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SCJN desechó revisar condena contra Mario Aburto por asesinato de Colosio

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Mario Aburto solicitó que el máximo tribunal en México diera una revisión a su sentencia de 45 años de prisión (Foto: Twitter/@DoctorShivago)

Los integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) rechazaron la petición de Mario Aburto Martínez, asesino confeso de Luis Donaldo Colosio, para que revisaran su sentencia de 45 años que se le impuso tras el magnicidio contra el excandidato a la presidencia por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1994.

Con base en un acuerdo publicado por la Corte, ninguno de los integrantes de la Sala Superior decidió “hacer suya” la petición para llevarla a discusión a la Sala Superior, por lo que ésta retornó al primer tribunal colegiado en materia penal, con sede en el Estado de México para que sea resuelto por tales autoridades.

Conviene recordar que según el artículo 107 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CPEUM) solo los tribunales colegiados, la Fiscalía General de la República (FGR) o el Ejecutivo Federal pueden solicitar que se atraiga un caso, sin que haya agotado todas sus instancias.

“Toda vez que ninguna de las ministras y ninguno de los ministros decidió hacer suya de oficio la solicitud de ejercicio de la facultad de atracción en referencia, ésta debe desecharse ante la falta de legitimación del solicitante”, se pudo leer en el documento que emitió el máximo tribunal del país este lunes 26 de septiembre.

Dicha petición no fue exclusiva del imputado, estuvo apoyada por Rafael Roble Roa, actual titular de Litigio Estratégico en Derechos Humanos del Instituto Federal de Defensoría Pública (IFDP), órgano que depende del Consejero de la Judicatura Federal (CJF).

Asimismo, fue la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) quien apoyó a Aburto Martínez para que promoviera el amparo directo para solicitar la revisión de su sentencia, ya que argumentó que había sufrido tortura durante el interrogatorio para declararse culpable del asesinato del priista.

No fue lo único que emitió la CNDH, puesto que también realizó una petición formal a la FGR para reabrir una investigación de lo ocurrido en Lomas Taurinas, Tijuana, Baja California, misma que arrojó que Mario Aburto fue el culpable y que actualmente se encuentra recluido en el penal federal de Huimanguillo, Tabasco.

Luis Donaldo Colosio fue asesinado el 23 de marzo de 1994 (Foto: Archivo/Eloy Valtierra/Cuartoscuro.com)
Luis Donaldo Colosio fue asesinado el 23 de marzo de 1994 (Foto: Archivo/Eloy Valtierra/Cuartoscuro.com) (Pedro Valtierra/)

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Bukele excluye la perspectiva de género de la educación pública en El Salvador

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El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha causado polémica al ordenar la exclusión de la perspectiva de género de los programas educativos en las escuelas públicas del país. Así lo confirmó el Ministro de Educación, José Mauricio Pineda, quien aseguró que “todo rastro de la ideología de género lo hemos sacado de las escuelas públicas”. Esta medida ha generado críticas por parte de organizaciones feministas.

Lee también: Nuevo encuentro de Bukele y Bullrich para “fortalecer la cooperación en seguridad”

La decisión ha despertado preocupación debido a las altas tasas de muertes violentas de mujeres que existen en El Salvador. Sin embargo, el ministro no ha proporcionado más detalles sobre cómo esta exclusión afectará las políticas de prevención y la educación sobre temas de igualdad y género en el país.

Esta medida ha sido aplaudida por algunos sectores conservadores y ha sido destacada como un duro golpe al colectivo LGBTIQ+. Incluso el periodista y analista político Eduardo Menoni resaltó la acción, afirmando que “el Ministerio de Educación de El Salvador ha expulsado de guías, libros y materiales educativos cualquier rastro de la ideología de género en las escuelas”.

Sin embargo, diversas organizaciones feministas consideran que esta exclusión de la perspectiva de género es un retroceso en la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres. Aseguran que se trata de una medida que perpetúa la discriminación y la desigualdad de género.

