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Bariloche con “dos aduanas”: la Brown y la 25 de Mayo

Usar camperas de cuero, tachas o “portar rostro”, equivalía a candidatearse para el calabozo durante los fines de semana. Claudio Vargas revive aquellas noches duras en su libro “La otra cara de la postal. Punk en Bariloche”.

Vestirse con camperas de cuero, llevar tachas u ornamentarse el cabello al estilo punk fue, durante los comienzos de los 90, la mejor manera de buscar un atajo hacia los calabozos del Centro Cívico. ¿Cuántos fueron los pibes y pibas de entonces que pasaron noches encerrados por simple “portación de rostro”? En “La otra cara de la postal. Punk en Bariloche”, Claudio Vargas revive la hostilidad que sentía la juventud del Alto al cruzar Brown en dirección al lago.

Por entonces, los chicos que adherían a esa variante del rock no se reducían a un grupito y tampoco su horizonte se limitaba al barrio. “Para ver recitales distintos a los que sucedían en el centro nos dirigíamos al barrio Melipal. En ese momento era toda una travesía ir a la zona oeste de la ciudad, mínimamente nos teníamos que tomar dos colectivos para llegar, pero no lo hacíamos por el tema de que muchas veces el cole no te paraba por tener cara de culpable, así que preferíamos caminar desde el barrio a los km, con lluvia o nieve para volver caminando con más lluvia y más nieve, pero lo bueno es que conocíamos a todos estos pibes que eran de la zona de los kilómetros”, reconstruye su escrito.

El libro salió de imprenta durante el verano pasado y lejos de limitarse a enumerar bandas y festivales, es un compendio de historia social barilochense. “Para el año 92-93, ya siendo un grupo más grande, se visibilizó el movimiento punk, y se empezaron a sumar más chicas y chicos, de todos los barrios de Bariloche. En especial del nuestro (el San Ceferino) que llegó a tener el número más grande, que cuando salíamos al centro éramos una verdadera tribu, una multitud”, se ufanó el autor.

Pero la masividad aparejó algunas contras. “También el hecho de ser una gran cantidad de personas deambulando por la ciudad nos trajo problemas: era constante la persecución policial y su asedio, ya que la portación de rostro o estética nos hacían blanco fijo. Desde la salida del barrio ya empezaba el problema: tachas, cuero, pelos parados, no eran bien vistos; y te molestaba cualquier cumbia, cualquier recolector de residuos, o la vecina, que recordaban tu enfermedad mental, sexual o la supuesta adicción a las drogas”, ironiza el escrito.

Ahí recién comenzaba la odisea. “Los siguientes problemas eran pasar por esas dos aduanas que eran la calle Brown y la 25 de Mayo, bajando por la única calle asfaltada: la Onelli, la que nunca duerme. Ahí te esperaban los remises a tu servicio: el Renault 12 o el Ford Falcon”, es decir, los patrulleros con que contaba la Policía de Río Negro por entonces. “Después de la rigurosa pedida de Ocumentos (sic) de algún gordo o bigotón sargento, y tenerte empapelando las esquinas para requisar lo que sea, si no lograbas pasar y te detenían, era la Comisaría 28 quien te daría albergue o en su defecto, la 77, hoy inexistente, en Beschtedt y Ruta, barrio Levalle”, describen las páginas.

En el periplo, había una esquina de parada obligatoria. “Al llegar al centro había que abastecerse de algunos licores o directamente recalar en el Bambi frente a los palos del Centro Cívico, lugar que fue tomado por el movimiento rockero, o la YPF que tenía un servicompras. En el mejor de los casos y con suficiente dinero (el destino) era algún pub de Mitre o la calle San Martín, que era el lugar de encuentro para todas las tribus, punks, darks, heavies, hippies y los estudiantes venidos de diferentes lados de Argentina, que no siempre tenían buena actitud, pero siembre terminaban cobrando”, reconstruyó Vargas, burlón.

Pero no para los de afuera podían terminar mal las cosas. “Si había alguna pelea en algún bar o en la calle, había que salir rápido del lugar, ya que caían la Ford F 100 o la Chevrolet S 10”, otras unidades policiales. “Te molían a palos, luego te subían a esas camionetas poco cómodas, te amansaban a garrotazos de vuelta y a dormir a la casa de piedra”, es decir, a los “calabozos del Centro Cívico”.

Penosos recuerdos indelebles, inclusive en la memoria olfativa. “Cuando llegabas, te boludeaban por la facha o te fajaban, depende del aburrimiento que tenían. El calabozo de piedra, mojado o meado, depende del horario que caías, hacinado y muy frío en invierno”. No obstante, y cómo no, “allí se forjaban nuevas amistades con otros pobres infelices, dependiendo de qué día te tocaba caer”.

En efecto, “si era el fin de semana, el lunes te sacaban tipo 8 o 9 de la mañana, haciendo una filia india acompañados por unos polis y te paseaban por la parada de Parques Nacionales, hacia la calle Juramento para comparecer con el juez de paz”, rehízo Vargas. “Una hermosa postal para todo turista internacional que visitaba la ciudad de la vida o el buen vecino que tenía la suerte de ver la fauna despeinada”, ironiza el recuerdo. Esa también es la historia de Bariloche.

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