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Desde adentro: dos días en la mansión de Ricardo Fort en Mar del Plata, en el verano en que estalló el fenómeno

Ricardo Fort, en su mansión de La Feliz y ante sus Rolls Royce

“¡Vengan, chicos! No se queden ahí. Pasen, compartan un momento”.

La voz carrasposa, que casi contradecía la invitación amena, se escuchó desde el quincho. La penumbra ofrecía un alivio al sol marplatense de la primera hora de la tarde, y ese hombre de edad indefinida disponía las piernas sobre la mesa, mientras descansaba el torso en el respaldo de la silla inclinada. En poder de cualquier mortal, su enorme cuchillo de defensa personal demandaría dos manos para poder ser maniobrado. En cambio, a Daniel Díaz León -o más bien, Dani La Muerte– le alcanzaba con una sola: con la otra sostenía la manzana cuya cáscara iba quitando con desdén, con el filo de una hoja exagerado para ese menester.

Las facciones cinceladas como con un hacha, la mirada sombría de quien observó más de lo aconsejado, sus anécdotas con Madonna y los Rolling Stone para amenizar la espera, la sonrisa dispuesta, sus compañeros escuchándolo con dedicación: el custodio se sentía como en casa. Hasta que la aparición de su jefe interrumpiría sus palabras. No hubo orden alguna, no fue requerido el silencio de La Muerte ni del resto de los guardaespaldas. Por entonces, lejos de la fragilidad que exhibiría unos años más tarde, la figura de Ricardo Fort se imponía.

A fines de 2009 uno de los herederos de la fábrica de chocolates Felfort había logrado el sueño de muchos, a la mayoría negado: la fama. Y la populosa Mar del Plata -donde todo un país converge cada año- era el destino apropiado para saborear la gloria mediática recién estrenada, con aquel subcampeonato en El Musical de tus Sueños cedido a manos de Sivina Escudero. Apenas unos días antes de aquel encuentro para un reportaje en la mansión alquilada en el exclusivo Barrio Los Troncos, Fort demoraría casi una hora en cubrir los 50 metros que separaba el estacionamiento del parador de su propia playa, Fortbeach, más allá de la rotonda del faro. Perdido entre la multitud de veraneantes, se tomaría su tiempo para sacarse una y mil fotos. Repartiría besos, aceptaría abrazos. Sería feliz. “Quiero traer Ibiza a Mar del Plata -se había entusiasmado-, y que la gente venga a tomar sol pero también se prenda en un after, tome unos tragos, baile”.

Ricardo Fort en su parador (Foto: Télam)
Ricardo Fort en su parador (Foto: Télam)

Aquella calurosa tarde de enero en Los Troncos también había cholulos, pero estaban fuera de alcance, al otro lado del portón gris del caserón de Alsina y Saavedra. Se escuchaba algún grito eufórico desde la vereda y el bocinazo de un auto a modo de reconocimiento mientras Ricardo -pies descalzos, bermudas amplios, tatuajes en evidencia- caminaba por el parque al encuentro del periodista y el fotógrafo, ante el silencio recién inaugurado de sus custodios. Saludo respetuoso pero distante de quien manejaba una cortesía tan apropiada como escueta. Se lo intuía perdido, sin prestarle atención a la conversación de rigor, acorde a romper el hielo para el reportaje en ciernes. Sus pensamientos iban en otra dirección: solo le preocupaban las fotos.

En uno de los múltiples compromisos de prensa que adquiría por jornada, la promesa de ser portada de la revista de actualidad incluía una producción de fotos con Virginia Gallardo en la misma pileta -de amplias dimensiones- en la que ahora jugaban los pequeños Marta y Felipe, de seis, siete años, cerca de su niñera, Marisa López. Uno, dos, tres disparos de la cámara: Ricardo estaba de mal humor. Que la luz, que el plano, que la pose, que la ropa… Algo no iba bien y era imposible comprender qué. Exigió un cambio de vestuario, reprochó los segundos que tardaron en alcanzarle otro pantalón corto. Y ni siquiera era el que quería, según se encargó de aclarar. Fue Virginia quien, con una sonrisa dispuesta y palabras cariñosas, lo serenó. En ella confiaba. Allí había amor. ¿De qué tipo? ¿Es que acaso importaba?

