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Emprendedores locales: “Plantería Anita”, un lugar lleno de color, aromas, paz y vida

Ana León se jubiló en enero, y a diferencia de la gran mayoría de las personas, la pandemia le cambió la vida para bien. Esta es la historia de cómo mientras afuera había incertidumbre, muerte y miedo, Anita en su patio creaba vida.

Es madre de 5 hijos varones, abuela de 13 nietos y bisabuela de 2 bisnietos. Nació en Cipolletti y la erupción del volcán la trajo a Villa La Angostura.

En Lacar al 115 se encuentra la “Plantería Anita”, un lugar lleno de color, aromas, paz y vida. Un patio repleto de amor, trabajo y dedicación constante que comenzó hace 4 años.

“Empecé haciendo suculentas cuando vivía en el centro. Con esas suculentas más los tejidos con tela reciclada iba a las ferias. En el Paseo de Los Artesanos estuve mucho tiempo. Casi 8 años entre el Paseo del centro y el de El Puerto”, nos cuenta Ana sobre sus comienzos. Prosigue y confiesa que su sueño era conseguir un lugar grande y con patio, y que lo consiguió hace 4 años.

“Hablé con la dueña para ver si me permitía hacer un vivero, y me dijo que mientras no modifique la estructura de la casa podía hacer lo que quisiera”. Y fue así cómo comenzó todo.

“Cuando llegué acá no había nada, ni pasto ni ruido de pájaros. No fue solo armar la estructura de los invernaderos, fue crear toda la vida que hay acá. Mirá si no voy a estar orgullosa de todo lo que logré, es tremendo. Ahora es la casa de un montón de pájaros y bichitos”, expresa orgullosa.

La idea siempre estuvo, pero debido a su trabajo y a la falta de espacio tuvo que postergarla. Confiesa que era un plan para cuando se jubilara, pero que se pudo concretar antes debido a la pandemia.

“La pandemia me vino fantástica. Como soy insulinodependiente no pude trabajar en el hospital y fui la primera que se fue a su casa cuando empezó el Covid. Vine y dije este es el momento”, confiesa. “Gracias a eso pude reproducir muchísimas plantas. Me gusta estar acá y no tenía que salir para nada porque no podíamos y fue mi gran oportunidad de reproducir”.

“Trabajo todos los días: cuando llueve o nieva trabajo bajo techo, y los días de sol afuera. Es un trabajo enorme, cada plantita está en una maceta, acomodada para que no se vuelque. Riego dos o tres veces al día. En cada riego tardo dos horas aproximadamente”.

En invierno, debido al frío y a las altas temperaturas es imposible que algo germine. Ana, gracias a la cama caliente, puede hacerlo. “Durante todo el invierno el piso está a 40 grados, meto todo ahí y todo sale”, se explaya. Confiesa que es de gran ayuda y que gracias a eso puede tener todo lo que hoy tiene. Y que en invierno aprovecha para hacer carteles o macetas.

Ana tiene un don. Todo lo que planta, nace. No importa si no lo hace como debería, o como le dicen que tiene que ser. De una forma u otra, todo lo que germina y pasa por sus manos cobra vida.

“Trabajé toda la vida en salud, me jubilé en enero del hospital. No sé nada de plantas, pero sé de cuidados. Es lo mismo que hice toda la vida en salud: cuidar personas. Ahora en vez de personas cuido plantas”, relata.

“Tenía un amigo, don Ernesto Diem de Genciana que falleció hace poco. Él tenía demasiado conocimiento, de libros y libros y de años de estudio. Él se reía y me decía –nunca vi a nadie reproducir como vos-“, haciendo referencia a que Ana nunca estudió como él. Respecto a eso dice que tiene una visión desde otro lugar. “Las plantas y las personas somos seres vivos, tenemos necesidades, más o menos las mismas. Entonces por eso resultó en este lugar”, culmina.

Afirma que no tira nada. Que cada brote que sale de alguna planta lo pone en una maceta y que a veces cuando vienen turistas se los regala y quedan chochos. Agrega que quemar las plantas le parece nefasto. “No habría que quemar nada en realidad, todo lo que sacan de los parques y lo queman, por dios”, se lamenta Ana.

