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Un centenar de personas evocó a Hebe de Bonafini en el Centro Cívico

Fue un jueves de despedida.

Más allá de las controversias en torno a su figura, durante el atardecer, en Bariloche, se evocó el porqué Hebe de Bonafini llegó a ser Hebe.

Apenas unos minutos después de las 19, se vivió un eco a escala local de lo que sucedió en Plaza de Mayo, donde se esparcieron sus cenizas.

En el Centro Cívico, alrededor de cien personas giraron alrededor de la plaza donde los pañuelos blancos están eternizados en pintadas.

Primero, el caminar en silencio que solo se resquebrajaba para traer del pasado alguna anécdota de la Madre (que falleció el 20 de noviembre).

Políticos, sindicalistas, periodistas, rostros anónimos… Todos juntos en una marcha respetuosa.

Entre los funcionarios, estuvo el concejal Marcelo Casas; también, la coordinadora del Ministerio del Interior en la Patagonia Norte, Ana Marks.

Tras media hora, los presentes cesaron el andar y formaron una pequeña ronda en una esquina del Cívico.

Ahí, cada persona que quiso tomó la palabra.

El primero que habló fue Alfredo Chaves, aquel de la inolvidable piña a Alfredo Astiz.

Si, tal como dijo Chaves, Hebe, era “la madre de todo el pueblo”, no está mal metaforizar que él, desde el 1 de septiembre de 1995, cuando se bajó del vehículo en el que iba y trompeó al genocida, pasó a ser “el hijo” de Hebe en la Patagonia.

“No sé si voy a poder hablar, todavía estoy muy roto”, arrancó Alfredo, que, si bien tuvo que interrumpir sus palabras en varios momentos y sobre el final directamente se quebró en lágrimas, dejó en claro el sentimiento que lo invadía.

“Vino muchas veces a acompañarnos, guiándonos y apoyándonos con su carácter tan firme”, sostuvo, y la calificó como “una mujer grandiosa”.

“Cuando yo tuve el episodio con el criminal (por Astiz), la primera que vino a verme y aconsejarme fue Hebe”, rememoró.

También recordó, con una sonrisa en medio de su dolor, que la mujer quería traer una soga y voltear el monumento de Julio Argentino Roca ubicado en el Centro Cívico.

Para definirla, Alfredo eligió la frase: “Es una luz que nos va a acompañar siempre”.  Y cerró su discurso espontáneo con la expresión guevarista “hasta la victoria siempre”.

El exintendente César Miguel, en tanto, sostuvo: “Pocas personas como ella plantaron la bandera de la lucha y la resistencia, y eso tiene mucho valor”.

Tras otras personas que también manifestaron su sentir, un aplauso cerrado culminó el adiós.

En las baldosas quedaron los pañuelos blancos.

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