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Observaciones de Henry de la Vaulx, 125 años atrás

El francés venía de General Roca y tuvo muchos inconvenientes en arribar al casco, al que imaginó erróneamente como un oasis. Fue muy generosa su descripción de Quetrequile.

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Las desventuras con que se iniciara el viaje de Henry de la Vaulx al Río Negro profundo no se agotaron al llegar a la estancia inglesa que, por entonces, se levantaba en Maquinchao. Las expectativas que abrigó el francés se evaporaron rápidamente, al no encontrar un recibimiento más o menos cálido por parte de sus anfitriones, seguramente involuntarios. Hasta entonces, la primavera de 1896 no se presentaba amigable para las aspiraciones del viajero.

125 años atrás, días más, días menos, el conde sumó un nuevo desengaño. “Aquí hay una estancia confortable, a pesar de la aridez y la soledad de la región de más al norte. Mis ojos, desacostumbrados a ver algo que no sean las pálidas vastedades bajo un cielo tristón, descansan ahora quietamente sobre enormes rebaños de ovejas, más de veinte mil, que pastorean tranquilamente en el valle que el crepúsculo va invadiendo”.

Este tramo de su recorrido había arrancado en General Roca. “Me parece que en esta estancia tendré el gusto de conocer gente afable cuya hospitalidad sonriente distendería mis nervios, aliviaría mi cerebro, me incitaría -en una especie de bienestar- a conversar sobre la gente de la región, sus costumbres… Toda una filosofía sin pretensiones, pero sustancial y clara, por la que uno se las ingenia para sobrevolar un poco el simple hecho de existir”.

Es más, “encontrar franceses en ese momento me hubiera llenado de alegría”, especuló el noble. “¡Pero no! Me topo con una especie de poste anglicano antipático como un aya y frío como un puritano, que dirige la casa y que me recibe de manera que no me dan ganas de pasar mucho tiempo ahí. Sin embargo, aprovecho la herrería de la estancia para reparar mi carro, muy dañado por los sacudones del viaje”.

A pesar de ese aparente desagrado, la comitiva que lideraba el francés se demoró cinco días en retomar su camino. Partió de Maquinchao el 23 de octubre y “nos dirigimos a Quersqueley”, el Quetrequile de la actualidad. Por entonces, Ingeniero Jacobacci no estaba en los planes de nadie. “La primera jornada avanzamos muy poco, hostigados por el pampero que, sin piedad, nos muerde la cara. Las mulas se empacan y yo mismo casi me dejo confundir por el condenado viento que sopla con fuerza”.

En la Patagonia, era y es así. Al día siguiente, uno de los animales sufrió un accidente que obligó a pernoctar en un sitio poco propicio. “El agua es salobre, así que el mate tiene un sabor horrible. Seguimos en la mala y a la noche cae una copiosa lluvia, que al día siguiente se transforma en nieve. Literalmente, estamos empapados, la carpa no estaba armada y no podemos pensar en ir a Quersqueley con este tiempo”.

Como dice el dicho, no hay mal que por bien no venga, porque “en medio de la desgracia sacamos algo bueno, y es que la nieve que recogemos en nuestros abrigos se transforma fácilmente en agua para preparar -con carne traída de la estancia- un sabroso puchero en la marmita de la campaña”. En esas circunstancias, debió saber mejor que el plato estrella de Bariloche a la Carta…

El pequeño contingente arribó a Quetrequile el 26 de octubre. De la Vaulx lo describió “como uno de los sitios más hermosos que encontré en mi viaje. Es un vallecito regado por un arroyo cristalino, en cuyas orillas se alinean los toldos de los indios. La entrada al valle es una angostura entre dos rocas elevadas”, describió. La población que allí creció años después perdió paulatinamente su importancia, al trazarse el ferrocarril con el recorrido que llegó a nuestros días y al quedar durante varios años Huahuel Niyeo (Jacobacci), como punta de riel.

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