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Beatriz, una mujer con muchos corazones

Lo que sucede es muy triste”, declaró Beatriz Curruhuinca, quien le pone cuerpo y alma al merendero Los Corazones de Beatriz, en el barrio Nahuel Hue, donde la coyuntura actual la llevó a brindarles comida a las familias de la zona.

La problemática social y económica no es una novedad para la mujer, acostumbrada a escuchar los inconvenientes de los vecinos que desde hace años se acercan en pos de cualquier tipo de ayuda que pueda brindarles, ya que saben de su espíritu solidario. Pero las dificultades que cercan a los lugareños superaron los pronósticos más agoreros. Así, explica: “En la actualidad nadie puede trabajar. Antes las mamás salían por la mañana y, por ejemplo, iban a planchar, hacían limpieza por hora y ese tipo de cosas, y por la tarde volvían con algo de plata para pagarse sus verduritas y algo más para comer, pero ahora ni eso… la cosa está muy difícil”.

Cuando observó que las complicaciones acorralaban a las familias del barrio, Curruhuinca decidió actuar. Había tenido que cerrar el merendero por la normativa impuesta a partir de desatada la pandemia. Ya no se sentían las voces de esos veintisiete chicos que acudían tres veces por semana a almorzar y merendar -además de encontrar abrigo para el espíritu-, pero el silencio increíblemente hablaba, le decía a Beatriz que la realidad en los hogares de la zona era por demás complicada. “Estaba inquieta, no podía siquiera dormir”, confió.

Las personas comenzaron a acercarse. Le contaban que ya no aguantaban, que no tenían nada para llevarse a la boca. Entonces habló con su marido y analizaron qué podían hacer para darles comida a aquellos que más lo necesitaban. “Compramos alimento y se lo dimos a algunos abuelos y a madres con muchos hijos que estaban muy mal. Al principio, la mayoría del dinero salió de nuestros bolsillos”, contó.

Desde hace veinte días, y ya a partir de donaciones que consiguió cuando se empezó a saber de su obra, Beatriz prepara el almuerzo para casi cien familias los lunes, miércoles y sábados, mientras que los jueves facilita el espacio para que otra mujer solidaria prepare y reparta la merienda.

Si fuera por Curruhuinca, daría de comer a diario. “Lo que vemos que sucede duele un montón. Yo quisiera entregar viandas todos los días, pero apenas puedo hacerlo tres veces por semana”, se lamentó.

Si bien desde la Municipalidad llegan algunos módulos de alimentos (a los que la semana pasada se les agregó una partida de verduras), son escasos, y por eso es que solicitó cualquier tipo de colaboración.

Beatriz destacó que el contexto hizo que muchos ciudadanos se vieran arrinconados, incluso aquellos que antes no requerían de ningún tipo de ayuda. “Hay gente que nunca se había acercado al merendero, porque estaba bien económicamente, pero hoy tiene que hacerlo. Incluso algunas personas me comentan que en otros lados son discriminadas, porque tienen auto, una buena casa, y las critican, les dicen cómo es que se atreven a pedir algo, pero la realidad es que sus cosas las tienen porque trabajaron, porque se esforzaron, pero hoy, lamentablemente, al igual que la mayoría, tampoco tienen para comer; y nosotros las recibimos”, indicó.

También se refirió a un caso puntual que le dolió no poder solucionar: “Hay una abuelita que tiene incontinencia, y el otro día me decía: ‘Betty, ando con el mismo pañal del otro día, necesito un secarropa, me conseguís uno’. Y yo le explicaba que no es fácil. No puedo hacer tanto… Con los alimentos por ahí damos una mano, porque está la leche, la harina, los fideos… Pero en lo demás, ¿cómo hago? El día a día es tremendo, porque ves que la gente la pasa muy mal”.

Intenta que los platos que prepara siempre contengan pollo o carne, porque su deseo es que el alimento sea completo. “Quiero darles lo mejor, siempre”, señaló. Pero no es fácil, obtener algunas cosas cuesta mucho. “Lo más complicado es conseguir donaciones de carne”, detalló.

El merendero, ubicado en Trochita Patagónica y José Obrero, tiene un origen donde primó el espíritu familiar, el mismo que Beatriz intentaba inculcar en aquellos niños que hasta hace un par de meses visitaban el lugar. Uno de sus hijos (tiene cinco) jugaba con otros nenes cuando uno de ellos dijo que no comía desde el día anterior, entonces lo invitó a almorzar a la casa, y luego pasó lo mismo con otro niño, después con otro y otro… “Los tratábamos de alejar de la calle, de darles una educación, enseñarles a valorar la ayuda”, recordó Curruhuinca.

Así, desde 2014 el sitio se convirtió en un centro de contención. “Para los chicos, este lugar es como una escuela, un rinconcito al que llegan y del que no se quieren ir. Se han acostumbrado a venir”, señaló.

Beatriz los extraña. En una caja que atesora, la mujer tiene guardadas las cartas que los pequeños solían darle, con agradecimientos diversos, y la mayoría de las veces adornadas con ilustraciones nacidas de sus manos infantiles. “El otro día me puse a ojearlas y me dieron ganas de llorar por la emoción”, afirmó.

“Eso te da fuerza para seguir”, aseguró, para luego referirse a planes para el futuro: “Quiero renovar este lugar, poner caños para que el agua llegue hasta la cocina y no haya que salir a buscarla, arreglar todo, pintar… Y mi intención es hacerlo antes de que los chicos regresen, porque en algún momento van a volver, así que debo reunir premios para hacer una rifa”.

Curruhuinca agradece todos los donativos, pero advierte que quienes quieran colaborar se comuniquen en forma directa con ella, ya que hubo casos de inescrupulosos que utilizaron el nombre del merendero, con su buena reputación a cuesta, para pedir mercadería en distintos comercios de la ciudad. “Necesitamos que nos ayuden para poder seguir ayudando”, concluyó.

La manera de contactarse es llamando al +54 9 294 420-8603, o accediendo a la página de Facebook: “Beatriz Curruhuinca (merendero los corazones)”.

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San Carlos de Bariloche, Argentina

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