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El productor, el contacto con las Maradona, el Presidente y la Vice: la interna del Gobierno en el funeral del Diego

La reacción del público ante el traslado de los restos de Maradona. REUTERS/Matias Baglietto (MATIAS BAGLIETTO/)

Hace diez años y un mes, el 27 de octubre de 2010, Néstor Kirchner era velado en la Casa Rosada y Alberto Fernández tuvo que ir casi de incógnito a la Casa Rosada para despedirse de su amigo.

Así se lo relató él mismo al periodista Ceferino Reato para el libro Salvo que me muera antes:

“Le avisé primero a Florencio Randazzo, el ministro del Interior, con quien tenía buen trato. Voy a saludar a Néstor, pero voy a ir solo, sin prensa; no me voy a parar adelante para que todos me vean sino que voy solo a rezar un Padre Nuestro por él. Pero en un momento en el que no esté Cristina, para no incomodarla. Florencio después me llamó y me dijo: venite de acá a los próximos cuarenta minutos, que Cristina se va a descansar un momento sabiendo que vos venís. Parrilli me armó una guardia de unos veinte chicos de La Cámpora como si yo hubiera ido a tirarme encima del ataúd. Alicia Kirchner me envió luego un mensaje de agradecimiento por haber ido. A la salida, me lo encontré a José López, el secretario de Obras Públicas, con quien siempre me llevé mal por su pertenencia al ministerio de Julio De Vido. López venía del Peronismo Revolucionario, era de los montoneros tardíos.

¿Qué hacés, traidor? ¿Cómo te da la cara para venir acá?, me dijo.

Mirá, el tiempo dirá quién es el traidor, le contesté.

Reconozco que cuando murió Néstor Kirchner, yo hice un comentario que puede haber sonado mal. ‘Es el último gran aporte de Néstor al proyecto’, contesté ante la pregunta de un periodista”

El jueves las cosas fueron distintas. El dueño de casa era Alberto y Cristina, la visitante. Aunque, se sabe, no es una situación simétricamente opuesta. Quién manda sigue siendo un pregunta insistente, sin respuestas contundentes en ninguno de los pliegues del Frente de Todos. “Es que se trata de una coalición”, justifican, finalmente.

Tanto es así, que no solo se gestiona en red. También las grandes puestas en escena carecen de jefe, provocando desinteligencias como las que se vieron el 17 de octubre. O la que se vivió en el velorio de Diego Armando Maradona donde hubo un productor, Ignacio Saavedra, mano derecha del ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, referente clave del kirchnerismo, y alguien que tenía el contacto con la familia que monitoreó toda la escena, el subsecretario de Asuntos Políticos, Miguel “Mike” Cuberos, amigo estrecho del Presidente de la Nación.

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Alberto Fernández haciéndose la señal de la cruz frente al féretro (Presidencia)

De arranque, esto implicó dos planos de la conducción del evento que se organizó en 24 horas, o dos pisos de la Casa Rosada. La planta baja, donde está el Ministerio del Interior. Y el primer piso, donde está el despacho presidencial, el del Jefe de Gabinete y el del Secretario General de la Presidencia (donde está ubicada la subsecretaría de Cuberos).

¿De quién recibía las órdenes la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, y su equipo, cuando se trataba de organizar la seguridad? ¿De Presidencia? ¿O de La Cámpora?

¿Quién le decía a las cámaras de televisión qué tenían que enfocar de la ceremonia pública? ¿Quién daba el OK acerca de si estaban bien colocadas, acerca de cuándo armar, cuándo se terminaba, finalmente? ¿Quién decidió que no se ponían pantallas en la calle, para que los que hacían fila pudieran seguir la ceremonia y tener una mejor calidad de espera? ¿Quién le dio la impronta discursiva a las exequias?

¿Cuberos, que era el que hablaba con las Maradona? ¿O Saavedra, el productor que montó la escena y seguía las órdenes del Ministro del Interior?

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La única foto de Cristina y Alberto juntos, en el velorio.

Sin jefe y un poder fragmentado, con poca experiencia de los involucrados en el armado de grandes escenas populares, con 24 horas para organizarlo, lo extraño no es que las cosas salieran mal. Lo raro hubiera sido que salieran bien.

En diálogo con Infobae, un experto en espectáculos masivos explicó que “el cálculo que hicieron estuvo mal hecho, porque cuando la fila andaba rápido pasaban 40 personas por minuto, en 48 horas constantes daría 115 mil personas, o sea, para llegar al millón que esperaban se necesitaban 17 días. En las 10 horas que se habilitó podrían entrar 24.000 personas”. Y lo sintetizó así: “Mal pensado, mal diseñado, mal ejecutado y malos reflejos”.

