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Mate y asado, más viejos que la Patria

EN LA CIUDAD DE 1810, TERTULIAS Y CONFITERÍAS. EN EL CAMPO…

| 25/05/2022

La sociedad que produjo la Revolución de Mayo presentaba muchas más grietas que la actual, de hecho, se organizaba en castas. En las áreas urbanas, “había una vida social con pretensiones”.

En Buenos Aires, la población que fue contemporánea a la Revolución de Mayo se reducía a 41.642 habitantes, si se contaba tanto a la ciudad como a la campaña, es decir, a las zonas rurales. Esa cantidad incluía a 503 “negros libres” y otros 6.372 esclavos, quiere decir que casi el 16 por ciento de las y los bonaerenses era de origen afro. Sin embargo, eran los blancos los que estaban en las posiciones más envidiables de la jerarquía social y afirmaron su sentido aristocrático durante todo el período colonial. Después también…

En las áreas urbanas, dispusieron de “viviendas más tolerables y vestían con cierto lujo”, según se describe en “Historia Argentina” (Tipográfica Editora Argentina 1965), obra en cuatro grandes tomos de Diego Abad de Santillán. El rescate del historiador destaca que “en 1658, cuando visitó Buenos Aires Acarete Du Biscay, halló personas muy ricas en dinero, cuyas casas espaciosas ostentaban muebles lujosos, colgaduras, cuadros y cuya vajilla era en su mayor parte de plata”.

En los tiempos que precedieron a la Revolución, “había en la ciudad incipientes comerciantes que poseían capitales de hasta 60.000 libras esterlinas” y “en las casas principales se veía una numerosa servidumbre: negros, indios y demás castas. La actividad de los vecinos pudientes tenía una base en el ganado, es decir, en la exportación de pieles, en el comercio de contrabando y en el comercio lícito”, continúa la semblanza del historiador.

Con algún dejo irónico, comenta el texto que “había una vida social con pretensiones, donde las damas lucían atavíos y peinados a la moda; los festejos periódicos, religiosos o civiles, por ejemplo, la coronación del nuevo monarca, daban oportunidad para la exhibición social”. Además, “en las casas de cierta categoría se realizaban tertulias con bailes y música y para la diversión corriente había cafés y confiterías”.

El esparcimiento de las y los porteños se complementaba con la Casa de Comedias, en el barrio de Montserrat; y la plaza de Toros, en el Retiro. En la sociedad que produjo la efervescencia de 1810, “tanto los españoles peninsulares como los criollos tenían el mismo menosprecio por el trabajo manual y lo dejaban a los negros, los mestizos y mulatos; pero la armonía interna de la ciudad no existía; la división entre blancos europeos y americanos era tajante como la de los blancos y las castas”.

De hecho, Félix de Azara, quien quedó en la historia con un gran naturalista, “observó que era en las ciudades donde reinaba, entre otras pasiones, el aborrecimiento que los criollos o españoles nacidos en América profesaban a todo europeo y a su metrópoli principalmente”, es decir, a España. “Buena parte de los próceres de Mayo de 1810 eran hijos de españoles europeos en la primera generación”, constató Abad de Santillán.

A pesar de esas grietas, por utilizar jerga contemporánea, “la alimentación era abundante y barata”. Según el historiador, “la pobreza, más que en la comida, se advertía en la indumentaria”. Como publicó El Cordillerano un año atrás, no era tan así. El plato más difundido por entonces no era el locro, como tiende a suponerse, sino la “olla podrida”, un potaje de cocción larga en el que se incluían los cortes de carne que estuvieran a mano. Con el mismo criterio, se añadían las verduras.

En el campo, la alimentación era distinta, al igual que los medios económicos. Los peones, “en buena parte era gentes que vivían al margen de la ley y que no tenían más dificultad para asegurar su vida material y su subsistencia, que levantar un rancho precario, sin puertas, y cuyas aberturas cubrían con cueros para defenderse de la lluvia o el frío”. Asimismo, “su cama solía ser un cuero estirado sobre cuatro estacas, o una manta o un cuero en el suelo”.

También era austero el interior de aquellos ranchos. “Su mobiliario se reducía a un pequeño barril para agua, un cuerno de vaca u otro, una pava para calentar agua con que cebar mate” y “unos asadores de madera para carne”, según la enumeración de Abad de Santillán. “En esos ranchos se formaba a veces el hogar y nacían los hijos, a los que se habituaba a andar a caballo desde muy jóvenes”. Por más pobre que se fuera, mate y asado no faltaban nunca.

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