Noticias de Bariloche

La necesaria extensión de la soberanía al sur argentino

Toma “mapuche” en Villa Mascardi

Ante las situaciones violentas en el sur argentino, abordamos el problema con un método deductivo basado en análisis documental y bibliográfico, estructurado sobre la relación causal de dos conclusiones parciales que funcionarán como premisas para arribar a una conclusión final.

Frente al tema como el planteado, algunas corrientes pretenden supeditar la Historia a la Antropología, con el consecuente riesgo de, por un lado, subordinar los documentos y las fuentes a las interpretaciones y por el otro “sociologizar” la Historia. Considerar que existirían leyes que rigen la evolución de las sociedades no es intrínseco a la Historia, que busca el ser objetivo de lo real, aun siendo individual; no es el conjunto de las cosas y de los hechos individuales que componen la realidad. En nuestro caso, una cosa es establecer leyes genéricas sobre el indigenismo y otra es hacer historia de los indígenas en nuestra patria.

El plexo normativo federal de la República Argentina remite a los pueblos originarios, con arreglo a las convenciones de la OIT de 1957 (Nª 107) y 1989 (Nº 169) y a la ley 23.302/85, que definen el concepto de “pueblo originario” como aquel que vivía en determinado territorio previo a la colonización española.

Las identidades culturales implican determinadas prácticas sociales enmarcadas tanto en art. 27 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966 (PIDCP) como el concepto de “pueblo indígena” que refiere a un grupo con una identidad social y cultural con rasgos propios que residían en determinado territorio -según lo expresamos- con arreglo a la ley citada.

La reforma constitucional de 1994, en su artículo 75, inciso 17, “reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos” así como “la personería jurídica de sus comunidades y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan”.

Primera premisa: histórica

La evolución desde líderes carismáticos efímeros hasta un poder que se manifiesta en términos de jefaturas que por hereditarias produce estratos sociales, constituyeron una evolución de las etnias de la región (Service, 1996).

Tanto los restos materiales -arqueológicos- como los comportamientos etnográficos analizados desde el presente confirman la evolución de bandas recolectoras de subsistencia a tribus con la suficiente evolución para llegar a jefaturas de estratificación.

Así, los españoles, encontrarán liderazgos que administraban apropiación, almacenamiento y distribución, con un centro de toma de decisiones externo y diferenciado en relación con el proceso local que regulaban, que expandía su poder, este es el caso de la cultura araucana trasandina.

Los llamados mapuches, que remiten a los araucanos, llegaron desde el Norte al territorio que constituiría la Capitanía de Chile, colonizaron los bosques templados por medio de la caza y como horticultores por medio de la papa, con lo cual comienzan una influencia en el territorio circundante, para luego ir migrando hacia los Andes orientales a fines del Siglo XVIII (Casamiquela, 1964).

Los documentos y vestigios arqueológicos pueden diferir (Villar y Jiménez, 2003) sobre el país del monte (Mamil Mapu en mapudungun) aunque en general nos muestra que el idioma de la Araucanía aparece como lengua franca en las poblaciones indígenas del Norte de la Patagonia desde el siglo XIX.

Acerca del origen, la publicación del Museo Chileno de Arte Precolombino, titulado: “Mapuche, semillas de Chile” (2003) expresa:

“Finalmente fueron dominados (por los españoles) y sus tierras ocupadas a fines del Siglo XIX por el gobierno de Chile” (…) “Los mapuches son un pueblo originario del centro-sur de Chile”. (…) adoptaron elementos europeos, tan importantes como el caballo por ejemplo y según indicamos, indispensable para sus campañas bélicas. Además, la incorporación de este animal a la vida cotidiana les permitió aumentar su movilidad y extender su influencia, entre los pueblos indígenas que habitaban las pampas argentinas”.

“De modo que, durante los Siglos XVIII y XIX el poderío y riqueza de los jefes araucanos se basaban en las campañas bélicas con sus botines y en el control del tráfico y comercio de animales que llevaban de las pampas argentinas”. (…) Fue a través de este etnia que se “araucanizó” la pampa argentina (…)”

Desde mediados del siglo XVIII se registran malones con cierto grado de organicidad que producirá la creación en 1752 del cuerpo militar de Blandengues y los Fuertes donde fueron destinados para custodiarlos, Luján, Arrecifes y Magdalena.

