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Pago chico

Cirilo Alcaraz llegó al Nahuel Huapi en junio del ´35. Se alojó en la pensión de doña Aurora, una modesta casona que por ser la última parecía estar yéndose del pueblo. En el comedor, a la hora del almuerzo, se juntaban todos los huéspedes. Era la única comida que se servía. Las porciones eran abundantes, por lo que con una de ellas se podía pasar el día. El salón principal tenía dos mesas largas, contra las paredes, a las que se sentaban todos esperando alguna delicia que traía de la cocina la dueña de casa.

Allí fue donde un día conoció a un tal Parada, chileno, que había llegado en un barco desde su país, a través de los lagos, tratando de tentar suerte “de este lao del morro”, como le dijo mientras comía unas migas de pan que habían quedado sobre el hule. Parada ya llevaba unos meses en el pueblo, estaba enterado de todo el quehacer, diurno y nocturno. Oportunamente le consultó a qué se dedicaba, pero su respuesta fue evasiva por lo que no insistió.

Parada lo invitó ese viernes a acompañarlo a un salón bastante grande, ubicado en el otro extremo del pueblo. Llegaron temprano. Cirilo era reservado, de pocas palabras, por lo que dejó hacer a su compañero, el que saludó a algunos conocidos. Había un mostrador a lo largo, paralelo a una de las paredes laterales y mesas diseminadas en el salón, en las que varios parroquianos tomaban sus copas. Otros jugaban algún truco o tiraban dados sobre un paño verde. Al fondo se veía una puerta doble, la que daba paso a la pista de baile. El lugar no era lujoso pero a Cirilo le resultó agradable. Poco tenía que ver con aquellos boliches de campo a los que estaba acostumbrado. Luces y un agradable aroma a piso encerado contrastaban con el aire espeso por el humo de los fogones.

Llegó a Bariloche luego de desprenderse de una tropa de mulas que iba para el lado del valle. Decidió probar suerte en ese pueblo que crecía a orillas del Nahuel Huapi. Ya vería de conseguir algo.

Esa mañana había estado conversando con alguien de la Compañía Lahusen que le dijo que necesitaban gente de a caballo para acercar unos arreos al matadero. Quedó de ir el lunes. Por el momento iba tirando con unos pesos que tenía ahorrados.

Parada hablaba bastante, casi demasiado para el gusto de Cirilo, pero las descripciones de su patria lo atraían. Se les fue yendo la charla noche adentro, acompañada de una cerveza que según le comentó su compañero, la hacía un alemán de la zona.

Unos metros más allá de donde estaban ellos, junto al mostrador, un par de hombres hablaban en voz cada vez más alta, según subía la ingesta de vino, la que no había cesado desde que llegaron. Uno de ellos dijo algo sobre la cantidad de gente llegada de Chile que venía a quitar trabajo a los pobladores de este lado de la cordillera. Cirilo estaba seguro de que Parada los escuchaba, pero no acusaba recibo. Unos minutos más tarde Cirilo se dio cuenta de que aquello iba en escalada, con ofensas cada vez más directas. Le hizo un gesto lo mas disimulado posible a su compañero, indicándole que se retiraran. Cuando se acercó quien despachaba las bebidas, le pagaron. En ese momento escucharon a aquel hombre decir: “No se vayan señoras, que la música todavía no empezó”.

La provocación fue tan directa y en tono tan elevado, que se desplomó un pesado silencio en el salón, tan frio como la helada que caía afuera. Algo parecido le recorrió el cuerpo a Cirilo. Se consideraba un hombre pacífico, pocas veces en su vida había peleado.

Alguien desde una mesa cercana a la ventana (más tarde supo que era el propietario del local) se acercó al provocador y le pidió que se retirara junto a su compañero. El hombre pasó a poco menos de un metro de Parada y Cirilo. Caminó algo errante, lo que mostraba su estado de ebriedad. Cirilo alcanzó a cruzar su mirada con él y vio la ira en sus ojos. El hombre soltó un sonoro eructo, el que fue festejado por quien se retiraba con él y alguno de los presentes. El ambiente quedó cargado, como no queriendo soltar la tensión que se había apoderado del local.

Mientras se sentaban en una mesa, Cirilo recordó el episodio vivido tiempo atrás, que derivó en su presencia en Bariloche. Hacía un mes más o menos, en una mañana lenta, con modorra, de esas en que el sol brilla en el cielo pero no puede derrotar a la helada, había despertado unos minutos antes. Lo primero que vieron sus ojos, como cada mañana desde hacía un tiempo, fueron las tablas del piso del carro, las cuales eran su techo, ya que dormía debajo de él. Se había conchabado en la tropa de Celestino Muñoz cuando ésta pasó por Colan Conué, rumbo al valle. Venía de trabajar un tiempo en una estancia de la zona, donde llegó con un arreo y se quedó para armar tropas para la esquila. La paga escaza y el mal carácter del capataz lo llevaron a aceptar unirse a la tropa. Cirilo y un tal López eran los únicos que marchaban de a caballo, los demás lo hacían sobre los carros.

