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El mar argentino, escenario de la Primera Guerra Mundial

La batalla que enfrentó a británicos y alemanes en las aguas cercanas al archipiélago, decidió la hegemonía de los primeros en el Atlántico Sur.

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El 8 de diciembre de 1914 se libró una encarnizada batalla naval en el mar adyacente a las Islas Malvinas. En aquella oportunidad, la Argentina no se encontró entre los contendientes. Se desarrollaba la Primera Guerra Mundial y los británicos -ocupantes del archipiélago- alcanzaron a reforzar su flota antes de que una escuadra alemana pudiera bombardear Puerto Stanley, según los designios del almirante Maximilian von Spee. Precisamente, fue el buque insignia alemán el primero en irse a pique.

Con el hundimiento del “Scharnhorst”, perdieron la vida 795 marinos alemanes, junto con su jefe. Pero no terminó allí la derrota. Al asistir impotente al sacrificio de sus camaradas, el capitán del “Gneisenau” ordenó virar para hacer frente a los navíos británicos “Carnarvon” e “Inflexible”. Una vez desembarazado del “Scharnhorst”, se les unió el “Invincible”. El alemán ordenó abrir el fuego y, si bien alcanzó al verdugo del “Scharnhorst”, no logró asestarle mayores golpes.

Por el contrario, la réplica destruyó las máquinas propulsoras del acorazado alemán. El capitán ordenó abrir las válvulas y dejar que su navío corriera la misma suerte que su compañero. En efecto, con apenas una hora de diferencia, los dos barcos germanos más importantes se fueron a pique. Solo pudieron rescatarse 180 de los 800 hombres que integraban la tripulación. Entre los desaparecidos estuvo el teniente Heinrich von Spee, hijo del almirante.

Antes de perecer, Spee padre había ordenado a los cruceros ligeros que conformaban su flota que huyeran hacia el sur. El único que logró su cometido fue el “Dresden”, pero el “Leipzig” quedó a merced del “Glasgow” y el “Cornwall”. El cañoneo no tuvo piedad, hasta que el barco alemán se incendió. Aun en esas condiciones, hizo fuego en varias ocasiones, aunque sin provocar mayores daños entre sus perseguidores. Hasta que se quedó sin municiones.

Su comandante ordenó abandonar el barco y abrir las válvulas. Recordemos que la batalla se llevaba a cabo sobre las impiadosas aguas del Atlántico Sur. Solo 150 de los 380 que componían la dotación inicial se hicieron presentes en la destrozada cubierta. Como los británicos no observaron bandera de rendición, reanudaron el fuego y provocaron una auténtica carnicería.

La enseña que esperaban ver los vencedores jamás se alzó, pero, de todas formas, lanzaron botes al agua para rescatar sobrevivientes. Solo consiguieron sobrevivir 18 marinos alemanes y, finalmente, el “Leipzig” se hundió. Idéntica suerte corrió el “Nürnberg”: de motores más lentos que el “Kent”, intentó embestirlo, pero el cañoneo lo detuvo antes de que lograra su cometido. Al hundirse por la proa, solo 7 de 322 tripulantes sobrevivieron. Entre ellos, perdió la vida Otto von Spee, otro hijo del malogrado almirante. Parte del destino de la lejana Europa se escribió en los fríos y enajenados mares argentinos.

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