Noticias de Bariloche

El trabajo de cobrar a quienes dejan el auto en la zona céntrica

Con el ingreso de Bariloche en la fase de distanciamiento social preventivo y obligatorio, que permite transitar en vehículo de manera normal, el Sistema de Estacionamiento Medido (SEM) volvió a funcionar en la ciudad.

Están aquellos que, en ese regreso al pago para aparcar en determinadas zonas de la localidad, ven algo comprensible, una característica más del retorno a la “normalidad”.

Sin embargo, están los otros que se ofuscan al tener que gastar cuarenta y cinco pesos por la hora de estacionamiento, ya que con el parate sufrido por la cuarentena, con la merma obvia de ingresos, tratan de cuidar hasta la última moneda, y consideran un atropello el abonar esa cifra.

“Mucho zona de desastre, zona de desastre, zona de desastre… ¡pero acá te cobran por todo!”, se escuchó renegar a un conductor que, al aparcar en la zona céntrica, se encontró con la novedad. Porque si bien la medida se divulgó a través de los medios de comunicación, fueron muchos los que no estaban al tanto y se toparon con el retorno del SEM en vivo y en directo.

“Bariloche se encuentra en un estado económico crítico, pero para estacionar hay que pagar”. Expresiones como esa se repitieron sin cesar durante las primeras jornadas de la reanudación del cobro. Y, como siempre, los que suelen enfrentar el mal humor de la gente son quienes fiscalizan y cobran, personas en situación de vulnerabilidad social que, a través de organizaciones intermedias (Nuevos Caminos, Ebene-zer, Encuentro, Lihuen, Katawain Newen) y el respaldo municipal, encuentran en esta labor una forma de ingreso. Es importante destacar que, durante el tiempo en que no estuvieron en las calles, igualmente recibieron los sueldos.

Cuando se reanudó el sistema de pago, apenas avistaban a estos muchachos, y comprendían que de nuevo había que pagar, los más indignados arremetían contra ellos con preguntas acerca del porqué de la medida. “Señor, a mí solo me dijeron que viniera a trabajar”, contestó un joven asediado por una persona mayor, mientras metía su cara dentro del abrigo lo más que podía, un poco como defensa natural ante el cuestionamiento del individuo irritado, pero también por el frío que castigaba con dureza.

En ese sentido, cabe resaltar que otro hombre, atento al clima impiadoso, sugirió: “Ya sería hora de que pusieran una garita para que guarden sus cosas y tengan un termo con algo caliente para tomar. Gastan en cada cosa… ¿qué les cuesta armar una casillita de madera? Aunque sea cada dos cuadras… Estar con esta helada, parado en la intemperie, es inhumano”.

Y lo cierto es que la idea no es mala. Por un lado, serviría para guarecer a los trabajadores ante las bajas temperaturas invernales (o el sol de los veranos), pero también les darían visibilidad, ya que, si bien cargan con vestimentas llamativas, pecheras naranja y verde fluo (las primeras para quienes fiscalizan; las segundas para los que cobran), no siempre se los encuentra al primer intento, y hay ocasiones en que se deben recorrer largos tramos para hallarlos, más ahora, que no son tantos los que volvieron al ruedo. Además, está el caso de los turistas, que, cuando los había, al notar los carteles con la “E” resaltada y el anuncio “medido y pago”, solían deambular por los comercios consultando cómo era eso del estacionamiento medido, si estaba en vigencia, a quién debían pagarle… Así que, como todavía cabe soñar con que los visitantes algún día volverán, también sería útil para ellos observar en sitios visibles (por ejemplo, en esquinas céntricas) casetas identificadas con claridad, donde recurrirían para cumplir con la normativa.

Por el momento, hay que resaltar que los sitios a los que los barilochenses solían acudir para costear el SEM, como el ubicado dentro de las instalaciones municipales del Centro Cívico, se encuentran cerrados para evitar la acumulación de gente. La excepción es la oficina de Mitre 1057, que abrió sus puertas y atiende al público.

Igualmente, para obviar el contacto con los cobradores, desde el municipio se recomendó utilizar la aplicación “SEM Bariloche”. Para incentivar su uso, se informó que por cada carga se bonificará un diez por ciento extra al importe de recarga. Pero, más allá de las opciones para poder pagar, siempre está el que busca evitar abonar, cualquiera sea la manera. Se observó, por ejemplo, a un sujeto con aires de cierto agrande que, apenas bajó del vehículo, le estampó un vasito plástico con café a una fiscalizadora y le dijo: “Hacé de cuenta que acá no hay ningún auto estacionado”.
La muchacha quedó petrificada y, tras el momento de confusión, cuando atinó a decir algo, observó que el personaje en cuestión se había alejado al trote…

Con el envase en la mano, medio desorientada, comenzó a caminar despacio, sin saber si avisar lo sucedido a su superior. Estaba indignada, pero temía por la reacción que pudiera tener el hombre que pretendió sobornarla con una bebida que, para colmo, estaba tibia tirando a fría…

En cuanto a los cobradores, también suelen tener sus complicaciones. La principal está relacionada con el vuelto, ya que, al no circular más los billetes de cinco pesos, y las monedas ser escasas, muchas veces no tienen para dar los vueltos. A veces, entonces, deben dar de más; pero, en ocasiones, está el buen samaritano que le dice: “Redondeá para arriba”.

Escenas urbanas de una Bariloche en la que, para estacionar, hay que pagar… Pero recuerde que esos jóvenes con indumentaria refulgente solo intentan ganarse el pan de cada día… No se la agarre con ellos.

