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Los Juegos Olímpicos de Berlín, la puesta en escena más grande del nazismo

La elección de la sede se había hecho antes de que Hitler accediera al poder. Hubo intentos de boicot estadounidense, pero no pasaron a mayores. Alemania se impuso en el medallero.

Los Juegos Olímpicos de Tokio continuarán hasta el próximo 8 de agosto (domingo) y como siempre dejarán mucha tela para cortar. Al momento de redactar estas líneas, encabezaba el medallero China. Japón hacía valer su condición de anfitrión, seguido por Estados Unidos y el COR figuraba en cuarto término. La sigla corresponde al Comité Olímpico Ruso, designación que tuvo que adoptar la delegación de ese país al estar suspendida Rusia por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). La determinación se adoptó al descubrirse un plan sistemático de doping que, según la investigación, había impulsado el gobierno ruso. Desde ya, Moscú se cansó de argumentar que la AMA obedeció a motivaciones políticas. Más allá de esos entretelones y salvo la intromisión de los anfitriones gracias a su localía, la distribución del medallero reproduce el escenario geopolítico que caracteriza este tramo del siglo XXI: China, Estados Unidos y Rusia. No solo cuestiones deportivas están en juego desde que se encendió la llama olímpica.

Desde esa perspectiva, quizá la edición más célebre fue la que se celebró en 1936 en Berlín. Tuvo lugar entre el 1 y el 16 de agosto, en el apogeo de la Alemania bajo dominio nazi. Las historiadoras con perspectiva feminista se harían una panzada con la distribución por géneros: de los 3963 deportistas que participaron, solo 331 fueron mujeres, es decir, menos del 10 por ciento. Se había elegido a la capital alemana como sede en 1931, cuando nadie podía aventurar que un año y pico después, Hitler accedería al cargo de canciller.

En el Gobierno, se propuso aprovechar a los Juegos de la XI Olimpíada -designación oficial- para desplegar frente a los ojos del mundo la hipotética grandeza del nazismo. Con ese cometido, el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, se encargó de elaborar un programa de difusión. La puesta en escena corrió por cuenta de Albert Speer y el registro fílmico quedó en manos de la fotógrafa Leni Riefenstahl.

El acontecer deportivo se inauguró el 1 de agosto, es decir, 85 años atrás. Con precisión teatral, el célebre dirigible “Hindenburg” sobrevoló el estadio olímpico, momentos antes de que el mismísimo Führer entrara en escena. Buena parte de la faena quedó en manos de las radios y los medios gráficos, pero por primera vez se transmitieron en directo 72 horas del acontecimiento por vía audiovisual. Las alternativas fueron vistas por 150 mil ciudadanos y ciudadanas alemanes en Berlín y Postdam, quienes se congregaron en locales del correo para asistir a las proyecciones.

Estados Unidos amagó con boicotear los Juegos, pero finalmente, su delegación asistió puntual. A tal punto que la gran estrella, desde la perspectiva estrictamente deportiva, fue el recordado atleta Jesse Owens. Como era afroamericano, se especuló con que Hitler no quiso felicitarlo en persona, a pesar de obtener cuatro medallas de oro. Sin embargo, la historia indica que el jefe alemán solo saludó a los dos primeros ganadores. Es comprensible: en esa oportunidad se distribuyeron 111 preseas doradas. Más allá de la creencia en la superioridad de la raza aria, el canciller no tenía por qué estar presente cada vez que una prueba llegaba a su fin.

El país que sí boicoteó a los Juegos bajo el nazismo fue España, quien no envió a sus deportistas. Para contrarrestar la jugada del fascismo, el Gobierno de la República organizó la Olimpíada Popular en Barcelona, pero el certamen alternativo no pudo realizarse porque el día anterior a su inauguración  principiaron los tres largos y sangrientos años de la guerra civil, precisamente, evidente prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial.

En la lista de participantes, tampoco estuvo la Unión Soviética. Si la Alemania del nazismo quiso expresar su poderío a través del deporte, se salió con la suya porque terminó primera en el medallero y lejos: 33 doradas, 26 de plata y 30 de bronce, para totalizar 89. Segundo fue precisamente Estados Unidos: 24 de oro, 20 plateadas y 12 de bronce. Desde la lógica deportiva de hoy, llamará la atención que tercera se posicionara Hungría.

Si se hubiera ahorrado su antisemitismo, la delegación alemana habría logrado mejores resultados aún. Si bien poseía un récord nacional en salto en alto, conseguido un mes antes de comenzar los Juegos, la atleta Gretel Bergmann fue excluida de la representación por su condición de judía. Durante toda la década había descollado entre sus pares, pero no pudo sortear la discriminación. Afortunadamente, alcanzó a emigrar y continuó su breve trayectoria deportiva en Estados Unidos.

Otra anécdota que tiene tufillo a racismo. En el segmento futbolístico, el 8 de agosto se disputaron los cuartos de final entre Austria y Perú. El encuentro se celebró en el estadio del Hertha y finalizó con el triunfo incaico por 4 a 2. Pero los directivos austríacos protestaron y las autoridades olímpicas dispusieron la realización de un nuevo partido. Perú no aceptó y retiró la delegación. Un año y medio después, se produciría la anexión de Austria al Tercer Reich, como otra provincia alemana.

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