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Déficit energético: carencia de política y gestión

Antes de empezar a hablar del déficit energético que enfrenta la Argentina, sería conveniente recordar que el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, dijo en abril de 2020 que “en este contexto Vaca Muerta tendrá que esperar”.

La sistemática procrastinación del vamos viendo, la ideología panfletaria sin acción y el pensar que los problemas se resolverán por sí solos por el mero paso del tiempo, nos pone en las vísperas de cortes de suministro de gas para este invierno.

Gabriela Cerrutti, portavoz del presidente de la Nación, Alberto Fernández, concluyó que no va a haber faltante de gas, como por definición o iluminación: “El Gobierno puede garantizar que no va a faltar gas en invierno”, advirtió. A pesar que sus propios funcionarios del área energética ofrecen un esquema de racionalización autorregulado, porque “está clarísimo que reducir la demanda resulta inevitable“, mientras anticipan a los industriales que cuiden la energía y que busquen combustibles sustitutos al gas natural.

Tampoco es que nos imaginamos en nuestra cultura que ocurra como en otros países donde las propias familias ofrecen el sacrificio de recorte puesto que pueden lograr sustitutos a los servicios energéticos de red, pretendiendo así cuidar la industria que entienden como generadora de riqueza.

Abundó la vocera presidencial: “Estamos buscando precios razonables del gas que no sean los internacionales” (sic). Soñamos que va a haber empresas cuyos gobiernos por solidaridad con nuestro sufrido país ¿nos ofrecerían “precios cuidados” del LNG internacional (gas natural licuefaccionado)?

En cambio, tenemos un contrato firmado con Bolivia que no se está cumpliendo. Hay un DOP (“Delivery or Pay”, “entregue o pague”) con precios y volúmenes que nuestro país no está exigiendo. Y la renegociación encabezada por el gobierno consistiría en que nos manden menos del volumen comprometido ofreciendo un mayor precio. Inentendible.

Una muestra más del catálogo de las continuas contradicciones, distorsiones, indecisiones, indefiniciones, riñas internas, recambio de referentes, excusas o echarle la culpa a algo o a alguien.

La ausencia de una consistente política energética y la ilusoria capacidad de gestión es el comprobado déficit de nuestro sector energético.

La reciente guerra en Ucrania podría haber sido una bendición desde el punto de vista económico como ocurrió en otros conflictos internacionales y hoy en el sector agroindustrial. Sin embargo, la necesidad de importar energía pasó a ser una pesadilla que vino a agravar la situación preexistente.

La vulgaridad e irresponsabilidad en el manejo de los subsidios que se han acrecentado exponencialmente por los excesivos consumos residenciales debido a la ausencia de señales de valor y escasez en las tarifas retrasadas, y que han pretendiendo disfrazarlo de crecimiento, implican erogaciones de dólares para la importación de combustibles en este invierno que no disponemos.

El apresurado inicio de un proyecto de gasoducto para ampliar la archiconocida restricción de transporte de gas natural desde Vaca Muerta, presentado hace más de 3 años por la administración anterior, aparece como la única opción a mano para sacudir la modorra y la desesperación ante los eventuales cortes que se avecinan si no se intensifican las lluvias en nuestras cuencas y no somos bendecidos con un invierno benigno.

La actividad petrogasífera requiere de una política previsible, al menos a mediano plazo, para alentar las inversiones de envergadura y de activos “hundidos”. Un proyecto de promoción de inversiones hidrocarburífera y proclamado hace 2 años por el primer mandatario sigue dando vueltas dentro de las oscuras esferas del oficialismo.

Han conseguido que la industria del oil& gas se contente con limitar su pretensión a un 20% de libre disponibilidad del crudo y el gas que producen y sus divisas asociadas, y que no aumenten las retenciones se muestre cómo un éxito. Acostumbradas a estos desmanejos y prepotencias, que les arrebaten sólo el 80% les parece un alivio y una salvación.

Vaca Muerta ha demostrado su enorme potencial y productividad. Una oportunidad que se nos sigue escapando y postergando por la exigua gestión y coordinaciones inexistentes o contradictorias. El Gobierno debería trazar en materia energética una política de Estado estratégica que piense en el futuro y no sólo en la inmediatez de la coyuntura, dejando de lado las mezquindades partidarias y continuando con el desarrollo de todo el potencial energético y exportador de nuestro país que comenzó la administración anterior. El consenso en este sentido es amplio. Ahora, hay que dejar el discurso y pasar a la acción.

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