Noticias de Bariloche

Maradona, un hombre del sur

Gran parte de Bariloche se encuentra de duelo, más allá de los tres días decretados por el gobierno.

Parece que hasta el clima tuviera bronca.

Diego Armando Maradona está muerto.

Cosa extraña los sentimientos. Un pibe que jamás lo vio jugar, más que en algún que otro video que el padre se “clavaba” en una noche de sábado por algún canal deportivo, está desconsolado.

A alguien que ronda la cincuentena, que era adolescente en 1986, se le desgarra el corazón.

Alguno un poco más chico, que tendría diez años en el noventa y, a la distancia, lloró con él en la final de Italia, vuelve a hacerlo ante la noticia negra.

Gente de sesenta, que creció al mismo tiempo, que, mientras su presente se hundía en el fango de la cotidianidad, observó cómo el astro alcanzaba las alturas prometidas, siente que perdió al hermano que llegó lejos.

Los mayores, acostumbrados a que había cosas de las que no se hablaba, que frente a algunos atropellos era mejor no hacer nada, en su momento vieron cómo el pibito de la villa se les plantaba a los poderosos, decía lo que supuestamente no se debía y, sin más armas que una pelota, lograba que el mundo se rindiera a sus pies… Esos hombres, ya grandes, ahora sufren como si hubiera fallecido un hijo díscolo, que los hacía rabiar tanto como sonreír.

La sensación es igual en todo el país. Y esos escalofríos que no cesan incluso traspasan la frontera.

Porque Maradona fue, es y será Maradona en cada rincón del globo.

Si uno es la cantidad de lágrimas que se derraman cuando llega la partida final, el Diez es un mar infinito.

Y si bien ese llanto se esparce por doquier, no está mal ponerse a pensar por qué esos suspiros dolorosos se reproducen en casi todas las esquinas barilochenses.

¿Qué une a un poblador sureño con aquel que alcanzó las estrellas?

No hay solo una respuesta, sino que se multiplican por la cantidad de personas que lo estiman, porque cada cual tiene “su” Diego.

En los barrios humildes es la identificación del que logró salir del lodo, pero sin sacarse del todo el barro de los botines, porque nunca renegó de sus orígenes.

El laburante lo toma como el mejor obrero, porque al don le puso mucho esfuerzo.

La señora de buen pasar no sabe bien por qué, pero se emociona cuando escucha su nombre.

Y todo eso, más infinitas variantes, se siente fuerte en un recoveco del sur, donde el frío parece que forma personas reacias a la efusividad, y, sin embargo, aquel muchacho que salió de la nada las hace ser demostrativas.

Maradona necesitó, desde lo económico y lo espiritual, compartir su magia.

Haciendo lo que mejor sabía, logró dinero y fama.

Y la gente fue feliz con esa deidad de piedra y tierra.

Pero siempre se le pidió más.

Lo raro, o no tanto, que por algo fue Maradona, es que él se lo dio.

La ciudadanía quería opiniones, él las tenía. Quería un regreso más, él volvía. Quería que resucitara, él lo hacía.

Pero todo ese dar lo hizo resbalando por la cornisa.

Mal acompañado o no, se equivocó y pagó, como dijo en aquel día inolvidable en la Bombonera. No una, muchísimas veces.

Y las equivocaciones, los dolores, las malas juntas, la necesidad, y hasta los golpes de suerte, son cuestiones comunes a todas las personas.

El barilochense, que muchas veces se aprecia marginado en su propio país, como si esta ciudad fuera un Edén para visitar y luego olvidar, se consideró un par con ese ser que siempre pretendió estar del lado de los relegados.

En esta localidad está muy presente esa impresión de encontrarse al margen del tablero de ajedrez del país. Como si solo se la usara para hacer jaque mate, pero sin disfrutar del juego.

Y el Diez se coló por viejos televisores que hacían un esfuerzo por funcionar en los barrios del Alto, acompañó con sus jugadas las mesas de los mejor posicionados, y fue motivo de conversación en las familias de clase media típica.

Estuvo pocas veces por estos pagos.

Cuando tuvo la posibilidad de disputar un partido, en los tiempos postreros de su carrera como jugador, con una vergüenza que le calaba hondo, por la falta de estado signada por los excesos y cierto cansancio de ser Maradona las veinticuatro horas, prefirió no hacerlo.

Sin embargo, jugó siempre en la mente de cada uno de los que, tan lejos, lo sintieron/sienten cercano.

Bariloche, como Maradona, muchas veces fue utilizada.

Es la joya natural para mostrar cuando viene una visita importante, o en imágenes para difundir en el exterior.

Pero, si no hace falta, queda en el olvido, relegada a su propio andar, con las asperezas climáticas y económicas, las desigualdades sociales, la juventud que, sin acompañamiento, está al borde de la nada…

Se la llama para sacarse la foto, porque ahí es necesaria.

“Bariloche es nuestra”, se llenan la boca.

Y luego, otra vez el ostracismo. A confinarla a sus penurias.

El Diez, toda su vida, vivió algo parecido.

Quizá ahí radique ese punto de contacto que se pretendió hallar en estas líneas.

Maradona, habiendo nacido en la pobreza del Gran Buenos Aires, sin saberlo, también vivió en este rincón de la Patagonia.

Era, por esencia, un hombre del sur.

Bariloche siente propia la pérdida. Como ya se dijo, cosa extraña los sentimientos.

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San Carlos de Bariloche, Argentina