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Cultura y Educación

Hace 100 años, la única calle digna de ese nombre era la Mitre

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Lee también: ¿Cómo hacían los barilochenses para escuchar música un siglo atrás?

El perfil urbano tuvo un cambio de importancia cuando en 1922 se inauguró la sucursal del Banco Nación, pero todavía predominaba la impronta de pequeño pueblito de aires europeos.

Unos 20 años después de su reconocimiento oficial como poblado, Bariloche no se caracterizaba por ofrecer un orden citadino ante los ojos de los visitantes: la única calle digna de merecer ese nombre era la Mitre y por unas pocas cuadras. Todavía no se asfaltaba y con las demás más bien había que adivinar su trazado. Urbanísticamente, las cosas comenzaron a cambiar un tanto cuando después de muchos trámites, el Banco Nación inauguró su sede local.

Es más, por entonces no existía nada que se pareciera a un aeropuerto, el primer avión que arribó a estas latitudes descendió en un afamado establecimiento rural de los alrededores. “En noviembre de 1921 se produjo el inusitado acontecimiento de la llegada de un avión. Para muchos fue la primera vez que veían una de estas máquinas y para todos, y por muchos años, la única oportunidad de tener noticias por un periódico del mismo día”.

La irónica observación corrió por cuenta de Juan Martín Biedma, quien la incluyó en “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi” (Ediciones Caleuche-2003), libro que se publicó por primera vez a través de una gran editorial a fines de la década de 1980. No se trató de la llegada de una aerolínea, para que se estableciera ese medio de comunicación de manera regular faltaba bastante todavía.

En efecto, “la máquina piloteada por su dueño, el mayor Kingsley, de las fuerzas británicas del aire, aterrizó en la estancia El Cóndor. Traía como pasajeros a un corresponsal del diario La Nación y al doctor Jorge Newbery, quien había fletado el avión para ver a su hijo, Tom, enfermo, en la estancia que administraba”. Como ya mencionamos varias veces en El Cordillerano, la familia Newbery tenía múltiples intereses en la zona.

Al año siguiente también tuvo lugar una novedad de fuste para la infraestructura barilochense. “El 9 de octubre de 1922, con la habilitación al público de la sucursal local del Banco Nación se cumplió una vieja aspiración de los pobladores. Era presidente del Banco el doctor José de Apellaniz, y gerente, Gaspar Corneille”, informa el texto. “La piedra fundamental había sido colocada el año anterior, el 8 de enero, en un solar adquirido a los esposos Riveiro, en la suma de ¡tres pesos el metro cuadrado! Precio récord en ese entonces”. ¡Cuánto valdrá ahora ese predio!

Por otro lado, hay que recordar que para la llegada del ferrocarril faltaban todavía 12 largos años más. Biedma reparó entonces en un acontecimiento que desde hoy podrá parecer pintoresco, pero recuérdese que cien años atrás, el bandolerismo gozaba de muy buena salud en el noroeste de la Patagonia. “No habiendo ferrocarril preocupaba a todos cómo llegarían los fondos necesarios”, reconstruyó el investigador.

Pues bien, “estos arribaron en la forma más natural y desconcertante: un par de empleados, en el auto de la gobernación, trajo en un maletín un millón de pesos, sin escolta alguna”. Cabe recordar que, por entonces, Río Negro era administrativamente un Territorio Nacional con capital en Viedma, de manera que aquel vehículo transitó centenares de kilómetros por amplias soledades con final feliz.

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Entonces, aproximadamente cien años atrás y “a pesar del tiempo transcurrido” desde que se formalizó San Carlos de Bariloche, “la única calle con aspecto de tal era la Mitre, aunque sin pavimentar, veredas de ripio, con filas de álamos plantados hacía años, pero poco crecidos, probablemente por la baja temperatura, y algunos edificios alineados. El mejor constituido era el del Banco Nación, un pequeño palacio de mampostería”, que además era nuevo para 1924.

A pesar de la puesta del día que implicó la llegada de la sucursal bancaria, Bariloche tenía mucho que ver con la actividad agrícola, ganadera y forestal, antes que con los servicios y el turismo. “Del muelle del puerto salía una calle, en ascenso, atestada por los troncos que producía un aserradero”, ilustra al texto de Biedma. Tal vez hay que traer a colación que faltaban casi dos décadas para la concreción del Centro Cívico.

