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Cultura y Educación

¿Cómo hacían los barilochenses para escuchar música un siglo atrás?

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El pueblo quedaba muy lejos de los grandes centros urbanos y los caminos eran azarosos. Así y todo, nuestros antiguos vecinos y vecinas se las arreglaban para dar rienda suelta a inquietudes musicales.

Cien años atrás no existían la sala de la Biblioteca Sarmiento ni el Camping Musical y nadie podía soñar con la multitud de pubs o bares donde en el presente se puede escuchar música casi todas las noches. No obstante, las y los barilochenses se las arreglaban para entretenerse: en 1924 existía una “banda pueblerina”, podía escucharse el tema preferido a cambio de unos cuantos centavos en una especie de gramófono público y, en algunas confiterías, un pianista matizaba el consumo de tés y tragos.

Para los años 20 del siglo pasado, “los tres hoteles que disputaban las preferencias de los turistas y pasantes eran Los Lagos, de Camilo Garza, con amplio edificio y terraza sobre el lago; Nahuel Huapi, de Alberto Parsons; y San Carlos, de Félix Pettiti”. La semblanza sobre el Bariloche de un siglo atrás puede leerse en “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi” (Editorial Caleuche-2003), libro que lleva la firma de Juan Martín Biedma y de primera edición en 1987.

Apenas principió aquella década, “Garza había vendido su hotel a Fernando Álvarez, quien introdujo mejoras y le cambió el nombre por Hotel Central. Fue el primero que suministró agua caliente y fría en sus habitaciones”. Hoy las habitaciones con baño privado parecen una obviedad, pero no siempre fue así en la historia de la hotelería local o regional. Es más, todavía perduran en Chile establecimientos con baño compartido, sobre todo en destinos no muy concurridos.

Mientras en Buenos Aires proliferaban cafetines y restoranes de diversa índole, aquí “la confitería de Belarmino García era el punto obligado de reunión por las noches y los días festivos”. Se adivina que su administrador era un hombre de inquietudes, porque “a este mismo García se le debió otra gran diversión: el cine. Como no poseía local, era un cinematógrafo trashumante, en el bar o en alguna casa, a pedido de los vecinos, para animar fiestas”.

No obstante, no demoró demasiado en instalarse el cinematógrafo pionero más o menos regla. En efecto, “el primer local de cine se debió a Alberto Parsons en Mitre y Frey, y las máquinas andaban a caldera”. Toda una curiosidad, si se tiene en cuenta la digitalización que en la actualidad es la norma. “Otra alternativa de esparcimiento se abrió en 1915 al inaugurarse el Tiro Federal, creado por Emilio Frey por mandato del gobierno”, establece la obra de Biedma.

Lejísimos de los grandes centros urbanos y con las comunicaciones todavía más bien endebles, la vida artística del poblado estaba en pañales, aunque estaba. “A comienzos del siglo XX no eran muchas las oportunidades de escuchar música. Había pocos fonógrafos en el pueblo, en la Compañía Chile Argentina y en algunas familias”. Al observar ese déficit y que, paralelamente, había demanda, “un comerciante de la calle Mitre, poseedor de uno de estos codiciados aparatos, vio la posibilidad de incrementar sus ingresos cobrando 20 centavos para oír una pieza de música”.

Y exactamente cien años atrás, tuvo lugar un acontecimiento simpático. “A partir de 1924 también se podía escuchar la banda pueblerina que dirigía Rafael Soriani. La integraban sus hijos y otros voluntarios. Los instrumentos los había conseguido Capraro, en donación de una escuela de Capital Federal”. Cómo no recordar, mucho más cerca en el tiempo, a Miguel Nitzche y sus esfuerzos por recuperar “la banda del pueblo”. Algunos pasos se dieron en ese sentido, pero su existencia fue más bien fugaz.

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No era la única opción, porque hacía años que estaba presente en Bariloche el Ejército Argentino, entonces “también estaba la banda de la guarnición militar y una orquesta organizada por el suboficial Carmelo Minitello, con músicos militares y civiles”, puntualiza el trabajo de Biedma. Más allá de aquellas músicas, que se interpretaban más bien a “cielo abierto”, existían otras posibilidades menos dependientes del clima.

