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Sarmiento abogó por la ocupación chilena del estrecho de Magallanes

No solo recibió el calificativo de “traidor” por parte de Bernardo de Irigoyen, sino también por Bartolomé Mitre. Durante su presidencia, quiso aclarar su actuación, pero la embarró todavía más.

En 1842, Domingo Faustino Sarmiento todavía no era el “padre del aula” y vivía en Chile, donde prestó varios servicios a su Gobierno. Uno de ellos fue dirigir el periódico “El Progreso”, en cuyas páginas alentó la ocupación del estrecho de Magallanes por parte de Santiago. Tiempo después, justificó el origen de esa campaña al conocer a un curioso personaje de origen estadounidense, quien sugirió la maniobra. El accionar del sanjuanino en favor de derechos supuestamente chilenos, hizo que se ganara el mote de traidor por parte de personalidades como Bernardo de Irigoyen o Bartolomé Mitre.

En aquella publicación, escribió ocho años más tarde el futuro presidente de la Argentina: “En 1842 se me presentó un pobre norteamericano casi desnudo, Jorge Mebón, marino, que había hecho la pesca de lobos marinos en el estrecho de Magallanes, y con el ojo avezado del yanqui, había visto que podía navegarse el estrecho por medio de vapores si una colonia de cristianos se establecía allí.  Este hombre me pedía el concurso de mi posición como escritor para incitar al Gobierno de Chile a dar ese paso”.

El 28 de noviembre de aquel año, Sarmiento publicó un texto al que tituló “Navegación y colonización del estrecho de Magallanes”, en el que sugería el camino a seguir por el Gobierno chileno: “Pues que nada sería dar el primer paso, que es mandar al estrecho algunas compañías de soldados y los víveres necesarios para su mantenimiento”. Según el autor, “para Chile basta en el asunto de que tratamos decir quiero, y el estrecho de Magallanes se convierte en un foco de comercio, de civilización”.

Después de otros argumentos, apuntaba: “¿Quedan dudas después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del estrecho y de establecer allí poblaciones chilenas?” Añadía: “Creemos haber tomado cuanto estaba a nuestro alcance para ilustrar un asunto que de tanto interés nos parece para la prosperidad del país y su futuro engrandecimiento”. Insistimos en que se refería a Chile.

“Si no hemos logrado excitar el interés del público y de las autoridades, acháquese este defecto a nuestra inhabilidad y falta de luces.  Nuestras intenciones servirán de disculpa”. De sus palabras se desprende que no estaba comentando el accionar del Gobierno trasandino ni haciendo evaluación alguna, sino más bien impulsando una campaña para que la administración del vecino país se hiciera del sur patagónico, todavía no conquistado.

En 1843, la Argentina no tenía Gobierno nacional. La Confederación enfrentaba, por un lado, conflictos con Francia y Gran Bretaña, las principales potencias colonialistas de la época. Por el otro, unitarios y federales continuaban matándose. Entonces, una expedición chilena tomó posesión del estrecho austral y tierras adyacentes. Se labró un acta: “En cumplimiento de las órdenes del Gobierno Supremo, el día 21 de setiembre de 1843, el ciudadano capitán de fragata, graduado, de la marina nacional, don Jorge Mebón, el naturalista prusiano voluntario, don B. Philipi, y el sargento distinguido de artillería, don E. Pizarro, que actúa de secretario, con todas las formalidades de costumbre, tomamos posesión de los estrechos de Magallanes y su territorio, en nombre de la República de Chile, a quien pertenece, conforme está declarado en el artículo 1º de su Constitución pública, y en el acto se afirmó la bandera nacional de la República con salva de 21 tiros de cañón”. En el país vecino, transcurría el tercer año del gobierno de Manuel Bulnes.

Por entonces, operaba políticamente en la capital trasandina la así llamada Comisión Argentina, un grupo de adversarios de Juan Manuel de Rosas, entre los cuales, obviamente, descollaba Sarmiento. Para contrarrestar su influencia al este de la cordillera, los federales fundaron en Mendoza una publicación que se llamó “La Ilustración Argentina”, desde cuyas páginas, Bernardo de Irigoyen no tuvo ningún problema en calificar de traidor a Sarmiento por su prédica en favor de Chile en la cuestión del estrecho de Magallanes.

No fue el único. A punto de asumir la Presidencia de la Nación en 1868, el sanjuanino recibió la misma afrenta por parte de su antecesor en el cargo: Bartolomé Mitre. Desde su diario, el expresidente clamaba: “Ud. ha sostenido en Chile contra su patria los pretendidos derechos de un país extranjero para despojarla de su territorio… No creo que haya ningún hombre, cualquiera sea su nacionalidad, que intente justificar al señor Sarmiento, pues, hasta hoy todos los pueblos del mundo han condenado del modo más terrible al que atenta contra la integridad del territorio de su país en beneficio de un Gobierno extranjero”.

Dos días antes de la asunción, de nuevo arremetió don Bartolomé. “Sarmiento ha sido el abogado de un Gobierno extranjero contra su propio país. Él ha sugerido, ha propagado y ha hecho triunfar la idea de hacer despojar a la República Argentina de su territorio. Él inició en la prensa la tarea de probar que no pertenecían a la República Argentina, sino a Chile, los territorios de la Patagonia”. Lapidario.

Las cosas pasaron a mayores durante su gestión porque en Santiago exhumaron aquellos escritos de 25 años antes, para justificar nuevas arremetidas contra el sector de la Patagonia que la Argentina consideraba suya. Como suele decirse, el entonces presidente quiso aclarar sus dichos de antaño, pero oscureció todavía más. En una carta que envió al embajador argentino en Chile, Félix Frías, en mayo de 1873, puede leerse: “Los escritos anónimos de un diario chileno que se proponían ser útiles (a los designios trasandinos) y cuya redacción se atribuye a un joven emigrado argentino, hoy presidente de esta república (no pueden utilizarse) para comprometer (su cargo)”.

Afirmaba Sarmiento que no se debía “suponer que al jefe de un Estado lo ligan ideas que pertenecieron a otro país…  Es verdad que un diario sostuvo estas ideas, pero ellas no llevan nombre de autor. Yo, López (por Vicente Fidel) y (Manuel) Vial redactábamos el diario. Eran anónimos los artículos y no pueden citarse como doctrina de autor aquellas que no llevan su nombre.  Todo argumento sacado de allí contra mí es simplemente contra un diario chileno”. Como puede advertirse, no negaba el sanjuanino la autoría de aquella campaña, solo intentó disimularla bajo el anonimato.

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