Sin embargo, pese a los acuerdos -en oportunidades duraderos como el de Miraflores (1820), las guarniciones y los intentos evangelizadores, no se logró disminuir ni la sistemática fuga de ganado ni el secuestro de mujeres, sobre todo por los pasos neuquinos; es por esta razón instado Rosas por los gobernadores en 1832 a iniciar una campaña en nota presidida por el de Mendoza.

Facundo Quiroga, formalmente a cargo de la campaña, nombraría el 24 de enero de 1833 a Ruiz Huidobro, Jefe del Ejército del Centro, operando hacia el Sur de Córdoba y de San Luis. Y por su parte, el Brigadier General Aldao por la derecha, debía avanzar hasta la confluencia del Neuquén con el Limay.

Refiriéndose a los Tehuelches en carta a Guido del 12 de julio de 1833, Rosas le dirá: “Esta tribu sigue dando siempre pruebas de muy buena fe, amor y respeto”. Por su parte el 20 de julio, de aquel año, le escribe a Quiroga: “(…) Boroganos y Tehuelches que están de amigos, estos mucho más y al Sur de Río Negro por las costas patagónicas hacia la península de San José, pues como verá usted por mi oficio, estoy trabajando con provecho por el conducto de otros Tehuelches; creo que si los chilenos que han fugado de las costas del Negro se dirigen allí, los han de atacar y me han de entregar las familias y cautivos cristianos que tomasen. Y el 23 de ese mes refiriéndose al diálogo con el Coronel García que habían tenido con los Tehuelches: “(…) si se niegan a convivir con los blancos de Patagones, vendrán los indios chilenos y los exterminarían (…)”.

El saldo implicó el compromiso de no cruzar la frontera sin autorización y hacer el servicio militar de ser necesario, a cambio de lo cual cada cacique recibiría, caballos, yerba, tabaco y sal, con cierta regularidad.

En la presidencia de Avellaneda (1874-1880) su ministro de Guerra, Adolfo Alsina, propuso alcanzar el Río Negro que transitará por Azul y saldrá por el llamado “camino de los chilenos” hacia Caruhué, Guaminí, Puán y Trenque Lauquen.

Namuncurá reuniría más de tres mil araucanos y ranqueles -indígenas araucanizados- que atacaron el Sur de Buenos Aires, por lo cual se avanzará en 1876 con una zanja de 374 Km entre Caruhé y Laguna del Monte, paralela a la línea de frontera, de 3 metros de ancho por 2 de profundidad; aunque tampoco resolvió la situación.

La muerte de Alsina en 1877 dejó a cargo del Ministerio a Julio A. Roca, quien expresó un criterio ofensivo en el Congreso (14 de Agosto de 1878) para el traslado de la frontera a los ríos Negro y Neuquén, a los que se llegaron, abriéndose las comunicaciones hacia el litoral atlántico con la extensión de la red telegráfica.

Roca presidente (1880) continuando con la política expansiva del general Rosas diferencia las etnias con actitud de integración de las que resistieron violentamente por la influencia araucana.

Primera conclusión: el proceso de araucanización del sur argentino haciendo dependientes a las etnias locales y remisas a la integración a la nación -posterior a la conquista española- generó las campañas al sur del siglo XIX extendiendo la soberanía de la nación dentro de su marco jurídico.

Segunda premisa: etnográfica

En el siglo XV proyectó el imperio Inca su Kolla Suyu o reino del Sur, hasta los ríos Maule y Maipú, zona boscosa donde fueron repelidos, la conquista española posterior llegó a dominar hasta la isla de Chiloé, aunque en el siglo XVII, retroceden hasta el Norte del río Bíobío y si bien renuncian a la conquista de los territorios por la resistencia, no toda esta región reacciona de la misma manera frente a la invasión.

Unos se rebelaron y una vez arrinconados militarmente, pactaron con las administraciones coloniales. Ante la independencia de Chile, el territorio dominado por araucanos que se había mantenido con altos grados de autonomía tendió a plegarse a los españoles obstaculizando la construcción de la nación. Otros se expandieron, requiriendo mayores espacios para obtener medios de subsistencia.

La región patagónica a la llegada de los españoles presentaba dos grupos etnográficos principales con una división en el río Chubut: hacia el Norte, los Tehuelches, hasta los ríos Limay y Negro; y hacia el Sur los Aonikenk o Tehuelches, hasta el Extremo. En nuestro territorio los Patagones (Outes y Bruch, 1910) incluidos Onas y Yamanas hacia el Sur (Levene, 1939) Patagones y Pampas (Canals Frau, 1953) (Gonzáles y Pérez, 1976) asocian a los Patagones a los Tehuelches. Haciendo referencia a la etnia Tehuelche, diferenciando a los septentrionales, como Pampas -sobre todo en la cuenca del Río Chubut- y a los meridionales; el Tehuelche propiamente dicho, entre los ríos Santa Cruz y Magallanes (Escalada, 1949).