En efecto, “algunas confiterías ofrecían acompañamiento musical a sus parroquianos: piano en Cambrinus, en la Suiza y, además, cítara en Trivelhorn, en Mitre y Beschtedt”. ¡Cítara! ¿Quiénes serían los intérpretes durante aquellas tardes de relax en los comienzos de la actividad artística barilochense? Desafortunadamente, sus nombres no llegaron a nuestros días. Al menos, no hay mención alguna en la obra de Biedma. ¿Cuál sería la banda de sonido de Bariloche un siglo atrás?

Cultura y Educación

Quemacasas toca por vez primera en Buenos Aires

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La banda de Bariloche compartirá escenario con Juan Pablo Fernández (Acorazado Potemkin) en el célebre CAFF, el espacio que gestiona la agrupación tanguera Fernández Fierro.

Los muchachos tuvieron el buen tino de subirse al auto antes de que la nevada blanqueara las rutas de la región y las tornara poco previsibles. Tenían un gran motivo: el viernes (21 de junio) desde las 21, Quemacasas debutará en Buenos Aires, en una fecha que compartirá con Juan Pablo Fernández (Acorazado Potemkin) y otro de sus proyectos. Tamaño compromiso se concretará en el CAFF (Club Atlético Fernández Fierro), baluarte de la música que resiste en el barrio de Palermo.

En la agrupación de nombre ígneo forman Ramiro Casas en voz y guitarra; Sebastián Lema en lapsteel, pedalsteel y guitarra; Marcos Radicella en sintetizadores; Leonardo Cesana en bajo; Guillermo Andreani en guitarra y bajo sexto; más Juan Capalbo en batería. En la noche porteña compartirán escena con The Ivonne Cleef Orquesta, experiencia hasta hace poco instrumental que ahora, contará con el frontman de Acorazado Potemkin en sus filas. Abrirá la noche el Piyi.

El CAFF es un sitio muy dinámico del quehacer musical capitalino. Al día siguiente de los barilochenses tocará la mismísima Fernández Fierro, agrupación que sacudió el tango hace más de 20 años, no sólo por la revitalización que supuso para el género, sino por la práctica cooperativa de sus integrantes. De hecho, el CAFF es su lugar de conciertos, pero como puede advertirse, adquirió vida propia.

Aunque todavía no tiene álbum en las plataformas, Quemacasas preparó con esmero su desembarco en Buenos Aires. La semana pasada lanzó a través de Bandcamp dos nuevos registros en vivo: “Te quiero ver” y “Los jotes”. A los dos los logró durante un espléndido concierto que tuvo lugar a fines del año pasado en la sala de la Biblioteca Sarmiento, que precisamente, contó con la participación estelar de Juan Pablo (perdón por la confianza).

El ex Pequeña Orquesta Reincidentes había participado antes en una edición del Ñirifest, el atípico festival que Lema y sus cofrades organizan año tras año en la retaguardia de Dina Huapi. Como puede advertirse, la cercanía artística es más bien sólida. Ya existía una versión de estudio de “Te quiero ver”, pero en la que acaba de estrenarse, la alternancia de voces entre Casas y Álvarez a partir de una letra descomunal, la convierte en imperdible.

En “Los jotes” la banda contó con la participación de Sonia Esquivel y se trata de otra joyita. Por su parte, dice la presentación del CAFF para su público que la música de Quemacasas “incluye canciones con tintes autorreferenciales en cuanto a las letras de Casas y Lema”, además de “texturas sonoras que van desde aires de tango y milonga al country norteamericano y el rock independiente de los 60s y 90s”. Tiene dos años de existencia.

Sobre Fernández dice el anticipo que “el compositor, cantante y guitarrista de Acorazado Potemkin tiene a sus espaldas una carrera de varias décadas en donde se destaca siempre por su particular enfoque de la voz líder y su sólida y profusa lírica urbana y arrabalera, sin mencionar sus cualidades de guitarrista. Acorazado Potemkin (trío integrado por Juan Pablo junto a Federico Gahzarossian en bajo y Luciano Esain en batería) ya tiene más de diez años de trayectoria”.

Antes, “fue miembro fundador de Pequeña Orquesta Reincidentes, una banda de culto con proyección internacional que nos regaló varios discos y supo girar por distintos países del mundo”. El que firma atesora en su memoria un concierto en 1998 o 1999 de Los Reincidentes, que tuvo lugar en el Club de Regatas (¡?) ante no más de 50 personas. Ahora se imagina a Juan Pablo cantando junto a Quemacasas “Te quiero ver” en el CAFF y se pregunta, ¿cómo no estar ahí para contarlo? Cuidado con el fuego, Buenos Aires.