Sin contar la Mitre, “las otras calles longitudinales y transversales apenas si se adivinaban. En las cuadras que se insinuaban, dos o tres casas apenas alineadas estaban rodeadas por huertas y jardines. Las casas eran humildes barracas de tablones de madera o alegres chalés de aspecto europeo, con pináculos, verandas, paredes coloreadas y techos de zinc pintados de rojo”. Suena encantador.

Cultura y Educación

Quemacasas toca por vez primera en Buenos Aires

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La banda de Bariloche compartirá escenario con Juan Pablo Fernández (Acorazado Potemkin) en el célebre CAFF, el espacio que gestiona la agrupación tanguera Fernández Fierro.

Los muchachos tuvieron el buen tino de subirse al auto antes de que la nevada blanqueara las rutas de la región y las tornara poco previsibles. Tenían un gran motivo: el viernes (21 de junio) desde las 21, Quemacasas debutará en Buenos Aires, en una fecha que compartirá con Juan Pablo Fernández (Acorazado Potemkin) y otro de sus proyectos. Tamaño compromiso se concretará en el CAFF (Club Atlético Fernández Fierro), baluarte de la música que resiste en el barrio de Palermo.

En la agrupación de nombre ígneo forman Ramiro Casas en voz y guitarra; Sebastián Lema en lapsteel, pedalsteel y guitarra; Marcos Radicella en sintetizadores; Leonardo Cesana en bajo; Guillermo Andreani en guitarra y bajo sexto; más Juan Capalbo en batería. En la noche porteña compartirán escena con The Ivonne Cleef Orquesta, experiencia hasta hace poco instrumental que ahora, contará con el frontman de Acorazado Potemkin en sus filas. Abrirá la noche el Piyi.

El CAFF es un sitio muy dinámico del quehacer musical capitalino. Al día siguiente de los barilochenses tocará la mismísima Fernández Fierro, agrupación que sacudió el tango hace más de 20 años, no sólo por la revitalización que supuso para el género, sino por la práctica cooperativa de sus integrantes. De hecho, el CAFF es su lugar de conciertos, pero como puede advertirse, adquirió vida propia.

Aunque todavía no tiene álbum en las plataformas, Quemacasas preparó con esmero su desembarco en Buenos Aires. La semana pasada lanzó a través de Bandcamp dos nuevos registros en vivo: “Te quiero ver” y “Los jotes”. A los dos los logró durante un espléndido concierto que tuvo lugar a fines del año pasado en la sala de la Biblioteca Sarmiento, que precisamente, contó con la participación estelar de Juan Pablo (perdón por la confianza).

El ex Pequeña Orquesta Reincidentes había participado antes en una edición del Ñirifest, el atípico festival que Lema y sus cofrades organizan año tras año en la retaguardia de Dina Huapi. Como puede advertirse, la cercanía artística es más bien sólida. Ya existía una versión de estudio de “Te quiero ver”, pero en la que acaba de estrenarse, la alternancia de voces entre Casas y Álvarez a partir de una letra descomunal, la convierte en imperdible.

En “Los jotes” la banda contó con la participación de Sonia Esquivel y se trata de otra joyita. Por su parte, dice la presentación del CAFF para su público que la música de Quemacasas “incluye canciones con tintes autorreferenciales en cuanto a las letras de Casas y Lema”, además de “texturas sonoras que van desde aires de tango y milonga al country norteamericano y el rock independiente de los 60s y 90s”. Tiene dos años de existencia.

Sobre Fernández dice el anticipo que “el compositor, cantante y guitarrista de Acorazado Potemkin tiene a sus espaldas una carrera de varias décadas en donde se destaca siempre por su particular enfoque de la voz líder y su sólida y profusa lírica urbana y arrabalera, sin mencionar sus cualidades de guitarrista. Acorazado Potemkin (trío integrado por Juan Pablo junto a Federico Gahzarossian en bajo y Luciano Esain en batería) ya tiene más de diez años de trayectoria”.

Antes, “fue miembro fundador de Pequeña Orquesta Reincidentes, una banda de culto con proyección internacional que nos regaló varios discos y supo girar por distintos países del mundo”. El que firma atesora en su memoria un concierto en 1998 o 1999 de Los Reincidentes, que tuvo lugar en el Club de Regatas (¡?) ante no más de 50 personas. Ahora se imagina a Juan Pablo cantando junto a Quemacasas “Te quiero ver” en el CAFF y se pregunta, ¿cómo no estar ahí para contarlo? Cuidado con el fuego, Buenos Aires.

