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¿Cómo se instaló la venta por redes sociales?: Necesidades, clasificados y riesgos

En la actualidad, escuchar que alguien realizó una compra a partir de Facebook resulta normal. Hasta hace unos pocos años, no era así. Es decir, sí se hablaba de conseguir cosas por ese medio, pero en páginas web oficiales de distintas marcas o empresas, muchas veces incluso del exterior, aunque en ese último caso también en algún momento hubo una merma, con las restricciones que comenzaron en cuestiones de importación (impuestos elevados, cantidad de adquisiciones que se podían hacer, etcétera).

En lo referido a las operaciones “informales”, donde alguien sube la oferta de un producto, en un grupo virtual, y luego otra persona se pone en contacto para adquirirlo, el fenómeno “explotó” en la última década.

Además, esta opción atravesó distintas etapas.

En Bariloche en particular, cuando el cambio lo favorecía, había quienes se “cruzaban” a Chile, en especial a Osorno, por la cercanía, aunque también había expediciones comerciales a Puerto Montt o Valdivia, para adquirir distintas cosas que después se comercializaban aquí a través de internet.
Así, en las redes, nacieron pequeños proyectos, donde la persona viajaba, compraba ropa, electrodomésticos, celulares, bebidas, y hasta neumáticos… Luego, ofertaba todo eso en la web.

Aun con el pago de los impuestos correspondientes en la Aduana (cosa que, igualmente, se trataba de evitar, escondiendo los productos en el vehículo utilizado), los costos que se manejaban, a partir de la diferencia del valor en la moneda, propiciaban que conviniera comprar de esa manera, lo que significaba una desventaja clara para aquellos locales que abonan impuestos. Además, al comprar por internet, no existían garantías de ningún tipo. Pero la ventaja en el precio era tanta, que muchos optaban por dejar de lado ese punto y arriesgarse.

Era la época donde los televisores viajaban en baúles como si de un bolso más se tratara.

Incluso había surgido una actividad paralela al fenómeno. Pequeñas camionetas se dedicaban exclusivamente a trasladar personas (ida y vuelta en el día), para excursiones comerciales.Cuando se acercaba el comienzo de clases, muchas de estas travesías tenían como eje conseguir útiles escolares, guardapolvos, mochilas y otros elementos de esa índole, con el objetivo de revenderlos acá, ganándole la pulseada a locales que, desde hace años, aguardan cada regreso a las aulas para obtener una ganancia importante.

Antes de la llegada del COVID-19, cuando ya el cambio monetario dejó de ser conveniente, todo aquello disminuyó en forma considerable, hasta casi desaparecer. Pero, igualmente, la costumbre de vender por internet continuó en personas que actúan como empresarios hechos y derechos, adquiriendo los productos en otras ciudades, especialmente Buenos Aires, a través de depósitos y posteriores envíos en colectivos.

Y un día aparecieron las ofertas de cosas usadas

Más allá de aquellos proyectos con aires empresariales, que no solo se desarrollan con el ofrecimiento de distintos productos nuevos, sino también de servicios: desde plomeros y gasistas hasta aquellos que realizan arreglos de computadoras (esto último, abunda), las ventas “internetizadas” responden, en gran medida, a una cuestión de necesidad, pero de necesidad extrema.

Desde hace cuatros años, aumentó en forma notable la oferta de cosas usadas.

Unos pocos lo hacen solo para ganarse un “extra”, pero la mayor parte responde a la estrechez en el bolsillo, donde desde hace rato únicamente hallan pelusas…Ante la desesperación por no conseguir trabajo, mucha gente empezó a buscar qué podía vender.

Las personas bucean en el interior de cajones y placares, para ver qué ofrecer.

Y hay de todo.

Desde remeras que se vende a cifras de apenas dos dígitos, hasta camperas de cuero de más de dos mil pesos. Calzado, pantalones, pulóveres, camisas… pero también libros, cds, instrumentos musicales, vajilla, juguetes.