Héctor

Una tarde de septiembre de 2017, una chispa, que saltó de un tarro con viruta donde hacían fuego para pasar el frío, incendió la carpintería ubicada en Frey 1270.

Héctor Marín, uno de sus hermanos y su padre se habían ido una hora antes. Si bien el fuego arrasó con casi todo, no bajaron los brazos.

Con ayuda de los parientes y la venta de empanadas, juntaron lo suficiente como para instalar una nueva carpintería, esta vez al lado de la casa familiar, en el barrio Sara María Furman.

Héctor (parte de una familia de doce hermanos), que ahora tiene veinticuatro años, se instruyó en el oficio de ver trabajar a su padre, quien cuenta con una larga experiencia en el rubro: “Digo que aprendí de mirarlo porque él no tiene paciencia para enseñar”, bromeó, en la esquina donde los O’Connor se cruzan.

Más allá de su labor como carpintero, que no interrumpió nunca, ni siquiera durante la cuarentena, ya que tenía pedidos que realizaba con su padre en el nuevo taller, la actualidad lo encuentra como cobrador de estacionamiento medido.

Heredó el puesto de su hermana, que realizó ese trabajo durante varios años, pero luego pasó a cumplir tareas de oficina y él aprovechó para hacerse de un dinero extra.

Empezó un par de semanas antes de que se decretara el aislamiento, así que este regreso lo vive casi como un debut. Ataviado con tapaboca y mascarilla, y el alcohol en un vaporizador bien a mano, se puso nervioso cuando comenzó la nueva etapa y se le hizo un enredo mental con el uso del celular para registrar las patentes. Lo solucionó rápido y en cuestión de minutos ya era un experto.

Además, en tiempos de pandemia casi nadie solicita el comprobante en papel, así que la operación se hace en forma más rápida, solo es cuestión de marcar la patente y el tiempo en el teléfono, y luego mostrarle la pantalla a quien abona.

Al culminar el día, Héctor regresará al hogar y le contará su experiencia como cobrador de estacionamiento a la mamá, el papá, dos hermanas, tres hermanos y un sobrino que comparten la casa, mientras continúa con su pensamiento puesto en trabajar la madera, ese oficio que aprendió de ver al padre.

Romina

“Me costó un poco…”, rió la fiscalizadora de estacionamiento Romina Meliqueo, cuando se refirió a la situación de volver a despertarse temprano tras el impasse obligatorio impuesto por el arribo del coronavirus.

“Con la cuarentena me acostumbré a dormir un poco más”, continuó con la risa, mientras caminaba frente a la Catedral. Pero, igualmente, al atrasarse el inicio del cobro (antes era de 8 a 20 de lunes a viernes, y ahora de 9 a 18; los sábados se mantiene de 10 a 14) tiene un rato más de reposo que en la época previrus, cuando se levantaba a las 6.30 para llegar a tiempo.

Romina, que realiza este trabajo desde hace tres años, contó que durante junio hubo varios avisos de retorno a funciones que finalmente no se concretaron, a la vez que indicó que cuando finalmente se determinó la vuelta le entregaron barbijo y alcohol (para los fiscalizadores, que a diferencia de los cobradores no deben estar en contacto con los usuarios, la mascarilla no es obligatoria).

Sostén del hogar que comparte con sus dos hijos y su madre en el barrio Las Mutisias, Romina expresó que los trabajadores de su tipo muchas veces suelen ser víctimas del mal humor que suele tener la gente: “Tenemos la culpa hasta de que llueva”, ironizó.

Pablo

En la esquina de Mitre y Palacios, una chica pareció protagonista de una película cómica al vivir una situación que, para ella, hasta que la resolvió, en realidad no resultó graciosa. Al sacar la billetera para abonar el estacionamiento medido, cincuenta pesos salieron por el aire a causa del viento que se había desatado en ese cruce de calles.

Con la ayuda de un transeúnte que lo aprisionó con su zapato, pudo recuperar el billete y la sonrisa. Quien le cobraba era Pablo Antilaf, de veinticinco años, que consiguió ese puesto poco antes del comienzo de la cuarentena. “Hasta ese momento, estaba desocupado; solo realizaba changas. Fui bachero, estuve en una panadería y trabajé en el armado de escenarios cuando se montaban en el Centro Cívico”, relató.

Pablo, del barrio Las Mutisias, pasó la etapa del aislamiento social junto a sus abuelos, la mamá y el tío. De vuelta a las calles, con la vista puesta en Mitre, fue contundente: “Ahora hay muy poca gente”, dijo.

Cristina

Cristina Guala atravesó el Centro Cívico bajo ráfagas de corrientes frías e impiadosas. Caminaba para fiscalizar el estacionamiento. Con diez cuadras a su cargo, debía certificar que los dueños de los vehículos estacionados habían pagado. Caso contrario, colocaría el aviso de deuda.

En la zona donde se ubica la Municipalidad, en esta nueva fase por la que transita Bariloche, los autos aparcados eran pocos. “Hay muy poco movimiento; nada que ver con lo que sucedía antes”, dijo Cristina.

La joven, que cumple con su tarea desde hace varios años, recalcó que ahora trabajan con celulares personalizados, para evitar que pasen de mano en mano en tiempos donde el factor a tener en cuenta es el COVID-19. También resaltó el uso de barbijo y alcohol, pero a la hora de mencionar lo que había destacado la vuelta al cumplimiento de labores, en medio de un Centro Cívico gélido, remarcó: “¡El frío!”.

Categorías

Hora actual en
San Carlos de Bariloche, Argentina