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El Alto de Bariloche, la zona más castigada por la pandemia y la crisis

Buscó, nerviosa, un barbijo apenas abrió la puerta. Revisó en la habitación y no lo halló. Se disculpó mientras continuaba la búsqueda y recién cuando su pareja, Carlos, le acercó uno que le cubrió gran parte del rostro, Lidia Meliqueo se sentó a la mesa. 

Su casa, ubicada en la calle Dos Islas del barrio Nahuel Hue, es muy sencilla. El frío de las intensas heladas de estos días de invierno se filtra por las paredes de madera. Más aún, cuando la leña escasea y hay que cuidarla.  

Lidia le cuenta a RÍO NEGRO que la cuarentena obligatoria la hizo sufrir las primeras semanas, junto a su familia. Fue cuando comenzó a faltar la comida. Pero dice que también le dio una oportunidad, porque le abrió una puerta. “Me dio la posibilidad de trabajar”, destaca. 

Relata que por esos días su actitud era de quejarse porque las cosas no resultaban. Fue difícil. Es que de un día para el otro ella y su pareja se encontraron sin ningún ingreso y obligados a encerrarse. 

Lidia Meliqueo y carlos Álvarez ahora venden pan en el barrio para hacerse unos ingresos ante la crisis que genera la pandemia. Foto: Alfredo Leiva

Carlos Álvarez se ganaba la vida como fotógrafo en el centro de Bariloche, acompañado de su perra Quimey, una San Bernardo amigable e inquieta que corre por el patio. Pero la última foto que hizo fue a principios de marzo pasado. Dice que, casualmente, a una pareja de chinos o japoneses. “No lo sé porque solo me comuniqué con señas”, explica. Desde entonces no pudo volver a trabajar. 

El coronavirus no distingue de clases sociales. En cambio, la cuarentena obligatoria profundiza las diferencias. En los barrios de la Pampa de Huenuleo viven casi a 50.000 personas en una ciudad como Bariloche que ronda una población de 140.000 habitantes. Allí, miles de familias conviven con el temor a contagiarse y la angustia de la falta de ingresos. 

“Esta pandemia, más allá del miedo, sirvió para que la pobreza se reflejara”, sostiene Lidia. “Por fin alguien provocó que se reflejaran cosas que nunca se iban a reflejar”, insiste. 

Carlos la escucha. Reconoce que a él lo atemoriza el coronavirus. Pero la falta de trabajo le quita el sueño. “Siempre hice unos pesos aunque sea para el puchero del día”, afirma. Las changas escasean por estos días y todo se pone cuesta arriba. Pero Lidia tiene una voluntad sorprendente. 

“Otra cosa que me enseñó esto (por la pandemia) es a no mirar mi ego, hay otras personas peor que yo y me alegra mucho que alguien las pueda ayudar”, afirma, mientras su hija, Anita, hurga, con curiosidad, en un celular. 

Rememora los duros días de marzo y abril pasado. “Veía que se me acababa la comida, que no tenía qué darle de comer a mi nena y publiqué en mi estado de WhatsApp que estaba mal”, relata. Una amiga vio el mensaje. Fue la primera puerta que se abrió. “Yo te voy a ayudar”, le escribió la mujer. 

Después, un grupo de mujeres de una iglesia evangélica la asistió con algo de mercadería. Pero Lidia valora, sobre todo, el mensaje que le dieron. “Animáte a hacer lo que hacés bien, me dijeron”, cuenta Lidia. “Y después hicieron una oración por mis manos”, relata, emocionada. Sus ojos marrones, que el barbijo no cubre, se ponen brillosos, y con dificultad contienen las lágrimas. Se disculpa, con humildad, por emocionarse. 

A partir de ese momento, asevera que comenzó a elaborar pan que vende en el barrio todas las mañanas. Su pareja colabora. “Hay que ver el lado positivo a esta pandemia, porque fue una oportunidad de trabajar”, asegura. 

Dice que la solidaridad se convirtió en un puntal que contiene a muchas familias en Nahuel Hue. 

Lidia y su pareja destacan el esfuerzo que hace Beatriz Curruhuinca que sostiene, con la colaboración de muchas personas, un merendero donde comen 160 personas por semana. 

“Yo le agradezco a esta pandemia que se me abrieron oportunidades”, enfatiza Lidia. Su voluntad sorprende. “Al justo siempre le irá bien”, destaca. 

A pocas cuadras, Alize Espinosa se lamenta que ya no tiene fuerza en sus brazos para trabajar. Una artrosis lo afecta desde hace varias semanas. Añora aquellos años cuando levantaba viviendas de las que se sentía orgulloso. “Está muy difícil, ahorita, señor”, afirma el hombre, que lleva muchos años radicado en el país, pero conserva el acento característico de su tierra natal. 

Alize Espinosa es constructor pero además de la cuarentena le afecta una artrosis en sus manos que recrudece los problemas. Foto: Alfredo Leiva

“Quiero trabajar, pero no puedo”, se lamenta. Su casa de paredes de cemento está helada. La leña hay que cuidarla más que nunca porque dependen de la solidaridad de algún vecino que corte los troncos. 

Su esposa, Sixta Vega, dice que desde que empezó la cuarentena no sale de su casa. Tampoco puede trabajar. Se sostienen con la solidaridad y los módulos alimentarios y la leña que reciben del municipio. Los barbijos no pueden ocultar la tristeza. 

En la calle Lukman, Susana Vergara extraña aquello días previos a la pandemia cuando no paraba de trabajar. “El IFE es una ayudita, pero se me están juntando las boletas de los servicios”, comenta, preocupada. 

