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Reflexiones de la vida diaria: en los Profesionales en Nuestra Vida, El Dentista

Serie Los Profesionales en Nuestra Vida: El Dentista

Se vienen los días del morfi intenso, y uno tiene que ir preparando una parte fundamental de su cuerpo: la dentadura. O ir comprando pegamento, fijador y masilla.

Y para mantener nuestra salud dental, en la vida tenemos que recurrir a los dentistas. Mucha gente le tiene miedo al torno y a las inyecciones de anestesia. Yo no le tengo miedo ni al torno, ni a la anestesia. Le tengo mucho más miedo a la cuenta.

Además, a esta altura tengo tantos puentes en mi boca que ya podría poner un Telepase para cobrarle peaje a la comida.
Y la visita al odontólogo tiene momentos realmente incómodos y absurdos.

En mi caso, que mido más de un metro noventa de altura, nunca entro en el sillón. “¡Ja! Voy a tener que comprar uno más largo” es la respuesta universal que recibo. Pero a pesar de que a mi dentista ya le he pagado el equivalente al costo de un estadio de Qatar, jamás cambió el sillón. Y yo estoy seguro que con lo que le pagué, ¡podría cambiar hasta el consultorio!

En mis años de experiencia, he notado que no les están enseñando las cosas elementales en la facultad de odontología a los dentistas: el tipo usa esa pinza tipo ganzúa, te toca y vos pegás un grito de dolor que hace que los tres pacientes en la sala de espera huyan despavoridos. Y te pregunta: “¿Duele ahí?” “No. Si estoy practicando para el mundial de masoquismo”. Es el abc de la medicina: si tocás y el paciente aúlla de dolor… ¡duele! Y no solo duele: ¡Es ahí!

¿Y cómo pretenden agrandar la clientela si para darte anestesia usan esas jeringas metálicas con una punta más amenazante que mirada con hambre de Hannibal Lecter? ¿Y por qué la anestesia que te ponen con el algodoncito antes de enchufarte la inyección nunca evita que te duela? Miles de años de civilización y los dentistas siguen usando el mismo instrumental que un cerrajero: pinzas, ganchos, ganzúas, limas, serrucho… y no lo ves normalmente, pero estoy seguro que en esos cajones, hay una maza y un martillo.

Ni hablar cuando te hacen un tratamiento de conducto y entran a limarte el diente por dentro. Si es el maxilar superior vos sentís que te van a sacar un cacho de cerebelo y si es del inferior que la lima te va a dejar un agujero en el cuello. Y después, en un momento del tratamiento, agarran un encendedor y queman algo que uno no sabe si es un cicatrizante, un esterilizante o una vela a San Expedito para que no te desangres.

¡Y cómo les gusta usar el torno! Que lo manejan con el pie. Se deben sentir Lewis Hamilton en una carrera de fórmula uno, y después comentan con los colegas. “No sabés. Puse el turbo a 400 mil revoluciones. Le limé el molar en 10 segundos tres quintos”.

Y cuando usan el torno te dicen: “Si te duele, levantá la mano”. Y vos ya tenés la mano lista desde que saliste de tu casa. ¡Ni en el colegio levantaste tantas veces la mano! Pero la levantás con cuidado, porque sabés que si le movés la cabeza, con el torno te marca la Z del Zorro en el paladar.

Lo que siempre me atribula es qué debo hacer mientras me mete la mano en la boca: ¿cierro los ojos o los mantengo abiertos? Si los cierro, no veo con qué me ataca. Si los abro, intento ver en los anteojos o en los propios ojos del dentista un reflejo que me haga de espejo para saber qué está haciendo. Igual, mucho no podés ver, porque tienen esa lámpara de interrogatorio que dejó a más de un paciente sin dolor de muelas, pero ciego por 3 días.

Y si alguna vez tuviste que hacerte perno y corona, además de haber hipotecado tu casa, el proceso incluye “tomar una muestra”. Esto lo hacen con una cosa de metal a la que rellenan de un material gomoso que parece de frutilla, pero no lo es. Y te lo dejan puesto un rato y te hacen morder el metal hasta que se endurezca. Se va el dentista. Y vuelve al rato para pronunciar las palabras mágicas “esto ya debe estar listo” – que no suena muy científico -, y proceden a tirar del coso para sacarlo. Ahí uno siente que le van a arrancar los otros dientes y hasta los ojos en el tirón.

Es más: cuando lo sacan finalmente, vos recorrés tu boca con la lengua para ver si está todo en su lugar y hasta te tocás la nariz para ver que no se la haya llevado la materia viscosa.

Y finalmente te dicen que te enjuagues. Pero vos tenés la boca tan anestesiada que no retenés ni la mitad del líquido y salís babeante del consultorio, esperando que no te duela en las próximas 72 horas, que ojalá no tengas que usar el calmante que te recetó y que no se te cruce ningún conocido y te hable porque va a tener la sensación de que estás teniendo un acv y capaz que te internan en un centro neurológico.

Por último, solamente espero que mi odontólogo jamás escuche este podcast. Es más: por las dudas, me busco otro, ¿no?

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