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El cofre que atesora las palabras

El panorama que ofrece el siglo XXI al comenzar la tercera década es el de un campo de batalla. Hay una batalla literal: gran parte del mundo está participando -aunque aun de manera más o menos velada- en la guerra que se lleva a cabo en Ucrania. A esa batalla literal se le agrega, en especial en la Argentina, una batalla metafórica: la guerra por imponer en las escuelas el lenguaje artificial que inventaron los militantes de lo políticamente correcto. Este lenguaje artificial (que le suma un tercer género, el neutro, a los ya existentes en castellano) se autodenomina “inclusivo”, aunque excluye al 99.9 de los hablantes (en realidad, excluye a todos, incluso a sus promotores, ya que nadie lo habla de manera habitual ni lo usa para pensar ni nadie tampoco sueña en él).

Los militantes del lenguaje inclusivo tienen identificado como uno de sus demonios a la Real Academia Española, la RAE (pero también a todas las academias del castellano de todos los países que hablamos este idioma, ya que en todas ellas se siguen, obviamente, las mismas normas gramaticales, lingüísticas, léxicas y fonéticas del idioma en común). El odio a las academias de la lengua se basa en el absoluto desconocimiento del trabajo que estas instituciones realizan. Por prejuicio, los militantes de lo políticamente correcto (que son los que quieren imponer en las escuelas el uso del inclusivo) creen que las Academias obligan o quieren imponer algo respecto del idioma que hablamos. Nada más falso.

Las Academias del castellano (empezando por la RAE) se dedican a investigar sobre el idioma, realizar los distintos diccionarios sobre nuestra lengua -para lo cual tienen el más grande instituto lexicográfico del mundo en Madrid, en red y contacto con todos los demás que están en toda América latina- y las distintas gramáticas y manuales sobre el uso y las dudas sobre el idioma. Es una tarea científica muy calificada y tremendamente compleja.

En los últimos 300 años se han realizado 23 ediciones del diccionario general del castellano. Cada una de las cuales ha incorporado nuevas palabras (y nuevas acepciones a las palabras ya aceptadas anteriormente) y ha descartado todas aquellas que han ido cayendo en desuso.

El diccionario general (y todos los otros, así como los manuales de todo tipo sobre el idioma) son guías que ayudan a comprender el significado de las palabras de nuestro idioma (en este momento, más de 90.000) así como despejar dudas de cómo (o en qué contextos) una palabra puede ser usada o una expresión tener sentido.

Un idioma es una tradición compartida por una comunidad. No responde al capricho de ningún grupo, por poderoso que sea. El castellano además tiene la peculiaridad de ser hablado en más de 30 países como lengua principal (o única). En esos 30 países viven más de 500.000.000 de hablantes. Esto lo convierte en el idioma más hablado del planeta luego del chino mandarín -que si bien es hablado por más personas que el castellano, todas ellas viven únicamente en un solo país-. La amplia dispersión geográfica del castellano (se habla en Europa, América, Asia y África) hace que la tarea de las academias de la lengua sea especialmente valiosa ya que permite unificar las distintas modalidades culturales del idioma que ha surgido de un desarrollo histórico distinto en ámbitos tan disímiles.

Las Academias del castellano permiten que tengamos un diccionario en común que nos aclare el sentido de las muchas palabras de nuestro idioma que no conocemos. Pensemos que la mayoría de las personas adultas usan menos de 1000 palabras (de las 90.000 que componen el tesoro completo de nuestro idioma). Solo la gente muy culta usa entre 2000 a 5000 (y esta última cifra solo se da en casos excepcionales). Sin diccionarios estaríamos perdidos sobre el sentido de gran parte de nuestra lengua.

Hay un film que interpretan Mel Gibson y Sean Penn – se titula “Entre la razón y la locura”, en castellano o “The Professor and the Madman”, en inglés- que muestra el trabajo gigantesco que significó hacer el diccionario Oxford del inglés. Además de ser un film que merece verse por sí mismo, lo recomiendo porque muestra que la tarea de hacer un diccionario es de una extrema complejidad. Ni hablemos lo complejo que es escribir los manuales de gramática o trabajar en los de fonética. Sin las academias de la lengua estaríamos perdidos.

A diferencia de los militantes que batallan por imponer el lenguaje inclusivo, la tarea de las academias del idioma es investigar y ayudar a comprender mejor la lengua que realmente habla la totalidad de los hablantes del español.

Las academias del idioma no imponen nada. Nos ayudan a entendernos.

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