Su hijo que vive en la parte posterior del terreno le ayuda. Fue el que le dio una mano para hacer la mitad del piso de cemento de su casa pequeña. La otra mitad se hará cuando consiga dos bolsas de cemento, porque el ripio ya lo tiene en la entrada del lote. 

Susana Vergara está preocupada por su hijo adolescente al que le afecta de manera especial la cuarentena. Foto: Alfredo Leiva

Susana está intranquila porque dice que su hijo de 16 años no hay forma que duerma por las noches. Y le cuesta concentrarse para hacer la tarea. Advierte que la cuarentena lo afectó. No es el único. A los jóvenes les ha costado más mantener las medidas preventivas, opina la mujer. 

Quiere volver a tejer como lo hacía años atrás. Dice que con ese trabajo podría generar un ingreso. Pero su máquina está rota y no tiene dinero para arreglarla. Sabe que debe seguir luchando. 

Su amiga Sandra Torres vive sola con su esposo, que sufrió hace varios meses un ACV. Las dos mujeres se dan aliento, se contienen. También se ayudan. 

Reconocen que el coronavirus es una preocupación constante. Sobre todo estos días, cuando escuchan que hay vecinos que están contagiados. Pero no pierden la fe. Están convencidas de que la pandemia en algún momento pasará. 


El cansancio y los descuidos


“La impresión es que la gente viene cansada del aislamiento y un poco empezó a aflojar”, opinó la licenciada Natalia Criado, que está al frente del centro de salud Ojos de Agua, que cubre un área donde viven unas 20.000 personas, en los barrios Nahuel Hue, Nuestras Malvinas, Cooperativa 258, El Maitén, Omega, entre otros. 

Dijo que ese agotamiento que se percibe “hace que la gente se empiece a descuidar y empiezan a juntarse entre familiares y amigos”. Por ese motivo, volvieron a impulsar “el mensaje de cuidarse, de volver a prestar atención”. 

En los hogares de los barrios de la Pampa de Huenuleo la preocupación está centrada en la economía y la falta de ingresos para comer. Foto: Alfredo Leiva

Comentó que desde el centro de salud hacen el seguimiento de algunas familias que se encuentran aisladas por ser contactos estrechos de casos positivos en el sector. “Hay que reforzar las medidas preventivas para que se amesete la curva de contagios”, aseguró Criado. 

La especialista indicó que semanas atrás había consultas por dolor de garganta, pero estos días hubo más derivaciones de personas a los consultorios respiratorios del hospital Ramón Carrillo para que les hagan los hisopados por la sospecha de que se hayan contraído el virus. 

“La situación es compleja desde lo económico”, aseguró. Es que se cortaron las changas y miles de personas se quedaron sin empleo por la parálisis total del turismo. “Está habiendo mucha dificultad alimentaria”, observó. Dijo que los módulos alimentarios que el municipio o la provincia entregan no le ayudan mucho a las personas que enfrentan enfermedades crónicas como diabetes o hipertensión. A ello se suma que los niños no concurren a clases, donde comían habitualmente además de estudiar. Sostuvo que hay familias que no pueden hacer dos comidas diarias. “Hay poca red en este momento para contener”, manifestó. El centro de salud es la única institución abierta en el barrio Nahuel Hue, aunque no están funcionando con turnos. 

Destacó el trabajo de Red Solidaria “porque nos ayudó a conseguir medicamentos que no conseguíamos y pañales”. 

Criado contó que a los adolescentes les está costando mucho la cuarentena. “Hay muchos cuadros de ansiedad, angustia, problemas para dormir”, aseveró. También, dijo que ahora notan la afluencia de personas que no eran usuarias del centro de salud. 

“Estamos viendo que hace un mes aproxidamente tenemos muchos más casos positivos en los barrios del sur de la ciudad”, advirtió el médico Felipe De Rosas, que dirige el centro de salud del barrio El Frutillar. 

“Hay familias enteras en aislamiento porque tienen parientes internados por covid”, informó. Dijo que se observa que hay más movimiento de personas en las calles porque necesitan salir a trabajar para sostener sus familias y por el cansancio de la cuarentena. “Pero no están tomando en cuenta todas las recomendaciones. No sabemos si por cansancio o fallas en la comunicación”, admitió. 

Dijo que estos días están derivando 1 o 2 pacientes a los consultorios respiratorios del hospital local para que se hagan los testeos. 

De Rosas conto que hay pacientes que demoran en acudir al centro de salud a pesar de que manifestaron síntomas por temor. Eso provoca el riesgo de que contagie a todo el grupo familiar. 

Por eso, recomendó a las personas que presenten sintomatología compatible con la covid-19 consultar lo más rápido posible. 

Dijo que reorganizaron la forma de trabajo para poder brindar prestaciones esenciales en el centro de salud como control de embarazadas y de pacientes crónicos y aplicar las vacunas. 

De Rosas aseveró que desde el centro de salud hacen el seguimiento de varias familias aisladas y tienen que atender urgencias en los domicilios. Contó que les ha tocado asistir a un domicilio para aplicar inyección anticonceptiva a una mujer aislada o para calmar una urgencia por un dolor de muela. El centro de salud cubre un área donde viven unas 10.000 personas. 

El médico planteó que estas semanas de pandemia atendieron muchas personas que perdieron su trabajo y se quedaron sin obra social. A ese problema se suma el tema de los alquileres que muchas familias no pueden pagar. “La situación social venía difícil, pero ahora con la pandemia se puso más compleja”, resumió De Rosas. 

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