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¿QUÉ SERÁ DE…? Carlos Basso, el navegante que más veces acompañó al “Flaco” Aníbal Eggers

Fue uno de los hombres que más acompañó al histórico piloto local. Tiene cientos de historias y las recuerda a la perfección. Salió campeón de navegantes el año que el Flaco ganó el Gran Premio de 1982, cuando Bariloche recibió a la elite del mundo del rally.

Nació en Bariloche el 24 de mayo de 1953. Es hijo de Héctor Luis Basso y Lilia Herrera. Integrante de una familia numerosa, su infancia la pasó junto a sus hermanos María, José Luis, Helena, Domingo y Héctor. Hoy en pareja con Cecilia Mortensen, tuvo seis hijos, Carlos Manuel, Claudia, Ricardo, Belén, Camila y Sofía.


La pasión de Carlos Basso fue el automovilismo.

Cursó el colegio primario en Cholila y culminó sus estudios en la escuela del Mallín, el colegio secundario lo cursó hasta quinto año en la Escuela Nacional de Educación Técnica 1, Jorge Newbery, momento en el cual comenzó a trabajar de chofer en los micros de Santiago, los cuales se trasladaban desde Blest a Laguna Frías, luego pasó por Peñimel y Catedral Turismo.

Sus comienzos en el deporte

Dueño de una sonrisa casi permanente, Carlos Basso cuenta que “desde chico jugábamos a la pelota, cuando estaba en la secundaria tenía un compañero de apellido Espinosa y comenzamos a andar en bicicleta y empecé a competir cuando se creó el pedal Club 9 de Julio, siempre fui amante del deporte en general. Jugábamos al fútbol con Bocha, el Negro y el Botón Burini, Oscar Melgarejo, el Gringo Daniel, este deporte siempre lo hice en Boca, pero siempre fui amante desde chico de varias disciplinas”.

Los fierros

Cuenta Basso que “cuando mis padres llegan a Bariloche y se instalan donde era la parrilla la Estancia y a metros tenía su taller mecánico el Flaco Aníbal Eggers, yo yendo a la ENET estaba todo el día metido allí, conmigo siempre fue muy generoso con sus conocimientos y la verdad es que desde el comienzo es como que pegamos buena onda y comencé poco a poco a aprender todo lo que él me enseñaba y a apasionarme con este deporte”.


En el autódromo de Bariloche.

Debut y triunfo

Carlos Basso recuerda que “en el año 70 y 71 comencé a acompañar a Aníbal Eggers que viajaba a correr al Valle en la pista, en ese grupo estaba Carlos Conegli, la familia Minor. Un día, creo que era 1971 me da la oportunidad de subirme con él, fue en una competencia que se hacía en Costanera, siempre convocaba a mucha gente y me subo. Íbamos ganando por bastante distancia y volcamos en la subida del Centro Cívico. Como íbamos punteros por bastante margen, la gente nos dio vuelta, seguimos y el Flaco ganó esa carrera”.

El vuelco en el paso a nivel

Con una memoria envidiable, Carlos Basso dijo que “en 1971, Aníbal le compra un Gordini a Polón Beveraggi y salimos a probarlo camino al río Limay. Yo iba adelante con Gustavo Ezquerra y Aníbal iba atrás con José Luis Minor. Antes de ingresar al paso a nivel mordieron una alcantarilla y volcaron. Aníbal casi se desnucó y ese accidente le produjo un estiramiento de las cuerdas vocales por el que comenzó a quedar afónico”.

La victoria en el Gran Premio del 82

Carlos Basso indica que “a Aníbal le gustaba más la pista que el rally, pero fuimos a correr en 1976, fue mi debut en el rally. En 1982 arrancamos a seguir todo el certamen con un 128 que preparó la peña de taxistas, ese año sobraba colaboradores, fue increíble el apoyo de la gente. Salimos segundos en San Luis y en Tucumán y en la Vuelta de la Manzana nos quedamos. Ese año fue uno de los mejores en el certamen de navegantes, yo salí campeón y el Flaco en el campeonato de pilotos salió subcampeón. Luego comenzó a correr con Flavio Galindo y allí arranca Edgardo que andaba con nosotros y que luego fue el más profesional de todos los navegantes”.


Junto a parte de su familia.

Veinte mil historias con Eggers

Una pausa en su historia, segundos de rememorar y Basso nuevamente arranca “yo le debo todo al Flaco, todo lo que me gusta, el automovilismo, se lo debo a él. Era tajante, o te quería o te ignoraba. La amistad nuestra fue creciendo conforme pasaban los años. Había veces que lo acompañaba y no hablaba. Había carreras que eran dos días de viaje. No había comida y no comíamos. Dormíamos adentro del auto. Mucha gente le debe sapiencia al Flaco. Yo por ejemplo corro mi última competencia en el 2000. Pilotos peleando el campeonato y Eggers me prepara un auto. Fui y gané, bajé a todos los candidatos, sabía y entendía todo y no tenía reparos en enseñar y dar”.

Lo que el deporte dejó

Basso es agradecido con todo lo que le pasó y en gran parte del relato lo manifiesta. “El deporte me dejó todo, es todo. Me dejó un montón de amigos, muchos recuerdos. Yo creo que el deporte para cualquier persona es un cable a tierra, yo tuve la fortuna de hacer sin dinero, ese deporte sin dinero es imposible, siempre fui laburando, podía vivir con mi sueldo, pero lo pude hacer, pero soy un convencido que si tenés ganas de hacer algo, lo vas a lograr, todo es sacrificado, pero siempre las cosas llegan. Mi vida fue así y no me arrepiento de nada, es complicado arrepentirse de las cosas que se hacen en el deporte. Hoy llego a alguna carrera y muchos de la vieja época te saludan y te ponés a hablar de carreras que recuerda mucha gente”.


Con su hijo mayor, Carlos Basso (H) con quien comparte la pasión del automovilismo.

Historias y más historias

Bariloche siempre fue fierrero y eso lo demostraron los fanáticos que, cuando hay competencias, lo hacen saber al costado de cada trazado. Basso lo sabe e indica que “antes, en Bariloche se hacían carreras en el Campo Lera. Recuerdo que el primer Chevrolet Rally Sport lo trajo el papá de Raúl Valdéz. Un día de carreras lo fue a mostrar y el Negro Torrontegui se lo lleva puesto, le rompió todo al auto”.

Anécdota

Basso tiene buena memoria y se acuerda de una historia del papá de Carlos y Eduardo Bravo. “Íbamos con el Flaco Eggers a probar un 128 camino al circuito ‘Gran Lago’ que quedaba en Dina Huapi. En eso llega Raúl Bravo, el papá de Carlos y Eduardo con todos sus hijos en un Peugeot que se iban a tomar unos mates a Santa María. Insistimos para que diera una vueltita y bajó a todos los chicos del auto y da la vuelta, en una de las curvas, donde está el Milagro, engancha el pavimento y vuelca. Los hijos estaban muy enojados, armaron la torta para el mate entre todos, se subieron al auto y se fueron con rumbo a Santa María, a tomar los mates, con la torta bastante revolcada”.

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San Carlos de Bariloche, Argentina