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“Padre Mugica”: ¿quién mató al primer cura villero, Montoneros o la Triple A?

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En “Padre Mugica”, Ceferino Reato investiga el asesinato del primer cura villero en 1974.

Para el periodista y politólogo argentino Ceferino Reato, hay dos cosas sobre el padre Carlos Mugica que se mantienen inalterables: su condición de protagonista central de la convulsión social y política de los años setenta y el desacuerdo acerca de quién ordenó su homicidio, si Montoneros o la Triple A.

A medio siglo del asesinato del “primer cura villero”, Reato acaba de publicar Padre Mugica, libro en el que investiga no solo los detalles del crimen ocurrido el 11 de mayo de 1974, sino los usos políticos que, posteriormente, se hicieron del mismo.

“Para bien y para mal, blanco de elogios desmesurados y críticas furibundas, el padre Mugica era una de las personas más conocidas de la Argentina; simpático, hablador, articulado, mordaz, daba bien en cámara, como dicen los productores y conductores de los programas de televisión, que lo convocaban seguido porque despertaba pasiones, a favor y en contra”, escribe el autor.

Mugica, como cuenta Reato, pasó “de la elite porteña a la villa de Retiro, del antiperonismo al peronismo, del orden conservador a la revolución guerrillera, del capitalismo al socialismo”, y hoy, a cincuenta años de su asesinato, todavía sigue siendo una de las figuras más fascinantes de aquella turbulenta Argentina de la década del setenta.

“Padre Mugica” (fragmento)

Ceferino Reato - Padre Mugica
“Padre Mugica”, de Ceferino Reato, editado por Planeta.

Ya era noche cerrada en la ciudad de Buenos Aires y una llovizna fría mojaba el cabello rubio del padre Carlos Mugica mientras caminaba con paso apurado por el pasillo de la casa parroquial de San Francisco Solano, en Villa Luro, un tranquilo barrio porteño de casas bajas. Había oficiado la misa vespertina de los sábados y se dirigía a la salida para cruzar la calle Zelada, subirse a su traqueteado Renault 4S verde oliva metalizado y llegar lo más rápido posible a la casilla de su amigo «Drácula» Serrano, que lo esperaba con un asado en la villa miseria de Retiro, el lugar elegido por el cura como centro de su tarea pastoral en favor de los pobres.

Mugica tenía cuarenta y tres años y, como era habitual, vestía de negro, siempre elegante: campera de fibra sintética, polera de algodón, pantalón de corderoy, un cinturón marca George y mocasines marrón oscuro; nunca usaba sotana y rara vez, clergyman o cuello clerical, la camisa especial de los curas que termina en un cuello redondo y blanco. Otras dos personas acompañaban a Mugica aquel lúgubre 11 de mayo de 1974 a las ocho y cuarto de la noche: Carmen Judith Artero de Jurkiewicz, más conocida como «María del Carmen», treinta y nueve años, separada, y Ricardo Rubens Capelli, treinta y siete, soltero. Ambos colaboraban con él en la villa de Retiro en sus ratos libres.

Para bien y para mal, blanco de elogios desmesurados y críticas furibundas, el padre Mugica era una de las personas más conocidas de la Argentina; simpático, hablador, articulado, mordaz, daba bien en cámara, como dicen los productores y conductores de los programas de televisión, que lo convocaban seguido porque despertaba pasiones, a favor y en contra.

Su pertenencia al patriciado porteño, retoño rebelde pero no tanto de una familia conservadora y adinerada, con amigos poderosos con los que seguía relacionado a pesar de sus posturas combativas, no hacía más que alimentar la atracción de la gente y los medios de comunicación. Para colmo, en los últimos meses se había peleado no solo con la derecha armada del peronismo encarnada por el influyente José López Rega, recién ascendido por decreto de cabo primero retirado a comisario general retirado en una promoción de catorce grados sin precedentes en la Policía Federal, sino también con sus antiguos amigos de la izquierda guerrillera, con sus exdiscípulos de Montoneros, en especial con Mario Eduardo Firmenich, jefe del grupo.