Algunos autores (Moyano, 2010) opinan sobre la necesidad de una autodeterminación, ya que los mapuches habrían ocupado un espacio del territorio, si bien reconocen que no llegaron a formar un Estado, que luego serían los países de Chile y Argentina.

Distintos documentos y vestigios arqueológicos de objetos con intención de uso resultan difíciles de compatibilizar (Villar, 2001), pero dan cuenta de un proceso de obligada mestización fruto de la unión de los vencedores araucanos y las cautivas tehuelches. Si bien en la zona de Chubut los Tehuelches habían resistido de forma más orgánica, hacia el sur el contacto es menos cruento, aunque el mestizaje da como resultante el predominio de la incursión que en el norte se ve favorecido por el desequilibrio demográfico producto de los reiterados enfrentamientos.

Otros autores consideran útil pensar la Pampa con la Araucania (Rodríguez Pinto, 1998), lo cual es factible y de hecho lo hacemos aquí. El error consiste en negar el origen de la violenta incursión araucana agudizándose cuando el ganado cimarrón comenzó a extinguirse a mediados del siglo XVIII, debiéndose avanzar sobre el ganado manso de los pobladores.

Habiéndose diferenciado las etnias y los procesos, entonces algunos autores argumentan que “todos” eran mapuche en un sincretismo que los englobaba (Moyano, 2013). Sin embargo, “mapuche” es un vocablo originario del siglo XX (1940) que refiere a una lengua, mapudungun (el idioma de la Araucanía), y a una cultura oral (Acuña y Menezotto, 1992).

Nos remitimos a fuentes y documentos, según lo planteamos en la introducción metodológica. Cuando el inglés Charles Darwin (1809-1882) llega a Carmen de Patagones y se entrevista el 22 de febrero de 1833 a orillas del río Colorado con Rosas, no registra la existencia de ningún pueblo “mapuche”. Lo propio sucederá con el comandante Luis Piedra Buena (1833-1883) y el Perito Francisco Moreno (1852-1919) conocedores de la Patagonia y sus tribus indígenas.

El marino inglés George Chaworth Musters (1841–1879) que exploró en compañía de Tehuelches la Patagonia tampoco los menciona, como no lo hace Santiago Avendaño, rehén de los Ranqueles desde 1842.

No existen referencias por parte de los caciques Pincén, Sayhueque, Calfucurá, Painé, o Namuncurá a una tribu “mapuche” (gente de la tierra) palabra que no aparece en los léxicos de los misioneros jesuitas ni salesianos y tampoco es mencionada por el Coronel Federico Barberá, autor del “Manual de lengua pampa”.

Nunca son mencionados en los partes militares del Ejército Argentino, ni por Juan Manuel de Rosas, ni por Lucio Mansilla, ni por Conrado Villegas, ni por los historiadores Manuel Prado (1863-1932) y Estanislao Zeballos (1854-1923). Y otros cronistas militares que participaron en las campañas, tampoco lo hacen. Todo lo cual da cuenta que la incursión araucana se produjo desde el siglo XIX (Casamiquela, 1979).

Segunda conclusión: el intercambio previo a la conquista pudo haber sido individual y de modo esporádico en los veranos, sin implicar una ocupación grupal ni duradera. Los llamados mapuches incursionaron en territorio ya argentino en el siglo XIX grupal y violentamente, saqueando parte de sus recursos.

Premisa menor: ningún pueblo es originario de tierras si no ocupó ese territorio antes de la conquista.

Premisa mayor: el llamado pueblo mapuche incursionó en suelo argentino a partir del siglo XIX.

Conclusión: el llamado pueblo mapuche no es originario de la Nación Argentina.

Las pretensiones de autodeterminación en territorio argentino de sectores indigenistas que se reivindican mapuche o apelan a maridajes contemporáneos mapuche-tehuelche, carecen de sustento jurídico, histórico y étnico. Los auténticos pueblos originarios de la nación argentina ni reclamaron ni reclaman ninguna escisión territorial, precisamente porque son aborígenes de nuestro suelo.

El autor es profesor de Enseñanza Media y Superior en Historia (UBA) Magíster en Defensa Nacional.

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