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A la bandera “que Belgrano nos legó” ordenaron esconderla

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La enseña original que creó el abogado-militar se perdió. Se estima que era al revés: una franja azul celeste en el medio y dos blancas.

Tal vez el Día de la Bandera debiera celebrarse el 27 de febrero, aunque el ciclo lectivo no coincida con la efeméride. La tradición dice que esa jornada de 1812 Belgrano ordenó enarbolar por primera vez una enseña propia en las barrancas del río Paraná. También sostiene el relato que, para arribar a los colores celeste y blanco, el abogado-militar se inspiró en la escarapela precedente y que el paño original se perdió. En consecuencia, jamás se podrá saber si las franjas eran tres o dos, como sostienen varias versiones.

Sin embargo, la Argentina saluda a su bandera con énfasis el 20 de junio, cuando en realidad en esa fecha se produjo la muerte de su mentor. La trama terminó bastante después de 1812 y es muy compleja. En general, se cree que a los orígenes de la escarapela hay que buscarlos en las jornadas del 22 y 25 de mayo de 1810, cuando los grupos de “chisperos” repartieron cintas entre los partidarios de la Revolución. Pero la verdad es que esos distintivos eran rojos y permitían a sus portadores no sólo mostrar su identificación con la causa, sino también evitar balazos de los hombres que capitaneaban Domingo French y Antonio Beruti.

Al año siguiente, las tropas a las órdenes de Belgrano comenzaron a usar una escarapela azul-celeste y blanca. El propio abogado escribió que había elegido esas tonalidades porque el enemigo también usaba el rojo y era necesario “evitar confusiones”. Pero en realidad, parece que había antecedentes, porque en ocasión de la segunda invasión de los ingleses (1807), los Patricios o los Húsares ya habían adoptado distintivos azul-celeste y blanco.

Se suele afirmar que Belgrano propuso esos colores porque buscaba una tonalidad más cercana a la turquesa, pero resultaba muy difícil encontrar paños de esas características. Entonces quedó azul-celeste y más tarde, definitivamente celeste. Eran los colores que por entonces identificaban a la dinastía Borbón, que cuando comenzó la Revolución de Mayo estaba fuera del poder a raíz de la invasión francesa de España.

Hace 212 años y meses se establecieron las famosas baterías sobre el río Paraná, a unos pocos kilómetros de la Villa del Rosario. Allí se izó la bandera que según se dice, fue obra de María Catalina Echeverría de Vidal, una vecina de la localidad. También hay que tener presente que, en aquella ocasión, el contingente no juró la bandera, como generalmente se supone, sino fidelidad al Congreso General Constituyente que luego pasaría a la historia como Asamblea del Año XIII.

El gobierno de Buenos Aires, con la altura que caracterizó a la mayoría de los políticos porteños durante la década siguiente a 1810, ordenó disimular la bandera y exigió que no se utilizara. No fuera a ser que Europa se enojara… De hecho, no se sabe con precisión cuál fue el diseño original, pero un ejemplar que se supone muy cercano se halló en la localidad de Macha, hoy Bolivia. Se conserva en un museo de Sucre: tiene la franja central celeste y las otras dos blancas.

Hubo que esperar al 20 de febrero de 1813 para ver a la azul y blanca al frente del Ejército del Norte, ocasión en la que las tropas patriotas propinaron una derrota a los realistas. Pero recién se convirtió en el pabellón oficial a instancias del Congreso de Tucumán, en 1816. Votaron por la bandera diputados de Tarija y otras zonas del Alto Perú, que hoy están bajo jurisdicción boliviana. Los congresistas decidieron que aquella fuera la única enseña de las Provincias Unidas del Río de la Plata y fue la que más tarde, heredó la República Argentina. La resolución se firmó el 9 de Julio de 1816.

No obstante, hubo otras banderas “argentinas” que supieron ondear. José Artigas, el líder federal del Litoral y la Banda Oriental, adoptó la propuesta por Belgrano durante un congreso que se llevó a cabo en 1815 en Concepción del Uruguay. En aquella ocasión, la Liga Federal o Unión de los Pueblos Libres enarboló la bandera celeste y blanca, pero con el agregado de una banda menos ancha de color punzó, color histórico del federalismo argentino. Es la enseña que hoy identifica a la provincia de Entre Ríos.