El aroma de una fogata y las voces de sus compañeros lo invitaron a levantarse. Antes, estiró las piernas, debajo de las pilchas. Pasó una mano por su cara, se sentó sobre el recado y pronto salió de abajo del carro. Camino al ojo de agua cercano, donde se lavaría, sintió la chanza de algún compañero en alusión a que había tardado en levantarse. Normalmente se montaba una guardia rotativa por las noches. A él le tocó la noche anterior, de ahí la demora en levantarse.

Don Celestino estaba parado en una pequeña loma, a unos doscientos metros del campamento. Lo acompañaba un criollo de apellido Seguel. Seguramente estarían evaluando el rumbo a seguir luego de enganchar los carros a las mulas.

Si bien Celestino Muñoz era español, llevaba varios años recorriendo la zona, entre Patagones y el valle o la cordillera. El ojo de agua a Cirilo le devolvió su imagen. El sol le iluminaba el rostro de lleno. Se vio desprolijo, con la barba algo crecida. Le pareció un buen momento para afeitarse, aprovechando ese espejo natural que le ofrecía el agua. Pensó en ir hasta el carro a buscar la brocha, el jabón lo tenía allí junto a la toalla, de paso traería algo de agua caliente desde una de las pavas del fogón.

En el mismo instante en que se incorporó sintió una especie de tropel. Lo primero que pensó fue que algún puma o zorro habría espantado a las mulas y unos borregos que llevaban para consumo, pero no, era más intenso. Al girar sobre sí para mirar en dirección al mallín, vio que venía avanzando una cuadrilla a todo galope, no los contó con precisión pero calculó más de cinco seguro. Escuchó un alerta de Seguel y al volverse, vio que Muñoz corría en dirección a los carros. No quedaban dudas de que se trataba de un asalto. Los había tomado por sorpresa.

Generalmente las bandas que asolaban la región operaban amparadas por las sombras de la noche, rara vez lo hacía de día. Seguro de no haber sido visto, Cirilo se arrojó debajo de unas cortaderas cercanas al agua. Sería en vano arriesgar su vida intentando hacer frente a esa gente armada y dispuesta a todo. Eran siete hombres. Dos de ellos apuntaban con sus armas a todo el personal de la tropa y los demás cargaron en bolsas todo aquello que le parecía de valor. Duró apenas unos minutos, los que a Cirilo le parecieron una eternidad. Tardaron un buen rato en salir del asombro y el estupor por lo vivido.

Lentamente cada uno empezó a revisar sus pertenencias, constatando qué le faltaba. A Seguel le llevaron el poncho Castilla y una rastra. A Rivera, el cocinero de la tropa, un sombrero y el cinto con algunos pesos que guardaba en su interior. Cirilo, por suerte, tenía sus pertenencias debajo del recado. No se sintió orgulloso por haberse escondido, no era hombre de recular pero la pronta evaluación de la situación lo hizo comprender que no tendría chances al enfrentar a aquella gente. Solo pensó en salvar su pellejo ante esa situación que, por suerte, tuvo un final más o menos  calmo, pese a las pérdidas. Celestino Muñoz fue el más perjudicado. Le llevaron un bolso donde guardaba una importante suma de dinero y un rifle entre otras cosas. Lo que más lamentaba era un cuchillo traído de España, que había sido de su padre. Justamente la noche anterior, Cirilo se lo pidió prestado y lo valoró, mientras comían junto al fogón. Tenía trabajada la empuñadura en plata y oro y una hoja filosa, en la que las llamas jugaban al reflejarse.

Lo conmovieron los dientes apretados y las lágrimas que rodaban por las mejillas de aquel hombre, de aspecto rudo, pero al que la pérdida de algo tan valorado lo derrumbó. Cirilo volvió de sus recuerdos a esa noche en Bariloche, sentado a la mesa de un bar, no queriendo estar allí. Sintió un murmullo que venía desde la puerta de acceso al local. Otra vez aquel hombre violento, pugnando por entrar. Estaba totalmente desencajado. El muchacho que atendía el mostrador intentó detenerlo pero solo consiguió un tajo en su mejilla. “¡Termínela Choco!”, gritó alguien que evidentemente lo conocía, pero no tuvo suerte.

El hombre estaba a poco más de un metro de abalanzarse sobre Parada y Cirilo Alcaraz, que miraban desde la mesa, paralizados. En el preciso momento en que Cirilo se levantaba, tirando la silla y con la mano en la solapa intentando hacerse de la navaja que llevaba en el bolsillo interno de su saco, para defenderse ante la inminente agresión, hoyó el estampido seco e inconfundible de un disparo, que salió desde un revólver que sostenía en su mano Parada.

El tal Choco pareció chocar contra algo invisible. El disparo que dio de lleno en su pecho lo detuvo. Cirilo recordó por mucho tiempo el rostro de ese hombre, cruzado por un gesto incomprensible, casi de asombro, como tratando de entender lo que le pasaba, con esa flor roja que florecía en su camisa blanca. También pensó en lo chico que era el pago, al ver la mano derecha del muerto, apretando el cuchillo que había sido de Celestino Muñoz.

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