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La brújula inglesa que daba suerte al lonco Foyel

La autoridad mapuche le insinuó al marino Musters que, además de su finalidad original, el aparato podía funcionar como amuleto. El europeo seguramente recibió con sorna la observación, pero…

El 8 de marzo de 1870 tuvo lugar un encuentro trascendente en algún lugar entre los arroyos Ñorquinco y Las Bayas, actual sudoeste rionegrino. Grupos mapuches que seguían el liderazgo del lonco Foyel, parlamentaron con los tehuelches del sur, del cacique Casimiro. Al término de las formalidades, un hombre que viajaba con los sureños se hizo presente en el toldo del primero. Después de una conversación amigable, el anfitrión obtuvo un preciado regalo que, según interpretó, podría favorecer su suerte en los juegos de naipes, ante la incredulidad de su visitante.

Después de meses de marcha hacia el norte, una larga caravana que se integraba con gente gününa küna y aonik enk (tehuelches del norte y del sur, respectivamente) había dado con las primeras tolderías mapuches donde actualmente se emplaza al aeropuerto de Esquel. Entre los más sureños cabalgaba George Musters, un hombre de la Marina Real británica, que quedó en la historia por su invalorable “Vida entre los patagones. Un año de excursiones por tierras no frecuentadas desde el Estrecho de Magallanes hasta el Río Negro” (Ediciones Solar-1991), diario de su viaje.

Las andanzas de Musters fueron muy valoradas por los geógrafos porque fue el primer hombre blanco en realizar el cruce longitudinal de la Patagonia, cuando desde la perspectiva argentina, todavía faltaban 10 años para la Campaña al Desierto. La edición en la cual nos basamos para este relato de El Cordillerano cuenta con una no menos ponderable reconstrucción de su recorrido, que hiciera el geógrafo Raúl Rey Balmaceda. Sus conclusiones se publicaron en 1960.

La cuestión es que aquel día, después de varias jornadas de mal tiempo, se produjo el segundo encuentro formal entre grupos de los tres pueblos. La descripción de Musters tiene el valor de una gran pintura al óleo. Después de que “la mayor parte de los patagones” estuvieran listos, “nos dirigimos hacia el lado del valle donde los indios araucanos unidos, al mando de Quintuhual y Foyel, estaban formados ya en línea, lanza en mano, esperando a nuestra abigarrada gente, que dio mucho que hacer a los caciques, a causa de sus disolutas ideas sobre formación militar”.

Hay que recordar que, precisamente, el inglés era hombre de armas, de manera que prestó particular atención a esa faceta del parlamento. Del lado de los tehuelches del sur, a quienes él denominaba patagones, “en cuanto los caciques y ayudantes conseguían establecer en una parte de la línea algo que parecía orden, los del otro extremo se apiñaban en grupos y se ponían a conversar o fumar”.

Así las cosas, “Foyel mandó pedir varias veces a Casimiro que hiciera formar debidamente a su gente, y al fin los tehuelches se ordenaron un poco y empezó la ceremonia”. Después, siguieron las deliberaciones de carácter político, que se extendieron hasta la tarde. Hay que mencionar que el encuentro había comenzado poco después de que se impusiera la claridad. Entre otras cosas, las autoridades presentes y sus seguidores decidieron continuar viaje hacia el norte, hacia la ruca de Valentín Sayweke.

Para Musters, había llegado el momento de intimar. “Después del parlamento fui a visitar a Foyel, que me recibió con toda clase de manifestaciones de amistad y consideración. En el curso de nuestra entrevista me pidió que le enseñara la brújula cuya fama la había precedido. Me la saqué enseguida del cuello, donde acostumbraba llevarla, e intenté explicarle su objeto”, anotó el viajero. “Al contrario de los demás indios, y aunque al principio la miró más bien con temor supersticioso, Foyel entendió en breve el objeto del instrumento”.

Sin embargo, el lonco también insinuó que “tal vez no solo podía ser útil para encontrar de noche el camino, sino también para dar suerte en el juego. En consecuencia, le pedí que la aceptara, lo que después de cierta indecisión, hizo con manifiesta alegría, envolviéndola cuidadosamente y dándosela a su hija para que la guardara”. De manera que Foyel comenzó a atesorar una brújula inglesa entre sus pertenencias.

Seguramente, las cualidades del dispositivo que Musters desconocía lo tomaron por sorpresa. Esa misma noche, “me retiré a la tienda de Casimiro mientras Foyel salía a jugar a los naipes, llevándose mi brújula como amuleto, y es curioso el hecho de que ganó a los tehuelches varios caballos, estribos de plata y otros objetos de valor”. Potente talismán, además de instrumento de orientación…

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