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Cultura y Educación

A la bandera “que Belgrano nos legó” ordenaron esconderla

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La enseña original que creó el abogado-militar se perdió. Se estima que era al revés: una franja azul celeste en el medio y dos blancas.

Tal vez el Día de la Bandera debiera celebrarse el 27 de febrero, aunque el ciclo lectivo no coincida con la efeméride. La tradición dice que esa jornada de 1812 Belgrano ordenó enarbolar por primera vez una enseña propia en las barrancas del río Paraná. También sostiene el relato que, para arribar a los colores celeste y blanco, el abogado-militar se inspiró en la escarapela precedente y que el paño original se perdió. En consecuencia, jamás se podrá saber si las franjas eran tres o dos, como sostienen varias versiones.

Sin embargo, la Argentina saluda a su bandera con énfasis el 20 de junio, cuando en realidad en esa fecha se produjo la muerte de su mentor. La trama terminó bastante después de 1812 y es muy compleja. En general, se cree que a los orígenes de la escarapela hay que buscarlos en las jornadas del 22 y 25 de mayo de 1810, cuando los grupos de “chisperos” repartieron cintas entre los partidarios de la Revolución. Pero la verdad es que esos distintivos eran rojos y permitían a sus portadores no sólo mostrar su identificación con la causa, sino también evitar balazos de los hombres que capitaneaban Domingo French y Antonio Beruti.

Al año siguiente, las tropas a las órdenes de Belgrano comenzaron a usar una escarapela azul-celeste y blanca. El propio abogado escribió que había elegido esas tonalidades porque el enemigo también usaba el rojo y era necesario “evitar confusiones”. Pero en realidad, parece que había antecedentes, porque en ocasión de la segunda invasión de los ingleses (1807), los Patricios o los Húsares ya habían adoptado distintivos azul-celeste y blanco.

Se suele afirmar que Belgrano propuso esos colores porque buscaba una tonalidad más cercana a la turquesa, pero resultaba muy difícil encontrar paños de esas características. Entonces quedó azul-celeste y más tarde, definitivamente celeste. Eran los colores que por entonces identificaban a la dinastía Borbón, que cuando comenzó la Revolución de Mayo estaba fuera del poder a raíz de la invasión francesa de España.

Hace 212 años y meses se establecieron las famosas baterías sobre el río Paraná, a unos pocos kilómetros de la Villa del Rosario. Allí se izó la bandera que según se dice, fue obra de María Catalina Echeverría de Vidal, una vecina de la localidad. También hay que tener presente que, en aquella ocasión, el contingente no juró la bandera, como generalmente se supone, sino fidelidad al Congreso General Constituyente que luego pasaría a la historia como Asamblea del Año XIII.

El gobierno de Buenos Aires, con la altura que caracterizó a la mayoría de los políticos porteños durante la década siguiente a 1810, ordenó disimular la bandera y exigió que no se utilizara. No fuera a ser que Europa se enojara… De hecho, no se sabe con precisión cuál fue el diseño original, pero un ejemplar que se supone muy cercano se halló en la localidad de Macha, hoy Bolivia. Se conserva en un museo de Sucre: tiene la franja central celeste y las otras dos blancas.

Hubo que esperar al 20 de febrero de 1813 para ver a la azul y blanca al frente del Ejército del Norte, ocasión en la que las tropas patriotas propinaron una derrota a los realistas. Pero recién se convirtió en el pabellón oficial a instancias del Congreso de Tucumán, en 1816. Votaron por la bandera diputados de Tarija y otras zonas del Alto Perú, que hoy están bajo jurisdicción boliviana. Los congresistas decidieron que aquella fuera la única enseña de las Provincias Unidas del Río de la Plata y fue la que más tarde, heredó la República Argentina. La resolución se firmó el 9 de Julio de 1816.

No obstante, hubo otras banderas “argentinas” que supieron ondear. José Artigas, el líder federal del Litoral y la Banda Oriental, adoptó la propuesta por Belgrano durante un congreso que se llevó a cabo en 1815 en Concepción del Uruguay. En aquella ocasión, la Liga Federal o Unión de los Pueblos Libres enarboló la bandera celeste y blanca, pero con el agregado de una banda menos ancha de color punzó, color histórico del federalismo argentino. Es la enseña que hoy identifica a la provincia de Entre Ríos.

