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El Cementerio Central neuquino, en el ejido urbano

En los primeros años del siglo XX, la capital neuquina fue ideada, trazada, delineada sus calles, diagonales, avenidas, canales de desagües, plazas, etc. El cementerio ocupó un lugar importante dentro del ejido urbano neuquino.

En esa época, don Eduardo Talero escribió una de sus obras: Voz del Desierto, en la que, en el capítulo titulado Hombres y Escuadras, describió la gigantesca tarea del trazado y bosquejo de nuestra ciudad. Nos interesa extraer solo una parte:

“Apenas año y medio ha transcurrido desde el día aquel en que encontré a Carlos Bouquet Roldán bajo su carpa…

-Aquí no se puede vivir. Usted ha olvidado algo indispensable…

-¿Y es…

-¡El cementerio!

-En primer lugar -dijo Bouquet-, aquí no admito moribundos; en segundo lugar, si alguien cometiera el adefesio de morirse su ubicación está prevista.

-¿Dónde?

-Allá arriba: allá lejos; sobre aquella colina. Hemos resuelto que los que aquí se mueran suban a la tumba. Así quedamos bien: nosotros junto al agua, y ellos cerca del sol.”. Estaba su carpa en el lugar en que hoy está emplazado el Monumento al Gral. San Martín.

Este relato nos señala un entorno que los que nacimos en esta ciudad no podemos olvidar: en las décadas del 60, 70 el cementerio, enmarcado por las calles Córdoba al oeste, al norte por Islas Malvinas, al este por Tucumán y al sur por Talero, estaba lejos del centro de la ciudad, rodeado de bardas, de piedras, de yuyos, en las que vivían las más variadas especies animales y los grandes cardos rusos “que volaban por sobre nuestra cabeza”.

Una vez que Bouquet Roldán tuvo respuesta afirmativa del gobierno nacional acerca del traslado de la capital, se instaló en la mencionada carpa, desde donde impartía órdenes al gobernador interino Eduardo Talero, que seguía en Chos Malal. En un papel había dibujado las plazas, las avenidas, los parques y jardines de la ciudad; armó la ciudad en su mente, en sus sueños. Los propietarios de las tierras en la zona de la Confluencia eran Casimiro Gómez, Francisco Villa Abrile y Ramón López Lecube; pero luego del traslado de la capital, el Sr. Gómez compró las tierras de Villa Abrile y luego, en sociedad con el gobernador Bouquet Roldán, también compró las pertenecientes a López Lecube, de acuerdo con lo establecido por Ángel Edelman en la Primera Historia del Neuquén. Una familia ligada a la incipiente capital, la familia Oreja, fue una de las pioneras del Siglo XX.

Gracias al trabajo de la madera, Pedro Orejas fue uno de los “constructores de la capital” ya que realizó todo tipo de tareas, carpintería de obra -puertas y ventanas- y estructuras de techos de una ciudad que crecía de forma constante. En su domicilio de Carlos H. Rodríguez al 200 se encontraba el taller de carpintería y el galpón donde realizaba los trabajos. Además, fue dueño de la pompa fúnebre más antigua de esta capital.

En su taller se fabricaban los ataúdes y con la carroza se realizaba el traslado de los muertos al cementerio, que era guardada en la parte delantera de la carpintería. En la fotografía, proporcionada por sus descendientes, podemos apreciar esa carroza fúnebre frente a la necrópolis, a comienzos del Siglo pasado. Hoy el Cementerio ha quedado en el centro de la ciudad, donde creman, hasta dos veces por día, en cualquier horario, y el humo es blanco, gris o negro. ¿No sería la solución trasladar el crematorio a Parque Industrial o mejorar su sistema de depuración de humo, sus chimeneas? No entendemos cómo un lugar construido para el respeto y el recuerdo de nuestros seres queridos, termine inundando la ciudad con ese humo y hollín un tanto macabro, que invade el interior de los domicilios situados en sus alrededores.

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