Además, era cura y buen mozo: rubio y con un mechón que le caía sobre la frente, ojos celestes, facciones varoniles y un cuerpo atlético al que cuidaba y entrenaba como un deportista profesional. El fútbol era su gran pasión, pero también nadaba y jugaba al tenis, deporte que en los años setenta era mucho más elitista que ahora. Por esos motivos, siempre andaba rodeado de mujeres jóvenes y lindas, muchas de ellas de su misma clase social, que llenaban sus misas y lo ayudaban generosamente en sus actividades pastorales y sociales en el asentamiento de Retiro.

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Aquel sábado fatal, apenas atravesaron la puerta de Zelada 4771, el cura permaneció unos instantes en la vereda con Carmen Artero mientras Capelli se acercaba a su Fiat 600 blanco, chapa patente C 186.622, estacionado unos doce metros a la derecha, donde esperaba otro de los ayudantes del cura en la villa, Nicolás Zacarías Marmouget, un escritor desocupado de cuarenta y tres años, soltero, con el que se había distanciado, pero al que estaba dispuesto a darle una nueva oportunidad. Algunos pocos feligreses seguían conversando en la vereda, frente a la iglesia.

"Ceferino Reato - Padre Mugica
El Padre Mugica junto al escritor argentino Julio Cortázar.

—Listo, ya está, ya hablamos con Carlos. Está todo bien, pero no lo cargues; no le digas nada —le dijo Capelli. Obediente, Marmouget se bajó del auto, se acercó al cura y le dio la mano.

—Esperame un momentito que tengo que hablar con este señor —le comentó Mugica luego de saludarlo afectuosamente.

Carmen Artero no conocía al hombre que aguardaba a su lado, con quien el cura se alejó «unos dos metros, hacia la puerta de la iglesia», en busca de privacidad para charlar tranquilos, según declaró ante el juez nacional de primera instancia en lo Criminal de Instrucción Julio Humberto Lucini el domingo 12 de mayo a las dos y veinte de la madrugada. Al declarar por tercera vez ante la justicia, el 24 de mayo, señaló que «era un individuo de más de cuarenta años, corpulento», y que, «sin poder afirmarlo rotundamente, cree recordar que, cuando el individuo mencionado hablaba con Mugica, se encontraba también otra persona, cuya fisonomía no puede precisar, y en un momento dado pareció que había una discusión, retrocediendo Mugica unos pasos». Pero no pudo ubicar a esa supuesta segunda persona en ninguna otra secuencia del ataque y la fuga; además, ningún otro testigo la mencionó.

Por su lado, Capelli aseguró que, cuando él caminaba en busca de Marmouget, escuchó que «un hombre llamó a Mugica y este se dirigió al mismo palmeándolo sobre los hombros».

—¡Padre Carlos!, ¡padre Carlos! —le había dicho, según Capelli, que solo pudo recordar que el desconocido vestía un traje marrón.

El 26 de junio, en su segunda declaración judicial, Capelli ratificó que «nunca antes había visto» a esa persona; «que, de volver a verla, no la reconocería», y que solo podía decir que «era baja, un poco “gordito”, de aproximadamente cincuenta años de edad».

Instantes después de que el cura se volviera para conversar con el desconocido, Carmen Artero escuchó «una sucesión de explosiones que le parecieron cohetes», vio que el cura «caía contra la pared de la casa vecina a la iglesia, un poco antes de la entrada a la sacristía», y que «un hombre alto, corpulento, vestido con campera oscura, de cabellos oscuros, abundantes, peinado suelto, con bigotes oscuros poblados, largos, se hallaba a una distancia de un metro y veinte centímetros de Mugica» mientras seguía «sintiendo los estampidos y viendo una sucesión de fogonazos, no pudiendo observar arma alguna».

