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Un grupo de mujeres quiere brindar abrigo en el Día del Niño

El frío arremete, pero la ciudad irradia belleza. El blanco de la nieve se esparce. Surgen ramas de árboles con destellos helados que asemejan el paisaje a los de aquellos creados para dibujos animados. Incluso el cielo de diversas tonalidades grisáceas otorga cierta melancolía “artística” que acompaña el transitar diario.

Y cuando el sol surge, lo hace con fuerza, para que su presencia no sea olvidada. Todo parece parte de una visión onírica. Aunque, para muchas personas, el “sueño”, curiosamente, no es tan “soñado”. Ya se dijo, la realidad glacial se impone, y la crudeza hace mella en las viviendas más precarias, donde el aire álgido se cuela por todos lados.

Suele suceder que la situación es advertida por gente que tampoco está muy bien, aunque no tan mal.

Quizá alguien en un piso céntrico, debidamente calefaccionado, no se incline a cavilar acerca de los pobladores del “Alto”; no por apatía, sino simplemente por cierta ignorancia provocada por la falta de contacto directo con aquella verdad dolorosa. Aunque tampoco es cuestión de generalizar; están aquellos que se esfuerzan por atisbar algo más allá de lo que observan a simple vista. Pero lo habitual suele ser lo contrario.

En cambio, los habitantes del mismo sitio donde sus semejantes desvalidos sufren la dureza del clima, en tanto, son conscientes del sufrimiento por las inclemencias meteorológicas.

No es que ellos se encuentren mucho mejor, pero no dudan en dar una mano a los que están peor.

En el barrio El Frutillar hay una vivienda, al fondo de una construcción humilde, donde, desde hace una semana, un grupo de mujeres, ante un par de gatos que actúan como testigos, cosen retazos de tela para darles forma de frazadas.

Por la cercanía del Día del Niño, comenzaron a pensar cómo podrían sorprender y, a la vez, ayudar a la mayor cantidad de chicos posible. Ya tenían experiencia en actividades solidarias.

Son parte de Barrios de Pie y, por integrar esa organización, cobran lo que definen como “salario social complementario”. A cambio, ellas emprenden trabajos en pos del bienestar de la comunidad.

El año pasado habían dado inicio a un merendero llamado “Estrellita de amor”, que funcionaba en el centro comunitario del barrio Vivero.

“No teníamos respaldo del municipio, todo lo sacábamos de donaciones y, también, de nuestros bolsillos. Debíamos pagar fletes, taxis… era todo un presupuesto”, contó Elsa Hube, una de las que llevan adelante el emprendimiento benéfico.

“En varios momentos me contacté con la Municipalidad. Solo en una ocasión me dieron unos módulos alimentarios para repartir”, añadió.

A eso se sumó que, en lo que podría definirse como una acción de notoria maldad humana, donde se daña al que menos tiene, algunos vándalos robaron el centro comunitario repetidas veces; en una de ellas, se llevaron la cocina que se utilizaba para el merendero.

Fue un devenir de sucesos malhadados: los robos, la falta de ayuda estatal, la pandemia…

Lunes, miércoles y viernes asistían a treinta y siete familias. “La última vez que dimos la merienda fue el 16 de marzo”, indicó la mujer.

Sin respaldo, ante los inconvenientes planteados por el arribo del coronavirus, con la presencia de una nueva realidad, tuvieron que dejar de brindar su colaboración comunitaria.

Cada una de las mujeres, en tanto, posee sus propios inconvenientes.

Elsa, por ejemplo, hasta la cuarentena, tenía un proyecto personal: vendía supremas y arrollados de pollo. “Muchos clientes venían a comprarme desde distintas partes de la ciudad, porque me conocían”, apuntó. Pero el encierro obligatorio, primero, y los precios que se dispararon, luego, la obligaron a un impasse. Igualmente, sostuvo: “En cuanto pueda, mi idea es retomar esa actividad”.

Otras de las muchachas que integran Barrios de Pie, Mónica Martínez, es empleada doméstica, y con el COVID-19 dando vueltas, sufrió una merma en su trabajo, el cual aún realiza, pero sólo un par de horas por día.

Mónica recordó que hubo un momento en que fue imposible sostener el merendero: “Teníamos que sacar una parte importante del sueldo para movilizarnos… También, si faltaba un kilo de harina o algo así, debíamos comprarlo nosotras”.

En vista de que se les imposibilitaba continuar con las meriendas, buscaron colaborar de otra forma.

Comenzaron a hacer barbijos, y ya tienen listos bastantes. La idea es que los utilicen los niños de las familias a las que ayudaban en el centro comunitario del barrio Vivero. “Allí hay mucha necesidad”, indicaron. Pero quisieron complementar la asistencia con otra cosa que les fuera útil.

Y, dado el frío que suelen pasar los más humildes de la comunidad, a una de las mujeres se le ocurrió lo de fabricar frazadas con retazos de tela.

“Cortamos y cosemos; todo lo hacemos a mano”, señaló Elsa, que junto a Mónica mostró, con orgullo, la primera de las mantas en que trabajaron.

Estos días las encuentran en la recolección de material para confeccionar los cobertores. Cualquier tela les sirve, pero si les dan a escoger se quedan con el polar, que consideran maleable y brinda abrigo.

Si bien el plan inicial era preparar las colchas para el Día del Niño, no saben si tendrán listas las suficientes para esa jornada. Igualmente, aunque demoren un poco más, la intención es que los destinatarios sean los chicos, por eso, además de las telas, procuran conseguir juguetes y golosinas, para intensificar las sonrisas infantiles. Aquellos que deseen colaborar, con ropa o retazos para armar las frazadas, pueden comunicarse al 2944636182.

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