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Cortázar y el salvajismo racional del pugilato

El boxeo y su encantamiento.

Quizá sea por ese carácter casi primitivo del asunto.

Un hombre contra otro arriba de un cuadrilátero.

Cada cual con su propia alma, nada más; ya lo dijo Oscar “Ringo” Bonavena… eso de que, una vez ahí, te sacan hasta el banquito.

Está el árbitro, es cierto. Pero, dadas ciertas intromisiones innecesarias o parciales a favor de alguna de las esquinas, la verdad es que, en ocasiones, dan ganas de que no estuviera… Si no que le pregunten a Luis Ángel Firpo, que tuvo que sufrir que el juez diera la cuenta más lenta de la historia para salvar a Jack Dempsey de la derrota tras haber caído del ring…

Lo que siguió es historia conocida, el estadounidense logro subir y, tras aquel paso en falso del primer round, en el segundo ganó por nocaut. 

Fue el 14 de septiembre de 1923, y, a pesar de la derrota, fue tanta la valía del Toro Salvaje de las Pampas, quien había peleado con el brazo izquierdo lesionado (algunos aseguran que quebrado), que, cada año, cuando llega esa jornada en el noveno mes del calendario, se festeja el Día del Boxeador.

Pero volvamos a este derrotero sobre el pugilato.

Lo que importa, cuando suena la campana, es el uno contra el otro, ahí nomás, en ese cuadradito encordado.

Algunos harán gala de su potencia, otros de la habilidad de piernas, el concepto del ataque y la belleza de la defensa.

Tal vez esa cualidad de salvajismo racional del boxeo es lo que hace que encante a personas provenientes de los más distintos extractos sociales, así como también impulse a que otras lo detesten y no comprendan la calidad hipnotizadora que posee para muchos.

Entre los que caían rendidos ante “El noble arte” estaba Julio Cortázar, que, justamente, así tituló un texto incluido en su libro La vuelta al día en ochenta mundos, donde recuerda cómo lo había impactado, en la niñez, escuchar el combate de Firpo contra Dempsey.

“Yo tenía nueve años, vivía en el pueblo de Banfield, y mi familia era la única del barrio que lucía una radio caracterizada por una antena exterior realmente inmensa, cuyo cable remataba en un receptor del tamaño de una cajita de cigarros pero en el que sobresalían brillantemente la piedra de galena y mi tío, encargado de ponerse los auriculares para sintonizar con gran trabajo la emisora bonaerense que retransmitía la pelea.”

Así es como Cortázar desenmaraña recuerdos de años añejos, en el impase de su creación de cronopios y rayuelas, con lenguaje argentino, desde Francia para el mundo.

“Yo entonces no podía comprenderlo, pero esa noche en el Polo Grounds se enfrentaron el más grande de los campeones que haya dado el peso máximo con una especie de pared de ladrillos dotada de un lento movimiento hacia adelante que hasta ese momento había barrido con todos sus contendientes.”

Para los no empapados en el tema, cuenta que esa “pared de ladrillos” logró despedir al estadounidense del cuadrilátero en el primer round.

Cortázar apunta que “lo tiró sobre las máquinas de escribir de los reporteros” y, entre paréntesis, aclara: “Sí, joven amigo, en ese entonces se llevaban las maquinitas al ringside”.

Y, en medio del juego literario, menciona al poeta Bosie Douglas (amante de Oscar Wilde), cuyo padre, el marqués de Queensberry, estableció las reglas del boxeo moderno, donde, por ejemplo, figura que un boxeador que traspasó las cuerdas debe volver por su propia cuenta al ring. “En cambio treinta manos levantaron a Dempsey que estaba ‘groggy’ y lo devolvieron cariñosamente a la lona donde la campanilla lo salvó porque esa noche el buen Dios estaba con la star spangled banner por donde se lo mirara”, relata el escritor.

Tras lo que siguió, es decir la derrota del argentino en el segundo asalto, el gran Julio menciona a “quince millones de argentinos retorciéndose en diversas posturas y pidiendo entre otras cosas la ruptura de relaciones, la declaración de guerra y el incendio de la embajada de los Estados Unidos”.

“Fue nuestra noche triste; yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria”, rememora a su estilo.

Hubo muchos momentos en que el Cronopio mayor empapó de boxeo a su pluma (o, en realidad, a su Olivetti Lettera 22), y no sólo para sus libros, sino incluso, en cierta ocasión realizó un comentario para El Gráfico, tras ver la pelea de Miguel Ángel Castellini contra el estadounidense Doc Holliday.

Lo dicho, quizá sea el salvajismo racional de un asunto primitivo que perdura en el tiempo, un brillo indescriptible en el que, si se saca a los jueces, árbitros, managers y todo el etcétera que lo rodea, se puede apreciar la nobleza del arte.

Ahí arriba, entre las cuerdas, uno contra uno… sin siquiera el banquito en el rincón. 

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