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Sarmiento estuvo en la isla de Robinson Crusoe

Más-a-fuera forma parte del archipiélago Juan Fernández (Chile). Se estima que fue la que cobijó al marino escocés Alejandro Selkirk, cuyas peripecias inspiraron a Daniel Defoe para su novela. El sanjuanino recaló allí en 1845.

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Domingo Sarmiento contaba con 34 años cuando viajó por mar desde Valparaíso a Montevideo. Exiliado en Chile después de la derrota de José María Paz a manos de Facundo Quiroga, el gobierno del vecino país le encomendó la instalación de la Escuela Normal de Maestros. Luego, decidió enviarlo a Europa y Estados Unidos para que estudiara modelos de educación. Su periplo se estiró entre 1845 y 1848. Entre otros resultados, el sanjuanino escribió “Viajes en Europa, África y América”, obra que vio luz en 1849. De su lectura resulta que, a poco de partir, el futuro presidente de la Argentina tuvo la chance de conocer la isla de Robinson Crusoe.

El racconto tiene forma de misiva, dirigida por Sarmiento a Demetrio Peña desde la capital uruguaya. El destinatario era amigo suyo y vecino del puerto chileno. “Un porfiado viento SO nos llevó, a poco de andar de Valparaíso, más allá del grupo de las islas de Juan Fernández, forzándonos una calma de cuatro días a dar la vuelta completa de la de Más-a-fuera. Sabe usted que esta es una enorme montaña de origen volcánico que, a los 34° de latitud y 80°25’ de longitud, en el seno del océano se levanta exabrupto, sin playas ni fondeadero seguro en ninguno de sus costados, muchos de ellos cortados a pico y lisos como una inmensa muralla, presentando casi por todas formas la forma de una ballena colosal que estuviera a flor de agua”.

La versión que tomamos para este recorte de El Cordillerano es la que aparece en “Abordajes literarios. Cuentos del mar”, que compiló el escritor argentino Juan Bautista Duizeide (Adriana Hidalgo – 2020). “Desierta desde ab inicio, aunque de vez en cuando sea visitada por los botes de los balleneros, que en busca de leña y de agua, suelen abordar sus inabordables flancos está señalada en las cartas y en los tratados como inhabitable e inhabitada. Cansados nosotros de tenerla siempre en algún punto del compás, según que al viento placía hacernos amanecer cada mañana, aceptamos con transportes la idea del piloto de hacer una incursión en ella, y pasar un día en tierra. Estaba según él poblada de perros salvajes que hacían la caza manadas de cerdos silvestres”, según el relato.

Un bote se desprendió del navío, pero los navegantes calcularon mal la distancia y tuvieron que remar nada menos que ocho horas, “demasiado largas para apagar todo entusiasmo, y reducirnos al silencio que produce una esperanza que tarda en realizarse”, se quejó Sarmiento. Sin embargo, se produjo una alternativa que cambió el ánimo de los excursionistas: “Cuando a la moribunda luz del crepúsculo nos empeñábamos en discernir los confusos lineamientos de la montaña, divisose la llama de un fogón entre una de sus sinuosidades”.

En primera instancia, “un grito general de placer saludó esta señal cierta de la existencia de seres racionales en aquellos parajes que hasta entonces habíamos considerado como desiertos, si bien la reflexión vino a sobresaltarnos con el temor muy fundado de encontrarnos con desertores de buques u otros individuos sospechosos, cuyo número e intenciones no nos era dado apreciar”.

El encuentro con los moradores de Más-a-fuera demoró en concretarse y el prolongado interín generó no pocas emociones en el grupo que integraba Sarmiento, pero, al final, fue relativamente grato. La leyenda tomaba cuerpo. “Recordará usted -le escribió el maestro a su interlocutor- que en una de estas islas, y sin duda alguna en las de Más-a-fuera, fue arrojado el marinero Selkirk, que dio origen a la por siempre célebre historia de Robinson Crusoe. ¡Cuál sería pues nuestra sorpresa, en verla esta vez y en el mismo lugar realizada en lo que presenciábamos, y tan a lo vivo, que a cada momento nos venían a la imaginación los inolvidables sucesos de aquella lectura clásica de la niñez!”

En efecto, “algunos momentos después de llegar a las cabañas de aquellos desconocidos, el fuego hospitalario encendido en una tosca chimenea de piedra, a la par que secaba nuestros calzados, nos iba enseñando los extraños objetos de aquella mansión semisalvaje”, de manera muy parecida a la que recreara Daniel Defoe en su novela de 1719, aunque la ficción está ambientada en una isla cercana a la desembocadura del Orinoco.

Defoe se inspiró, en parte, en la historia real del marino escocés Alejandro Selkirk, quien efectivamente pasó cuatro años en una de las islas del archipiélago Juan Fernández. Fue rescatado en 1709 y, al retornar a Gran Bretaña, su historia gozó de amplia repercusión. 136 años después del rescate, Sarmiento revivió sus alternativas gracias a una inesperada calma chicha. Y a su profunda erudición literaria. En el presente, la isla también lleva el nombre del escocés.

 

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