“Todo es compostable, no puede ser que lo quemen. Es tristísimo por un lado y muy enfermo, no se piensa en lo que genera la acción”, expresa debido a la tala que se está reproduciendo en Villa La Angostura.

“Hay que pensar en qué quiero para mi vida, aparte de qué quiero para mi negocio. Porque que entre plata, eso pasa con cualquier actividad. Vos hacés lo que te gusta y cae automáticamente el pago por lo que hacés. Hay que plantearse un poco más profundo. ¿Qué quiero para mi vida? ¿Qué quiero para la tierra, para mis hijos, para mis nietos?”.

“Los que se vienen a vivir acá viene por el verde, y talan todo. Es muy enfermo. Por ejemplo las casas que se están haciendo ahora. Si pasaste la máquina y no te quedó absolutamente nada y hay desnivel, y pegado a eso hiciste tu casa… ¿Cómo no lo ves?”, cuenta indignada y con dolor.

Ana todo lo convierte en maceta: vasos, potes, latas, botellas, envases de tetra brick, botas de esquí. Cuadros viejos y telas. Si no lo convierte en macetas lo convierte en bancos, o en cuadros con frases que están repartidos en todo el patio. Las madres que vienen acompañadas también la ayudan con eso, mientras ellas recorren el lugar, Ana tiene un espacio con pinturas y potes para que los chicos se entretengan.

“Me encanta porque la gente piensa en mí. No tomo alcohol, pero me traen las botellas que les parecen lindas porque saben que las convierto en macetas, en lámparas, en una nueva vida. Es una forma de vivir, de pensar la vida. Que la gente del pueblo se tome el trabajo de lavar el pote de helado para traérmelo, para mi es amor”, confiesa.

“Viene muchísima gente que de otra manera no tiene acceso. Yo creo que tiene que empezar a fomentarse la economía circular, por ejemplo la gente que puede comprar una rosa más linda y barata acá, después vuelve a dejarme podos que vuelven a florecer”, se explica. También confiesa que es fan del trueque y que eso le permite tener flores de todos los colores. Lo que le sobra a uno, le falta al otro.

“Con el dinero no se compra todo. Yo siempre fui de los muchos que conseguían poco. Mi idea es que muchos consigan mucho”. Confiesa Ana respecto a los precios que maneja. Pero lo que ella hace va más allá del dinero.

“Tengo plantas a 190 y otras a 8.000 pesos. Tengo plantas que florecen en 6 meses y otras que después de tres años apenas tienen un tallito, eso define mucho el valor económico”, nos explica.

“Hay gente que viene y piensa que esto es un shopping. Cuando llega y ve que hay dos o tres mujeres hablando de plantas, se embola y se va. Ni siquiera se toma el tiempo de recorrer el lugar. Entonces siento también que hay una selección natural de la gente que viene”, cuenta entre risas.

“Siempre tengo abierto los domingos. Viene mucha gente ese día porque no hay ningún vivero abierto. Y decís ¿Cómo puede ser?, el que trabajó toda la semana y quiere pasear, no puede. Entonces a mí me parece fantástico que vengan, se traigan el equipo de mate y darles ese lugar”.

Es por eso que está terminando de arreglar los caminos de su plantería y los bancos para que tengan un lugar donde sentarse. Agrega que “en definitiva es eso: un espacio para que estés bien. Y las plantas ayudan a que estés bien”.

Cuenta que en diciembre empiezan las ferias en la plaza de Los Pioneros y que es un espacio muy agradable donde comparte con gente que piensa igual. “Es un espacio que no quiero dejar. Me duele dejar acá una mañana, pero ir a la feria para mí es bárbaro”.

Ana tiene abierto todos los días de 10:00 a 17:00 horas en Lacar al 115, en Barrio Norte. Es un lugar en el que hay armonía, paz y tranquilidad. Hay un gran trabajo y dedicación detrás de todo lo que se ve, y una ironía agradable al conocer la historia detrás. Afuera muerte, adentro vida.

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