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En la década del 30, cuando la Argentina vivió un intento de restauración conservadora después del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, una ley estableció que las franjas de la bandera debían ser celestes, “como el color del cielo cuando comienza a amanecer”. Los sectores populares identificaban a los conservadores como seguidores de los liberales, que a su vez resultaron continuadores de los unitarios. Así como la divisa federal era punzó la celeste fue unitaria, entonces se interpretó ese designio como un triunfo simbólico de la facción vencedora en Pavón (1861). Interpretación que no parece muy errada.

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Cultura y Educación

Camila Vallendor presenta “La herida de traer una hija al mundo”

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Es el primer libro de la poeta y gestora cultural. Se dará a conocer en la Biblioteca Popular Carilafquen al anochecer del viernes.

Bienvenidos a bordo del vuelo 4344 con destino a la ciudad de Bariloche. Me acomodo en mi lugar de la fila 6. Mi beba está despierta. Mira a los pasajeros con ojos gigantes. La aprieto contra mi pecho y palpo la riñonera. Contiene lo imprescindible: documentos, flores de Bach, pañuelitos descartables. Pateo el bolso con los pañales para acomodarlo debajo del asiento de adelante. Trato de no molestar a la señora que finge dormir a mi lado. No sé cómo ubicar todo lo que cargo en un espacio tan reducido”.

Así comienza la página 36 de “La herida de traer una hija al mundo” (Cielo de pecas), el libro de Camila Vallendor que salió un par de semanas atrás de imprenta y se presentará el próximo viernes (21 de junio) en el reducto donde la autora juega de local: la Biblioteca Popular Carilafquen (Villa Los Coihues). La cita se pactó a las 20 y la anfitriona no parece preocuparse demasiado por los pronósticos que auguran mucha nieve: “nos vemos para recibir juntes el invierno, con el fuego de les amigues y la poesía”, asevera el flyer.

Entre otras poetas y compañeres de Camila en el equipo del Festival de Poesía “Como un rayo”, acompañará el acontecimiento mucha gente, entre ellas y ellos Melissa Bendersky, Silvia Urtubey, Joaco Conte, Lola Halfon, Aravinda Juárez, Tai Atwell, Laura Oberlin, Estefanía Bavassi, Cecilia Paruelo, Lucía Casalins, Mariel Bleger, Eleonora Botto y Ana Belén Vivas. “Ojalá puedan venir en esta noche tan importante”, insiste Camila en redes sociales.

En el prólogo del breve pero intensísimo libro, dice María Magdalena: “Un parto se desata como una tormenta. Una mujer se parte al medio con la ferocidad de un rayo. Lejos de las luces quirúrgicas y el ambiente aséptico del hospital, el actor de parir se vuelve mágico: las ofrendas, los rituales, las santitas. El recuerdo de la abuela paterna y sus siete partos. La construcción de un rezo propio. La mujer recibe a su hija y se sabe herida. Toda ella es una herida. Una desgarradura en el cuerpo, una marca para siempre. Como la maternidad”.

“La herida de traer una hija al mundo” es el primer libro de la escritora, que vive en Bariloche hace más de una década. Precisamente, participa activamente en la biblioteca anfitriona, hace radio, coordina talleres de lectura y escritura. Además de impulsar “Como un rayo”, junto con Lola y Joaco Conte integra Selva, un trío que se consagra a la música y a la poesía. En tanto, “Movernos hacia un fuego perdurable” es un ciclo que también combina lenguajes artísticos con carácter festivo.

En aquel vuelo y comprensiblemente, la beba irrumpió en llanto. “La azafata se acerca, entre servicial y desencajada. Pobrecita, repite, pobrecita. Me da indicaciones en tono de reproche. La realidad se deforma. Veo sus labios que se mueven pero no entiendo lo que dice. Los gritos de mi hija ocupan todo mi espectro sonoro. Se abalanza sobre nosotras con dos vasitos de telgopor. Se los coloca a mi beba en las orejas. Acato su consejo de dudoso rigor científico. Todavía tengo la teta fuera del corpiño. El llanto no se detiene. Estoy atrapada. El viaje dura dos largas horas. La maternidad para siempre”.

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