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Daniel Welschinger, eterno diamante de agua

Dicen que el siete es un número mágico.

Los motivos son muchos y van desde lo religioso hasta lo más terrenal.

Si hasta aquel que, frente al paño de la ruleta, con una ficha en la mano –la última–, sueña con torcerle el brazo al destino suele arrojar su esperanza al siete colorado.

“Reflexiones de un hombre herido” fue mi séptimo libro.

Es una obra que quiero mucho.

Por un lado, era la primera vez que jugaba a ser poeta.

Además, las prosas poéticas que la integran nacieron a partir de fotografías tomadas por mi esposa, que sirvieron como “lienzos” inspiradores.

Para que el círculo fuera perfecto, dedicamos el libro a nuestro hijo.

A todo eso se añade que un poeta de renombre –y gran persona– escribió un prólogo hermoso: Carlos Marzal (Premio Nacional de Poesía en España).

Pero para que ese séptimo libro viera la luz y no quedara en el ostracismo de un cajón, a dormir un sueño eterno, hizo falta un editor.

La verdad es que no sé bien por qué, un día se me ocurrió llamar a Daniel Welschinger, por aquel entonces al frente del Fondo Editorial Rionegrino.

Lo había visto sólo un par de veces en mi vida, y bastante tiempo antes.

Me quedó una buena impresión, pero distaba de tener una relación profunda.

Repito, había intercambiado sólo unas pocas palabras con él.

Su sí fue rotundo; sus comentarios, elogiosos al extremo.

Lo sentí un caballero, de los que no abundaban –ni abundan–.

Creo no equivocarme si digo que la confianza fue mutua.

Es más, firmé el contrato de edición cuando el libro ya estaba publicado.

Ambos confiamos en nuestras respectivas palabras; no hicieron falta formalidades para fiarnos.

A veces sucede: se encuentra a alguien y se lo ve transparente.

Nos quedó pendiente una presentación, porque queríamos estar juntos a la hora de la botadura literaria.

Aunque, como teníamos pensado sacar otro libro, soñamos con una reunión donde habláramos de ambas obras.

Aquel otro texto ya estaba listo para salir, pero llegó el cambio de gestión y… bueno… allí quedó, en el deseo.

Daniel murió.

Me cuesta creerlo.

Una de las “Reflexiones de un hombre herido” apunta a la sensación que me invade en estos momentos. En tu honor, Daniel, eterno diamante de agua: 

Así como la maldad puede aparecer en forma repentina, a través de la persona menos pensada, también es cierto que entre el roquedal brillan diamantes de agua, seres puros sin proponérselo, que están allí para tenderte una mano en el momento justo y, así, evitar que te trague el precipicio.

No se hacen notar, su luz sólo refulge cuando los necesitas.

Tal vez no los hayas visto antes.

Quizá, luego de su auxilio preciso, no los vuelvas a ver.

Pero son ellos a quienes recordarás en noches de cielos lejanos y estrellas cercanas, cuando tu alma se sienta en congruencia con la eternidad y tu cabeza descanse plácida sobre la almohada –ese instante en que el sueño te avise que pronto te envolverá con su cualidad narcótica, aunque aún te permita ser dueño de tu pensamiento–. Será entonces cuando los buscarás en tu mente para que sean los custodios de tu ermita íntima y, a la vez, figuras a venerar.

 

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