La producción fotográfica culminó un largo rato después. Ese día la misión del periodista había quedado reducida a sostener el disco reflector: la entrevista debió ser reprogramada para el día siguiente, Ricky ya estaba cansado. Además, el tiempo apremiaba y había que alistarse para ir a los ensayos de la obra. Fortuna, en el Teatro Diagonal y en un elenco del que también formaban parte Adriana Salgueiro, Carolina Papaleo y Gino Renni, recién se estrenaría -a sala llena- a finales de enero. Y es que Ricardo manejaba sus propios tiempos: “Venite mañana a desayunar -propuso- y hacemos la nota”. “¡Dale! Vengo a eso de las nuev…”. “¡A las 13!″. “¡Perfecto!”.

Al mediodía siguiente el sol también hacía sentir su rigor, pero el living del chalet de 800 metros cuadrados -que durante el año funcionaba como un apart hotel y el empresario abonó 60 mil dólares para alojarse un par de meses- estaba casi a oscuras. A un costado, sobre dos amplias mesas se disponía un desayuno continental para una multitud. Afuera, cuales leones durmiendo al resguardo de un gazebo, los autos imponentes: dos Mercedes Benz (un 6.3 AMG y un alas de gaviota), dos Rolls Royce (un convertible y el tan mentado Phanthom, aquel que deslumbraría a Tinelli), motos Harley-Davidson.

El reportaje se desarrollaría con normalidad: Fort respondía sin reparos ni temor a pregunta alguna. Apenas si hacía un ademán con su cabeza cuando, uno a uno, los fornidos muchachos que integraban el séquito que lo acompañaba iban bajando de sus habitaciones para servirse el desayuno. Alguna saludaba a viva voz, otro pedía disculpas por interrumpir el reportaje, el siguiente pasaba en silencio; todos con el uniforme que parecía establecido a esa hora, de una única prenda: un bóxer.

Entre los gatos -como se conocía a esos jóvenes-, los custodios, algunos amigos, sus hijos y la niñera, su pareja, los asistentes, unas 25 personas se alojaban junto a Fort. “Es como vivir en la casa de Gran Hermano: cada uno tiene su espacio y nos llevamos muy bien”, contaría Virgina Gallardo, quien dormía en una habitación aparte. Con la niñera y la jefa de prensa, Ayelén Fernández, eran las únicas tres mujeres en el lugar.

Ricardo Fort y Virginia Gallardo
Ricardo Fort y Virginia Gallardo

Unos 50 minutos después, la entrevista mano a mano con Fort concluyó.

—Bueno Ricardo, muchas gracias por…

—No, no, pará. Me gustó la charla. ¡Sigamos!

—Bueno. Pero entonces te pregunto lo que yo te quiero preguntar, no lo que le importa a la revista.

—¡Preguntá todo lo que vos quieras!

—¡Dale! Enciendo el grabador, Ricardo.

—Preguntá todo lo que vos quieras… —agregó, y sujetando la mano que iba a pulsar Rec, miró con firmeza— menos… menos si soy gay. ¡Cómo me joden con eso! ¿Viste la tapa que me metieron el otro día, hablando de mi sexualidad? ¿Con qué necesidad? ¡Qué carajo les importa! Dale, ahora sí: sigamos.

La nota se publicaría unos días después. Sería una de las tantas que Ricardo concedería ese verano de 2010 a revistas, diarios, programas de televisión, ciclos de radio. Su Mansión Fort -como la había rebautizado- mantendría sus puertas abiertas durante toda la temporada para integrantes de la farándula, en especial después de la medianoche, con sendas fiestas que lo tenían como anfitrión y protagonista exclusivo.

Por aquel entonces Ricardo Fort solo era un personaje pintoresco. Después vendría la alta exposición, las peleas mediáticas, sus musicales, la silla en el jurado de ShowMatch, el suceso de Tito Speranza, nuevas parejas, más derroches, el anuncio de su orientación sexual, un joven novio. Y también el dolor, el martirio de su espalda, su rodilla endeble, los enojos, la morfina. Y la muerte, el 25 de noviembre de 2013. Y un nacimiento cuya fecha no está del todo clara: en algún momento se convirtió en El Comandante. En una leyenda. Sin embargo, ya lo era en aquella mansión marplatense, en ese verano de 2010. Aunque ante el deslumbramiento de su excentricidad, por esos días nadie lo notaría.

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Ricardo Fort

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