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El merendero Alun Ruca, a punto de cumplir un año

Alun Ruca. Calles de tierra… No hay radiadores; el poco calor que se consigue, cuando el clima recrudece, es a partir de leña que arde, si hay madera, claro. La escasez de dinero no se traduce en tener que cambiar de marca en la gaseosa que se bebe, sino en la angustia de desconocer si, cada día, habrá algo para comer. Barro, nieve, frío y más barro… uno de esos sitios de Bariloche alejados de la postal turística. El paisaje habla de necesidades. No de una, no de dos, no de varias… de carencias infinitas.

Pero sobra dignidad. Por eso, cuando el estómago rumia, cuesta pedir ayuda.

El trabajador, acostumbrado a ganarse el pan, llora en soledad la jornada amarga en la que no hay que presentarse a cumplir con la labor porque ni siquiera existe una probable convocatoria.

Se añora la época prepandemia, cuando COVID-19 sonaba a nombre de analgésico.

Porque antes, más allá de la realidad áspera que no facilitaba las cosas, la esperanza reinaba en cada rincón del barrio.

El obrero soñaba con que el esfuerzo daría su rédito.

Ahora, cuando la alacena solo contiene el eco de la angustia, muy a pesar del orgullo, se baja la cabeza y se recurre al merendero, que el domingo 19 de julio cumplirá su primer año de vida.

Quito y Calle 6, esa esquina humilde donde sobra corazón.

Cintia Castiglione, profesora de inglés transformada en cocinera para asistir al prójimo hambriento, contó que, más de una vez, al enterarse de que un vecino no se animaba a acercarse a retirar comida, le hicieron llegar, mediante algún conocido, una vianda salvadora.

La persona asistida, cuando comprendía que no era una pérdida de honra el aceptar la mano que se le extendía, por fin concurría a buscar el alimento.

Se trataba de hacerla sentir lo más cómoda posible, para que no aflorara el recelo.

Cualquiera puede atravesar una mala situación. Y, en este momento, las circunstancias no son las mejores.

El merendero nació en 2019, antes de las vacaciones invernales, cuando algunas personas de la zona, con tendencias solidarias, observaban que muchos chicos deambulaban sin rumbo fijo, a toda hora.

Si los veían “patear” las calles cuando todavía había clases, imaginaban lo que sucedería en el período de receso escolar.

Se les ocurrió buscar un lugar para acogerlos.

En una iglesia les prestaron un espacio.

“Les dábamos la leche, armábamos actividades”, rememoró Cintia.

Cuando la pausa invernal cesó, los niños no pararon de acudir al sitio, al que identificaban como propio. Allí se sentían cómodos. El ambiente que se había creado les era confortable.

Los que organizaron aquel proyecto decidieron que lo mejor era que no finalizara.

Incluso, la propuesta se amplió: de lunes a sábados, alrededor de cuarenta chicos no solo merendaban, también aprendían inglés, realizaban tareas de reciclaje, plástica, música y jugaban al fútbol (con el tiempo armaron un equipo, y llegaron a participar en torneos, con camisetas cedidas por el Centro de Educación Física N°8).

En diciembre, desde la iglesia les avisaron que ya no podrían prestarles el espacio, porque lo necesitaban, así que empezaron a buscar opciones.

Finalmente, unos vecinos cedieron parte de su terreno, donde estaba el “esqueleto” de una casilla.

Comenzaron a realizar sorteos de tortas, para poder colocar el techo y revestir esa garita de seis metros por tres. Pero, cuando se encontraban encaminados, llegó la pandemia.

Como el lugar todavía no estaba terminado, distribuían la comida en las casas de los organizadores.

La primera semana de cuarentena, dieron ochenta raciones.

A la siguiente, ante la problemática desatada por la llegada del coronavirus, ya eran más de doscientas.

“El dinero que habíamos reunido para el techo tuvimos que utilizarlo en comprar mercadería”, señaló Cintia.

Pero llegaron donativos providenciales que sirvieron para techar la casilla y comenzaron a entregar allí la comida.

“Cocinamos en nuestras casas, traemos las ollas y repartimos acá”, explicó Castiglione.

“Nos manejamos con donaciones. En el pasado, cada mes se hacían rifas, pero ahora, además de que la gente no tiene plata, no podemos salir puerta a puerta para vender números”, manifestó.

“Antes dábamos la cena tres veces por semana, pero luego, con la pandemia, pasamos a cuatro: lunes, miércoles, viernes y domingo”, expresó.

“La gente viene con su olla, tupper, lo que tenga, y regresa a su casa para comer junto a la familia”, añadió.

La situación es cada vez más complicada. “El número de personas va en aumento. En la actualidad, entregamos aproximadamente doscientas cincuenta porciones. El contexto es muy complejo. La mayoría de la gente trabaja de changas, muchos hombres realizan labores de albañilería, y varias chicas hacen limpieza por hora; y todos quedaron sin trabajo. Al merendero no solo vienen personas que viven en el barrio, también de Mari Mari, 130 Viviendas, San Francisco… Caminan trayectos largos, de noche, para poder llevarse la comida”, relató Castiglione.

Es tanta la fe, que aún con los inconvenientes que afrontan, ya piensan en un futuro distinto. “Soñamos con que un día todo mejore, que no haga falta entregar comida, y podamos hacer un centro cultural, o algo así… La idea es enseñarles a los adultos a hacer muebles con cosas recicladas y que los chicos puedan llevar adelante sus actividades… Además, en el verano nos gustaría ampliar. Incluso completar el techo con material y poner otro piso, azulejado, donde instalar una cocina. Varios profesores se ofrecieron para dar cursos de gastronomía, así la gente podría encontrar una salida laboral”, apuntó Cintia.

Más allá de esas palabras ilusionadas, la mujer no olvida la realidad. Por eso recordó: “Hace unos días se acabó la comida y todavía permanecían doce familias afuera, a la espera. Tuvimos que sacar parte de lo que teníamos preparado para la siguiente repartición, así no se quedaban sin comer”.

¡La torta!

Florencia Curugual es repostera. Los sábados y domingos vende sus productos en el vecindario. Suyas eran las tortas que, antes de la llegada del coronavirus, se rifaban para juntar fondos para el merendero.

El presente la encuentra en un proyecto que atañe al barrio, pero también a otras zonas necesitadas.

“Se me ocurrió juntar a gente que trabaja en lo mismo que yo, con la intención de preparar cosas dulces para el domingo 19 de julio, que cumplimos un año”, comentó Florencia.

Curugual piensa en veinticinco kilos de torta para repartir ese día.

Pero, además, su objetivo es que los pasteleros permanezcan en contacto, para continuar con la labor solidaria: “Quiero que el grupo se mantenga, para ayudar en distintos lugares que lo precisen; quizá en otros merenderos”, explicó.

Contacto

Aquellos que quieran colaborar con cosas dulces, para conformar un equipo de reposteros solidarios, deben llamar al 154-602095.

Además, pueden comunicarse al mismo teléfono (como también al 154-138708 o al 1161863648) para donar cualquier tipo de alimento.

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San Carlos de Bariloche, Argentina