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Desventuras de un francés por la Línea Sur

Claro que hacia 1896, todavía no se conocía a la zona con esa denominación. Todavía era posible cazar choiques, pero los capitales ingleses ya se habían hecho de grandes extensiones de tierra.

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El 15 de octubre de 1896, la comitiva que lideraba Henry de la Vaulx acentuó su rumbo hacia el sur, con el ánimo de arribar a Maquinchao. El francés cobró cierta celebridad en los últimos años, ya que fue quien saqueó el enterratorio del “gigante” Sacamata, cuya recuperación por parte de sus descendientes motivó alguna disputa diplomática entre la Argentina y Francia. Es la trama que narra la película “Gigantes”, de la realizadora barilochense Natalia Cano. Pero obviamente, para cometer sus tropelías en Chubut, el conde primero tuvo que pasar por la actual jurisdicción rionegrina.

Tres días después de esa jornada, el grupo dio con el trazado actual de la Ruta Nacional 23, pero su desplazamiento no tuvo nada de plácido, a juzgar por las permanentes quejas que dejó en su diario de viaje. “Salimos para Casa de Piedra. No contaré las peripecias y las fatigas de este tramo. ¿Acaso varias veces no tuvimos que descargar todo el carro, cargar las cajas al hombro, y enganchar hasta quince animales a nuestro carro vacío? Por fin el 18 llegamos a Casa de Piedra, (llamado así por las ruinas de una casa de piedras, primer establecimiento de los ingleses en estos parajes) -el paréntesis está en el original- y ahí encontramos una ruta que va desde el lago Nahuel Huapi a Maquinchao”.

Claro que De la Vaulx no viajaba solo. “A la tarde mis gauchos salen de Casa de Piedra, por la ruta hacia Maquinchao, mientras yo salgo a cazar en la pampa con mis perros. Espanto a un avestruz macho que estaba incubando los huevos de sus hembras. Los perros emprenden la persecución y yo, en el apuro -ávido por querer agarrar a la vez los huevos y el avestruz- me saco el saco y el sombrero y los tiro sobre el nido para encontrarlo luego fácilmente, y me lanzo tras el ave deseada”.

Aquel intento de señalización fue un error, porque “la presa de caza se fue lejos y por más que galopo en todos los sentidos no alcanzo a ver nada. Desanimado, vuelvo, aunque sea a buscar los huevos, pero en la inmensa pampa monótona ni siquiera encuentro el nido, ni mi ropa, y eso me pone de mal humor sobre todo porque en los bolsillos del saco había dejado el reloj y mi brújula prismática”.

Pero el conde tuvo un momento de lucidez que le permitió zafar. “Desarmado, empiezo a caminar para hacer el camino inverso de todo el recorrido desde el nido siguiendo las huellas del caballo. Hago bien, pues en seguida encuentro mis cosas y los huevos, que coloco en una bolsa de tela que cuelga de la montura. Mientras tanto, los perros regresan, ensangrentados, ladrando por la pampa. Se ve que atraparon el avestruz, pero, ¿dónde lo dejaron?”

Los sucesos que leemos en cuestión de unos pocos minutos, se llevaron en tiempo real la mayoría de la jornada y De la Vaulx no quiso correr más desventuras. “Vuelvo a montar y exploro en vano las inmediaciones. Se hace tarde y el caballo está cansado; además se levanta ese viento frío típico de la zona, el pampero, y sería verdaderamente desagradable tener que pasar la noche, solo y sin abrigo, con esta brisa helada”. Claro está, llamar así al viento patagónico, a mil kilómetros de la Pampa, fue ocurrencia del europeo.

El galo procuró aquietar sus ánimos con un tentempié demasiado frugal. “Me sereno un poco comiendo un huevo de avestruz crudo, retomo el camino con mi caballo, pero está rendido y no puede andar más que al paso. Esto hace que recién pueda encontrar al carro a las 8 de la noche”. Sin embargo, ni siquiera entonces pudo descansar el ilustre visitante. Se ve que los baqueanos que traía, no eran tan baqueanos.

En efecto, “el gaucho que conduce la tropilla -en vez de dar la vuelta- cruzó directamente un arroyo que hacía una curva en ese lugar. El gaucho que conducía el carro no pudo entonces dominar el tiro y las mulas querían seguir a la tropilla a toda costa. Así fue como el carro se encajó en el arroyo hundiéndose hasta la carrocería”. Para desencajarlo, De la Vaulx y sus hombres tuvieron que vaciarlo.

Recién pudieron zafar gracias al esfuerzo de seis animales, pero que el inconveniente se repitiera 500 metros más adelante, permite concluir que la aridez que concebimos como característica de la Línea Sur, no siempre estuvo ahí. Noble y gauchos replicaron la maniobra de descarga, remolque y carga, para llegar a la escala por la “nochecita”. El francés describió a Maquinchao como “gran extensión de tierras pertenecientes a una compañía inglesa”. Ya por entonces…

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