Al otro día, más de uno pensó que podría haberse realizado el velorio íntimo en Casa Rosada, con familiares y amigos, y después una caravana, lo que hubiera sido más prudente en el medio de la pandemia. Pero pudo más la tentación de dejar paralizado el país durante tres días con el ídolo popular apropiado en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos y la ilusión de periodistas de todo el mundo viajando a la Argentina para cubrir el velorio y líderes de estado enviando condolencias durante varios días de un largo adiós. Se sabe, los dramas necesitan tiempo para encontrar un clímax que los haga recordables a través de la historia.

Hay que reconocer que no fue el peronismo el inventor de los funerales populares. El primer gobierno que tuvo una idea similar fue el de Agustín P. Justo, tras la inesperada muerte de Carlos Gardel. “Los historiadores están de acuerdo en que el gobierno de Justo quiso distraer la opinión pública del negociado de las carnes que fue denunciado por el senador Lisandro de la Torre y que terminó con el asesinato en pleno recinto de Enzo Bordabehere. Traerlo Gardel a la Argentina se transformó en una epopeya larguísima, que duró meses, y me animo a decir que se transformó en ídolo popular con esas larguísimas exequias”, aseguró Emilio Perina, ex director del Archivo General de la Nación.

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Cristina Kirchner quiso convencer a las hijas de Maradona que extiendan la ceremonia fúnebre. No hubo caso

Gardel murió el 24 de junio de 1935 en Medellín y su cuerpo fue desenterrado el 18 de diciembre, luego de tortuosos trámites, ya que en Colombia no se permitía la exhumación antes de los cuatro años. Podrían haberlo traído en avión, pero se eligió un camino más largo. Salió del puerto de Buenaventura el 29 de diciembre, pasó por Panamá, llegó a Nueva York, de ahí bajó hasta Río de Janeiro, paró también en Montevideo y, finalmente, llegó a Buenos Aires el 5 de febrero de 1936. Natalio Botana, para su diario Crítica, había dispuesto un periodista para que siguiera con lujo de detalles el periplo, que luego era reproducido por las radios más populares de la Argentina.

Es verdad que el velatorio no se hizo en la Casa Rosada, sino en el Luna Park, pero también hubo corridas y desmanes, al punto que tuvieron que intervenir dos dotaciones de bomberos, como lo cuenta el periodista Guido Carelli Lynch en Luna Park: el estadio del pueblo, el ring del poder.

Como sea, los interrogantes que persisten a la frustrada celebración popular del ídolo son infinitos. ¿Por qué se buscó estirar las exequias unas horas más? ¿Qué hubiera cambiado si en lugar de 20 mil personas entraban 30 mil?

¿Por qué se dejó que el Presidente diera un papel tan lamentable en términos institucionales, saliendo con un megáfono a las rejas a pedirle a la multitud que se calmara? ¿Por qué luego fue al balcón sin la seguridad que exige su investidura, donde en las fotos se lo ve al lado de uno de los mozos más antiguos de la Casa Rosada, que -de repente- se encontró con que tenía al Presidente y al Jefe de Gabinete al lado? ¿Casa Militar, que se encarga de la seguridad presidencial, no pudo detenerlo a tiempo?

¿Por qué desde el kirchnerismo se negó que cuando Claudia Villafañe y Dalma y Giannina Maradona se mantuvieron firmes en su decisión de terminar el velorio a las 16, intervinieron en forma personal no solo el Presidente, la Vicepresidenta, sino también Máximo Kirchner, que se comunicó al celular de la primera mujer del Diego? ¿Se quisieron correr del fracaso?

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De Pedro fue el primero en dar una versión del fracaso del velorio: le echó la culpa a Larreta a las 16.21, cuando Cristina aún estaba en su despacho

Una de las pocas cosas que está bien clara es que la decisión de echarle la culpa a la Policía de la Ciudad, es decir a Horacio Rodríguez Larreta, se tomó en el despacho del Ministro del Interior, y cuando la Vicepresidenta estaba presente. “Wado” de Pedro puso un tuit a las 16.21 aunque, según aseguraron fuentes presidenciales, lo que se fue transformando en la versión oficial de los hechos fue redactado en conjunto con Alberto Fernandez y en su propio despacho.

Al otro día, primero fue la ministra Frederic la que dio esa explicación y después, lo hizo el propio Presidente. Que el Gobierno elija cavar un poco más la grieta para zafar de su propia responsabilidad no parece la mejor actitud de estos tiempos complejos.

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