La próxima secuencia recordada por la colaboradora de Mugica tenía al cura ya caído en el suelo y al «individuo a paso apresurado que se dirigió al cordón de la acera, introduciéndose en un automóvil que allí se hallaba estacionado sobre su derecha», del lado de la iglesia, «con la portezuela del lado del acompañante, abierta,» y que le pareció que el coche era «un Chevy color verde penicilina con techo negro vinílico».

Pero no pudo precisar en qué momento huyeron el agresor y el conductor del automóvil, porque dirigió su atención a Mugica, que se quejaba sentado en el suelo tras haberse deslizado por la pared, con la cabeza apoyada en la casa vecina como si fuera un muñeco destartalado.

"Ceferino Reato - Padre Mugica
Ceferino Reato es autor de libros como “Operación Traviata”, “Operación Primicia”, “¡Viva la sangre!” y “Masacre en el comedor”.

«Me agacho junto a Carlos y siento que se queja; le paso mi brazo por la espalda para tratar de levantarlo y siento en mi mano correr su sangre tibia, y recién en ese momento, recién en ese momento, me doy cuenta de que lo han ametrallado», rememoró Carmen Artero.

Fue allí cuando apareció el padre Jorge Vernazza, de cuarenta y ocho años, el párroco de San Francisco Solano y amigo de Mugica desde el seminario; pertenecían al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y eran tan peronistas que un año y medio antes habían viajado en el avión que trajo a Perón al país luego de un larguísimo exilio.

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Vernazza había escuchado un tableteo que le pareció que podía responder a cohetes y salió a la calle. Al abrir la puerta de la casa parroquial, escuchó el ruido de un automóvil que se alejaba a toda velocidad y los gritos de las personas que estaban en la vereda. Y «al mirar al costado derecho, vio al padre Mugica tendido en el piso con la cabeza apoyada contra la pared, distante unos quince metros de la puerta de la iglesia».

Era sacerdote y, «presumiendo la gravedad de lo sucedido», lo primero que hizo fue volver al templo en busca de los óleos sagrados para suministrarle a su amigo el sacramento de la Unción de los Enfermos, una gracia para ayudarlo a sobreponerse a las heridas, y con la ayuda de Carmen Artero y otros feligreses lo subieron al Citroën 2CV de un vecino, Néstor Giménez, para llevarlo de urgencia al Hospital Salaberry, a unas veinticinco cuadras, en el barrio de Mataderos. En la confusión del momento, Carmen Artero pudo ver que había otra persona caída en el suelo «boca abajo» que «gritaba desesperadamente su nombre». Era Capelli, que estaba regresando a su coche «y habría caminado unos diez metros, cuando siente un tableteo y un fuerte dolor en el hombro izquierdo cayendo al piso, y, pese a ello, gira y alcanza a ver a Mugica sobre la vereda, apoyada la espalda contra la pared», y a Carmen Artero «que gritaba: “¡Carlos! ¡Carlos!”».

Capelli aclaró que «no vio al que agredía a Mugica» y recordó «el rugido de un motor de coche y el chirrido de las gomas», los ruidos de los atacantes en su huida, según afirmó en su primera declaración judicial, el 15 de mayo, acostado en la cama seiscientos sesenta y tres del pabellón número dos del Hospital Rawson, en Barracas, adonde había sido trasladado y se recuperaba de sus heridas.

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La “nueva pandemia” de la que advierte el activista indígena Ailton Krenak: “Ya no es una enfermedad que te matará. Te dejará caminando”

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Ailton Krenak: “El pueblo indígena ha regado con sangre cada hectárea de los 8 millones de kilómetros cuadrados de Brasil”.

