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“Vamos al Sur, vamos al frío, es aquí, es ahora”

La Patagonia es una región sobrepensada, analizada en demasía prácticamente desde que Antonio Pigafetta la recorrió con la expedición de Magallanes. Un territorio extenso que, cual lienzo blanco geográfico, inspiró a muchos en su imaginación planificadora, sea el siglo que fuera. Desde la Conquista del Desierto, en los años febriles de la conformación del Estado Nacional, no hubo proyecto político más o menos formado que no asegurara tener la clave para poner en valor a las tierras malditas de Darwin. Si bien algunos proyectos avanzaron sobre el tema con más énfasis, como el desarrollismo de Frondizi, lo cierto es que casi todas las elites nacionales intentaron, con éxito dispar, domar al viento.

De todos modos, ya sea porque quedaron muy atrás en el tiempo o porque fueron más marketing que fierros, la mayoría de las invectivas hoy están más que olvidadas. Sin embargo, hay una de las iniciativas que se destaca por lo lejos que llegó en su intento: el Proyecto Patagonia de Raúl Alfonsín. Dicho proyecto se destacó por una épica nueva, por rotar el Zeitgeist: ya no era civilizar a la tierra maldita la idea, sino transformarla en el centro de un nuevo equilibrio nacional. Todavía hoy, con los ácidos debates sobre la gestión en tiempos de pandemia, sigue presente el Plan Patagonia en la esfera pública.

En efecto, el alfonsinismo en sus primeros años -bajo el signo de una Primavera Democrática apabullante- decidió subvertir la secular dialéctica Buenos Aires-Interior y cambiar el centro de gravedad del país. De esta manera, se permitió acariciar la idea de reformular para siempre la geografía política nacional y, de paso, romper la dinámica sectorial del “stop and go” de la Argentina industrial. Envalentonado por la cucarda del Plan Austral y una performance electoral en el ‘85 que parecía mostrar que lo del ‘83 no había sido un error en la matriz, el ya autodenominado tercer movimiento histórico apostó y fue por más, y en ese tránsito la Patagonia se convirtió en su El Dorado.

La vieja idea de un nuevo asiento para la capital de la Nación, lejos del puerto colonial, encontraba, a poco de superar el centenario de la federalización de Buenos Aires, a alguien dispuesto a ponerla en práctica.

Con la nueva ingeniería institucional dispuesta por el alfonsinismo, el grueso del Estado Federal se iría a la ciudad de Viedma, que conformaba junto a Carmen de Patagones -la más austral de las ciudades bonaerenses- el complejo urbano más antiguo de la Patagonia. Asimismo, se programaba la provincialización de Tierra del Fuego y la profundización del polo industrial en la zona. El set de medidas, contando la provincialización de la ciudad de Buenos Aires, era parte central de la “fundación de la Segunda República Argentina” que Raúl Alfonsín anunció por cadena nacional el 15 de abril de 1986.

La descentralización del Estado y el fin de la macrocefalia pampeana eran los objetivos estructurales del proyecto: cambiar de manera tan drástica la ecuación institucional iba a permitir, por un lado, disminuir el peso político y electoral de la región metropolitana y, por el otro, desarrollar la región más “remota” del país. Se buscaba así tomar inspiraciones en proyectos territoriales épicos como la frenética fundación y construcción de Brasilia bajo la incansable figura de Jucelino Kubitschek.

Los tiempos se apresuraron, en parte porque el plan fue filtrado a los medios, y se dio paso con celeridad al tratamiento legislativo el 30 de junio de 1986.

La ley fue aprobada por el Congreso Nacional y recibida con euforia por los habitantes de la Comarca Atlántica.

Las historias de desarrolladores que compraron terrenos en donde calculaban construir cientos o miles de viviendas para los porteños que se mudarían siguiendo al Estado nacional fueron moneda corriente en los meses subsiguientes.

De todos modos, con el correr de los meses la crisis económica que comenzó a verificarse desde el año 87 y las problemas políticos luego del levantamiento Carapintadas de Semana Santa dejarían al gobierno de Alfonsín en luchas mucho más coyunturales y barrosas.

La utopía viedmense se iría alejando como el horizonte hasta hacer fracasar todo el proceso.

De todos modos, la ley que la sancionó sigue allí, acaso durmiendo el sueño de los justos, porque nunca fue anulada; sólo cayó en el olvido y tras la disolución del Ente Para La Construcción de la Nueva Capital (Entecap) por el decreto 1429/90, ya en el gobierno de Menem, se encuentra “sin eficacia” por no poder cumplir su objetivo.

* Historiador. Director de la Licenciatura en Criminología y Ciencias Forenses Sede Alto Valle – Valle Medio Universidad Nacional de Río Negro

** Politólogo, especialista en Comunicación Política.

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