Por otra parte, antes solía pasar que una persona que andaba en la mala iba a una casa de empeño a dejar un reloj, un anillo o algo por el estilo, como prenda, y recibía a cambio una suma determinada de dinero, para luego, dentro del tiempo acordado, con los intereses convenidos, tratar de devolver la plata y recuperar el bien… aunque la mayoría de las veces eso no se lograba y el producto en cuestión ingresaba en una nueva cadena comercial. Hoy, ese mismo ciudadano, agobiado por la situación, suele ofrecer esas cosas valiosas en la web. Se han visto, incluso, ventas de joyas, en casos donde el valor se informa, ante consultas, por mensaje privado.

Las ofertas en tiempo de pandemia

Con la pandemia, sucedió un fenómeno extraño.

En primer término, al inicio de la cuarentena, quienes osaban seguir publicando cosas para vender solían ser cuestionados por los demás internautas, hasta con insultos, por la sola mención a la posibilidad de violar el aislamiento.

De golpe, ante el arribo del coronavirus, surgió una especie de toma de conciencia generalizada, y los pocos que escapaban a ella eran regañados con dureza, al extremo de que tenían que dejar de ofrecer sus productos.

Pero, a los dos meses, cuando ya todo se demoraba más de lo esperado, y la falta de trabajo agobiaba, poco a poco, las publicaciones se reanudaron.
Se apreció, por ejemplo, una gran cantidad de oferta gastronómica… Era una especie de gran delivery virtual.
También resurgió la modalidad del trueque, que parecía algo solo vinculado a aquellos aciagos comienzos del siglo actual. Lo de ofrecer una cosa a cambio de otra se volvió a instaurar, pero esta vez a través de la computadora.

Una curiosidad fue el incremento de consultas por libros y cds… Se buscaba, obviamente, un modo de pasar, de la mejor manera, el encierro.
Y, lentamente, también volvió a florecer la venta de indumentaria.
Con la apertura de las últimas semanas, la propuesta comercial virtual ha retomado su camino habitual, e incluso se aprecia un aumento.

El lado oscuro: Los riesgos de la compra-venta no son pocos

Los inconvenientes que plantea la venta virtual van mucho más allá de la falta de regulación, que se relaciona, sobre todo, a cierta ventaja frente a los comercios establecidos legalmente. Porque, en ese caso, ante la coyuntura económica, los defensores de la comercialización informal dirán: “Es la única manera que tenemos de poder vivir”. Y es probable que estén en lo cierto.

Pero hay problemáticas que no se pueden obviar.

Salvo en casos donde el comprador conoce de antemano al vendedor, y a la inversa, la transacción siempre conlleva cierto riesgo.
Se sabe que, por más que los hechos casi no se denuncian por la vía legal, ocurren muchos robos, tanto de personas que arrebatan lo que supuestamente iban a comprar, para después darse a la fuga, como delincuentes que ofertan productos, en páginas creadas solo para atraer a las víctimas, y, al llegar a la cita, toman el dinero y salen corriendo, dejando con las manos vacías al comprador.

Además de estos robos directos, se expuso recientemente que se produjeron otros llevados a cabo mediante engaños relacionados con transferencias bancarias. Porque cuando se suben avisos de productos caros, en ocasiones los compradores son de otras ciudades, por lo que la transacción, además de un futuro envío, conlleva un depósito previo.

A algunas personas las engatusan para sacarles datos relacionados con sus cuentas, para después hacer un desvío de dinero, y quien supuestamente iba a vender un producto se queda con una pérdida monetaria importante.

Por otra parte, también pasa a la inversa. Que alguien, de buena fe, deposita la cifra pedida y lo comprado nunca le llega.
Asimismo, los grupos de venta pueden ser utilizados por ladrones que intentan comercializar, por ese medio, los botines de sus delitos previos. En ese sentido, es normal que las víctimas suelan difundir en las redes avisos donde solicitan que, si ven que se oferta determinada cosa, lo notifiquen, ya que se trata de un elemento robado.

Y, en el colmo del atrevimiento, si se habla de actos delictivos encadenados, basta mencionar que, en Bariloche, hubo gente que ocupaba ilegalmente terrenos, para lotearlos y luego ofrecerlos a la venta por internet, como si se tratara de una inmobiliaria virtual.

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