El sentimiento que predomina en el activista indígena y escritor brasileño Ailton Krenak cuando piensa en que han pasado casi 37 años desde su histórico discurso en la Asamblea Constituyente de Brasil y que poco ha cambiado en el mundo es el de una profunda frustración, según reconoce en una entrevista con EFE.

Pocas imágenes han quedado tan grabadas como la de Krenak, con hoy 70 años y quien participa en la 32° Feria del Libro de La Habana, hablando frente a los constituyentes con el rostro con tinta negra esparcida y exclamando: “El pueblo indígena ha regado con sangre cada hectárea de los 8 millones de kilómetros cuadrados de Brasil”.

Pero tras casi cuatro décadas pasadas, su histórica inclusión en la Academia Brasileña de las Letras en 2023 –el primer indígena en ingresar– y una pandemia mundial, el escritor observa con rostro serio cómo Occidente, según dice, no ha aprendido la lección.

“La pandemia se desarrolla en la vida de las personas, en la mentalidad de las personas. Tenemos una humanidad triste. Una humanidad declinada ante su incapacidad de alcanzar un horizonte, no ve nada. El pensamiento occidental ha entrado en tal crisis que la filosofía ya no existe”, resume.

El brasileño llamó nuevamente la atención durante los peores momentos de la covid-19 por un libro que escribió justamente un año antes de la crisis sanitaria y que, para más de un académico europeo, su título fue más que premonitorio: Ideas para postergar el fin del mundo.

“Este libro ahora está traducido a 19 idiomas: inglés, alemán, holandés, chino, japonés, coreano, turco e italiano… Todo fue traducido en cada país a su idioma y causa la misma sorpresa”, cuenta mientras se ríe.

Su risa responde a la paradoja de que, desde su perspectiva, Occidente se asomó al abismo pese a que, para el mundo indígena, ese “fin del mundo” ya había llegado con el sometimiento de los pueblos originarios hace siglos, sumado a la destrucción del medio ambiente.

“Cuando pensamos en el especismo humano, excluimos otras vidas, otras cosas como árboles, peces, pájaros, caballos, bueyes. Todo lo que existe fuera de nosotros (…) ¿Qué mundo queremos gobernar? Queremos participar en el gobierno. ¿De qué mundo? (…) Su expansión se sustenta en la constante destrucción de la materia, ya sea materia orgánica humana. Nos hemos convertido en un problema planetario”, censura.

Ailton Krenak
Ailton Krenak: “Nos hemos convertido en un problema planetario”.

Salud mental

Para el filósofo suramericano, tras la covid-19 el mundo ha entrado en una nueva pandemia: la de la salud mental. Desde su punto de vista, la pandemia simplemente “cambió de lugar” y ahora la humanidad necesita una “vacuna para la cabeza” para acabar con el “sufrimiento” de las personas que viven “en la calle, durmiendo en el suelo” o incluso en sus apartamentos.

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“Parece que hemos llegado al siglo XXI con esta pandemia mental. Ya no es una enfermedad que te matará. Ella te dejará caminando”, lamenta.

Krenak, cuyo apellido se refiere a la comunidad indígena a la que pertenece, expulsada de sus tierras durante la dictadura militar y que hoy cuenta con unos 600 personas, quiere aprovechar su posición en la Academia Brasileña de las Letras para reivindicar las más de 175 lenguas originarias de su país. El escritor asegura que realizarlo es una “deuda histórica” de Brasil y remarca: “Brasil no es Portugal”.

“La lengua no muere porque cuando le das el nombre a un topónimo, a una montaña, a un lugar, a un valle y a una lengua, esa lengua se queda ahí, dándole el nombre al lugar. Mientras esté allí, estará viva. Y los colonialistas decían que había lenguas vivas y lenguas muertas. Pero este es un pensamiento colonialista. Y tenemos la obligación de estar en contra del colonialismo y deshacer este malentendido y, digamos, lingüístico, que tiene una lengua muerta. Matas gente, al idioma no”, concluye.

Fuente: EFE

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