad”.

Agregó que “adhiero al argumento de que ambos derechos de propiedad gozan protección constitucional”. 
Pero luego señala: “lo que resulta claro y evidente es que la ausencia de la ley no habilita a los imputados e imputadas (aún siendo integrantes de la Comunidad Buenuleo), a hacer uso de vías de hecho y/o que le sea permitido la realización de actos materiales tendientes a hacer efectivos derechos amparados normativamente”.

En este punto, tiene en cuenta el mismo argumento sostenido por el Superior Tribunal de Justicia en el fallo sobre este mismo proceso judicial.

Para el Tribunal “está fuera de discusión que la Comunidad indígena Buenuleo ha ejercido una posesión tradicional sobre parcelas de tierra comprendidas en el denominado lote pastoril 127, pero también resulta contundente la información ventilada en Debate que acredita que el señor Antonio Buenuleo -como titular registral de ese lote- realizó mediante boleto privado la venta de esas 92 hectáreas al señor Claudio Thieck”. Este último se la vendió “al señor Friedrich en el año 2009”.

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Aunque “la Defensa afirma que esos actos jurídicos son nulos por afectación de la voluntad del enajenante Buenuleo, este extremo escapa a la jurisdicción del Tribunal”y además “no incorporó ningún elemento de prueba que acredite dicha afirmación”.

En este orden, “lo que sí aparece como elocuente, es que estos actos jurídicos implicaron que se cediera la posesión a terceros (ajenos a la Comunidad Buenuleo) sobre esa porción de tierra, concretándose así una discontinuidad de la posesión tradicional (al menos sobre esta fracción)”.

Así, “resulta un dato incontrovertible que lo/as acusado/as conocían -por ejemplo- que el predio estaba siendo poseído por el Querellante al momento del hecho”. Por lo tanto, no se pueden convalidar cuestiones de hecho.  

Absoluciones

El fallo condena a cinco personas y a la vez absuelve a tres. Se trata de un lonko mapuche “que no pertenece a la Comunidad Buenuleo sino a otra Lof y que solo vino a acompañar una ceremonia religiosa”, de una persona que aclaró que “solo da talleres de lengua” sin pertenecer tampoco a la comunidad. Un tercero no se acreditó “por ningún medio” su participación.  

También el fallo rechaza el agravante por la participación de menores. Dijo que “no quedó probado en absoluto”. 
Finalmente, también se probó la amenaza de bomba en el Edificio de Tribunales para que se desarrolle una audiencia. Lo hicieron con testigos y también con las pericias de la OITEL, del Ministerio Público y los informes de llamadas pedidos a Movistar.

Desalojo

El fallo citó las anteriores etapas del proceso que ordenaron el desalojo. Cita el artículo 118 del Código Penal: “En las causas por infracción al artículo 181 del Código Penal, el juez, a pedido de parte o damnificado, podrá disponer provisionalmente el inmediato reintegro de la posesión o tenencia del inmueble, cuando del análisis de las condiciones fácticas, surja que, prima facie, se encuentran reunidos los requisitos típicos, el derecho invocado por el damnificado fuere verosímil, y exista peligro en la demora”.

Expresa el fallo que “el objetivo de su instrumentación de esta medida de coerción procesal es evitar la continuación y prolongación de los efectos lesivos de la usurpación, considerando que estamos frente “a un delito instantáneo de efectos permanentes”.

Concluye que “resulta evidente que el legislador (tanto el orden provincial como nacional) lo que busca o anhela es impedir que el delito siga produciendo consecuencias ulteriores, y el espíritu de las normas enunciadas resulta ser la protección inmediata de las personas damnificadas por el evento criminoso. De lo contrario estaríamos desnaturalizando la “razón de ser” de su protección legal, desdibujando la propia naturaleza preventiva o instrumental para que los efectos nocivos del despojo no prosigan”.

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Patitos en la cabeza: de qué se trata esta moda que es viral

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Desde hace algunas semanas, Argentina ha sido testigo de un fenómeno de moda que ha tomado por sorpresa a jóvenes y adultos por igual. Se trata de los Patito Kawaii, unos adorables accesorios en forma de patito de goma que se llevan en la cabeza y que se han convertido en la última tendencia.

El nombre de estos curiosos accesorios proviene de la combinación de palabras en español y japonés, donde “Kawaii” significa tierno o adorable. Los patitos Kawaii se sujetan con un clip y resorte, lo que permite colocarlos en cualquier parte del cuerpo, aunque es más común verlos sobre la cabeza.

Esta tendencia ha sido recibida con entusiasmo por parte de la comunidad, quienes ven en estos patitos una forma de expresarse como personas alegres y optimistas. Muchos los utilizan como un accesorio más de su outfit diario, mientras que otros los llevan como símbolo de identificación con la moda y la juventud.

Sin embargo, tener un patito Kawaii tiene un precio. Dependiendo de los accesorios adicionales que incluyan, como lazos, stickers o cintas decorativas, los costos pueden oscilar entre 1.500 y 2.000 pesos. Los comerciantes de estos adorables adornos han visto cómo las ventas se disparan en cuestión de semanas.

“El patito cuesta 1800 pesos”, comenta emocionado uno de los comerciantes mientras sostiene uno de estos populares accesorios. Y es que, a pesar de su aparente simpleza, los Patito Kawaii han logrado conquistar el corazón de muchos argentinos, convirtiéndose en un símbolo de la moda actual.

El hecho de llevar un patito de goma en la cabeza puede parecer extraño para algunos, pero para otros es simplemente una forma de añadir diversión y color a su día a día. Así como las modas van y vienen, aún no está claro cuánto tiempo durará el furor por los Patito Kawaii en Argentina, pero por el momento, estos pequeños adorables accesorios han encontrado su lugar en el mundo de la moda.

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