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En la década del 30, cuando la Argentina vivió un intento de restauración conservadora después del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, una ley estableció que las franjas de la bandera debían ser celestes, “como el color del cielo cuando comienza a amanecer”. Los sectores populares identificaban a los conservadores como seguidores de los liberales, que a su vez resultaron continuadores de los unitarios. Así como la divisa federal era punzó la celeste fue unitaria, entonces se interpretó ese designio como un triunfo simbólico de la facción vencedora en Pavón (1861). Interpretación que no parece muy errada.

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Camila Vallendor presenta “La herida de traer una hija al mundo”

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Es el primer libro de la poeta y gestora cultural. Se dará a conocer en la Biblioteca Popular Carilafquen al anochecer del viernes.

Bienvenidos a bordo del vuelo 4344 con destino a la ciudad de Bariloche. Me acomodo en mi lugar de la fila 6. Mi beba está despierta. Mira a los pasajeros con ojos gigantes. La aprieto contra mi pecho y palpo la riñonera. Contiene lo imprescindible: documentos, flores de Bach, pañuelitos descartables. Pateo el bolso con los pañales para acomodarlo debajo del asiento de adelante. Trato de no molestar a la señora que finge dormir a mi lado. No sé cómo ubicar todo lo que cargo en un espacio tan reducido”.

Así comienza la página 36 de “La herida de traer una hija al mundo” (Cielo de pecas), el libro de Camila Vallendor que salió un par de semanas atrás de imprenta y se presentará el próximo viernes (21 de junio) en el reducto donde la autora juega de local: la Biblioteca Popular Carilafquen (Villa Los Coihues). La cita se pactó a las 20 y la anfitriona no parece preocuparse demasiado por los pronósticos que auguran mucha nieve: “nos vemos para recibir juntes el invierno, con el fuego de les amigues y la poesía”, asevera el flyer.

Entre otras poetas y compañeres de Camila en el equipo del Festival de Poesía “Como un rayo”, acompañará el acontecimiento mucha gente, entre ellas y ellos Melissa Bendersky, Silvia Urtubey, Joaco Conte, Lola Halfon, Aravinda Juárez, Tai Atwell, Laura Oberlin, Estefanía Bavassi, Cecilia Paruelo, Lucía Casalins, Mariel Bleger, Eleonora Botto y Ana Belén Vivas. “Ojalá puedan venir en esta noche tan importante”, insiste Camila en redes sociales.

En el prólogo del breve pero intensísimo libro, dice María Magdalena: “Un parto se desata como una tormenta. Una mujer se parte al medio con la ferocidad de un rayo. Lejos de las luces quirúrgicas y el ambiente aséptico del hospital, el actor de parir se vuelve mágico: las ofrendas, los rituales, las santitas. El recuerdo de la abuela paterna y sus siete partos. La construcción de un rezo propio. La mujer recibe a su hija y se sabe herida. Toda ella es una herida. Una desgarradura en el cuerpo, una marca para siempre. Como la maternidad”.

“La herida de traer una hija al mundo” es el primer libro de la escritora, que vive en Bariloche hace más de una década. Precisamente, participa activamente en la biblioteca anfitriona, hace radio, coordina talleres de lectura y escritura. Además de impulsar “Como un rayo”, junto con Lola y Joaco Conte integra Selva, un trío que se consagra a la música y a la poesía. En tanto, “Movernos hacia un fuego perdurable” es un ciclo que también combina lenguajes artísticos con carácter festivo.

En aquel vuelo y comprensiblemente, la beba irrumpió en llanto. “La azafata se acerca, entre servicial y desencajada. Pobrecita, repite, pobrecita. Me da indicaciones en tono de reproche. La realidad se deforma. Veo sus labios que se mueven pero no entiendo lo que dice. Los gritos de mi hija ocupan todo mi espectro sonoro. Se abalanza sobre nosotras con dos vasitos de telgopor. Se los coloca a mi beba en las orejas. Acato su consejo de dudoso rigor científico. Todavía tengo la teta fuera del corpiño. El llanto no se detiene. Estoy atrapada. El viaje dura dos largas horas. La maternidad para siempre”.

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