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El comienzo del ciclo independentista

Una vez que el pueblo se entera de lo que ha pasado el 25 de mayo, recrudecen las manifestaciones y aparecen figuras como Pancho Planes, el sobrino de Vicente López y Planes, un morenista acérrimo; curas populares como Grela, a quien llamaban “El Padre granizo” por sus tormentosas explicaciones en la Iglesia a favor de los cambios; y nombres como el de Manuel Alberti, que después va a ser vocal. Todos ellos con arengas y discursos a favor de que los cambios sean rotundos.

Un buen ejemplo es Antonio Beruti y el resto de los activistas de la revolución, que ya en el mediodía del 25 entran al Cabildo no a dialogar con el virrey ni a buscar algún tipo de consenso, sino a imponer con puñales y trabucos que el virrey tenía que irse definitivamente.

Entonces, el virrey recurre desesperado al apoyo de los sectores militares y allí es el momento en el que tienen un papel importante Martín Rodríguez, que después va a jugar más por derecha; y Florencio Terrada y otros militares jóvenes que presionan a Saavedra para decir que de ninguna manera iban a reprimir la acción popular.

En esas condiciones aparecen French y Beruti con una lista de la nueva Junta en la cual reconocen a Cornelio Saavedra, quien entra a la revolución a los empujones, pero termina siendo reconocido como presidente.

Ilustración: Osvaldo Révora

Esa lista designa a Mariano Moreno como secretario de Guerra y Político, es decir, le da dos lugares importantísimos en la Junta. Manuel Belgrano es vocal. En la Primera Junta surgen cosas que hoy sorprenden a los chicos, porque aparecen españoles liberales revolucionarios como Domingo Matheu y Juan Larrea. En realidad, españoles eran todos. Porque en ese momento, nosotros formábamos parte de España.

Una cuestión de lealtad

Hay un equívoco intencionado en el relato que siempre se hizo de la revolución, lo que explica algunas cosas raras que se cuentan en los colegios e, incluso, en las universidades: es preciso recordar que la nueva Junta jura por lealtad a Fernando VII. Más aún, la bandera española sigue flameando en el fuerte del gobierno y lo seguirá haciendo hasta 1813.

Porque hasta 1813, el objetivo de los revolucionarios es un cambio de una vida sin nada a una vida democrática, donde se ejerzan los derechos del hombre y se gocen de las libertades públicas. Pero no hay un antiespañolismo, como pretende Bartolomé Mitre, que llega a decir en la biografía de San Martín que había un odio a España de parte de los revolucionarios. No podía verlo porque, salvo Manuel Belgrano, eran casi todos hijos de españoles o españoles de nacimiento.

La música del Himno Nacional la escribe Blas Parera, un catalán. Álvarez Jonte, que es español de nacimiento, forma parte del Segundo Triunvirato.

En realidad lo que ocurre es que la guerra civil se da entre los que quieren el cambio y los que pretenden mantener las viejas injusticias.

¿Qué pasa entonces? Hasta 1813 la revolución es democrática, pero ese año Napoleón es derrotado y es obligado a liberar a Fernando VII y a reponerlo como rey de España. Pero Fernando VII da una voltereta y se juega por la derecha, restableciendo la monarquía más reaccionaria y recuperando la vigencia de la Inquisición que había sido liquidada por la Junta Central de Sevilla. Recién en ese momento España decide mandar dos flotas para reprimir a los rebeldes de América.

Los insurrectos de América se habían levantado por la libertad y la democracia en las revoluciones que empezaron en 1810. No fue una estratagema que los hombres de Mayo jurarán por Fernando VII, porque ocurre lo mismo en abril de ese año cuando se produce el primer movimiento en Caracas. Después, también se jura por Fernando VII en la revolución que se produce en Bogotá en agosto; en la que se ocurre más tarde en México con el cura Hidalgo; y la que se desencadena también en Chile en septiembre del mismo año.

Los movimientos se dan en América Latina casi en simultáneo y con un objetivo común: establecer los principios de la democracia que han surgido a partir de la Revolución Francesa, en 1789.

Ello explica que el Combate de San Lorenzo o las luchas que se producen en el Alto Perú, tuvieran como objetivo enfrentar a los sectores reaccionarios de América, como el virrey José Fernándo de Abascal, que seguía siendo partidario del viejo régimen virreinal que representaba.

Esta situación se daba hasta tal punto que, por ejemplo, las fuerzas españolas se encuentran en ambos lados durante el Combate de San Lorenzo. San Martín no tiene bandera de independencia, porque la independencia aún no se ha declarado y la Argentina no existe todavía. Esto da lugar a que después de terminar la batalla, tenga un prolongado desayuno con Zabala que era el jefe del batallón enemigo y después terminaría incorporándose al Ejército de los Andes de San Martín.

Esto tiene su importancia porque evita todas las confusiones.

Porque a partir de 1813 se produce un cambio fundamental. Ahí sí Fernando VII, convertido en un hombre de derecha, envía dos flotas a América para recuperar esas tierras que él considera coloniales.

Y allí sí se produce una lucha. Por eso San Martín se apura para la declaración de la independencia.

“Estamos perdidos”

Hay una carta interesante de Gervasio Posadas, el director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a José de San Martín en la que le dice: “Napoleón ha caído derrotado en España, ha vuelto a la Inquisición y a los sectores conservadores. Estamos perdidos, tenemos que cambiar el criterio que seguimos hasta este momento”. La respuesta de San Martín y Manuel Belgrano es impulsar el Congreso de Tucumán en 1816.

A Belgrano primero se le ocurre que conviene enraizar la declaración de la independencia con los pueblos originarios, es decir, la monarquía incaica que Bartolomé Mitre critica porque dice que es una declinación de la fe democrática de parte de San Martín y Belgrano. Pero no es así, es todo lo contrario, porque se trata de darle participación a los pueblos, especialmente a los pueblos originarios del Alto Perú. 

Telam SE

Esto queda claro cuando el proyecto es frustrado por un Anchorena, el representante de Buenos Aires, bajo el argumento que querían hacer una monarquía incaica, querían llevar a un pata sucia, a algún indio bruto, para ponerlo al frente del país. Entonces no se decide la forma de gobierno. Solamente se declara la independencia y después, en 1819, el Congreso de Tucumán declina cuando pretende hacer jefe de estas tierras a un príncipe europeo.

Dos modelos de país

En 1820 se produce una anarquía que se va a ir definiendo a través de luchas y guerras civiles que giran alrededor de la prepotencia de la gente de Buenos Aires por el control del puerto y de la Aduana. Esta situación llevará a algunos partícipes de la revolución a decir que, en realidad, existen dos países: el de los porteños, de la Aduana y el puerto, y de los estancieros de los alrededores de Buenos Aires; y por otro lado, el país del Interior.

Se trata de una situación que aún hoy tiene vigencia cuando se habla de un falso federalismo, porque no se cumplen claramente con los postulados del federalismo. Es decir, lo viejo sigue presente en muchas de las discusiones y planteos que nos hacemos en estos momentos.

Más allá de eso, lo interesante es reconocer el protagonismo popular que se produce el 25 de mayo y que se da en un grupo de tres intelectuales que plantean las nuevas formas de vida: Mariano Moreno, especialmente con su plan de operaciones, Manuel Belgrano y Juan José Castelli.

Y después, por supuesto, el pueblo mismo al frente de la legión de Los Infernales, que hoy llamaríamos los activistas de la revolución y que tendríamos que verlos con mayor detenimiento porque, como toda participación popular, a veces queda injustamente relegada a un segundo plano.

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