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Vencer a la depresión

La depresión es una cueva que parece no tener salida. Se hace más oscura mientras te adentras en ella, hasta que no sabes dónde es afuera o adentro. Está llena de ausencia, impotencia, soledad y pensamientos repetitivos de que uno es insuficiente o no merecer ser amado. También de la imposibilidad de ser feliz y de sentir algún goce.

Viví en esa cueva por meses. Mi existencia giraba en torno al pensamiento constante de haber perdido el rumbo y de imaginar lo feliz que sería la vida de mi gente cercana cuando alguien como yo, que solo les traía problemas e incomodidad, dejara de existir.

Los pocos rayos de luz que se colaban eran los mensajes constantes de mis seres queridos, quienes ignoraban lo que ocurría dentro de mi cabeza. Nunca les conté porque no quería preocuparlos y suponía que no podían hacer algo por mí. La depresión se nutre de la separación con los otros. Pensamos que nadie puede entendernos y tampoco queremos confesar las cosas terribles que sentimos. La vergüenza y la soledad es donde habitamos en esta nueva pandemia de salud mental. Pero hay una salida y es necesario que todas las personas puedan tener acceso a ella, como yo la tuve.

Urge entender que la salud mental es parte de la salud general de las personas: no existe la una sin la otra. Por eso se debe mejorar la profesionalización de los tratamientos contra esta enfermedad, para que sean doctores especializados y no coaches o sanadores quienes la atiendan. Los Estados deben comprender la complejidad de la salud mental, ofrecer mejores servicios públicos y destinar más presupuesto, además de comprender que las familias no deben ser las únicas cuidadoras de los enfermos. Y la sociedad debe empezar a hablar más de este tema: normalizarlo y ponerlo sobre la mesa.

La depresión no tiene un rostro, sino millones. No existe un rasgo específico que caracterice a los aproximadamente 300 millones de personas que, en 2019, tenían depresión según un reporte reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este agrega que, en el primer año de la pandemia por COVID-19, la cifra aumentó 25%. La gente con menos ingresos o más desfavorecida es la que menos oportunidades tiene de tratarse.

No solo eso: 703,000 personas en el mundo consideraron el suicidio como su única alternativa en 2019. Este representa más de una de cada 100 muertes y es una de las causas principales de fallecimiento entre jóvenes. Solo quien ha vivido con depresión puede realmente entender lo que significa tomar una decisión así.

Probablemente las personas deprimidas con las que convives diariamente -incluso vos- se levanten todos los días para ir a la escuela o al trabajo. Entregan sus tareas, cumplen con sus metas laborales y contestan tus mensajes de WhatsApp. También se sientan a cenar con sus familias y asisten al cumpleaños de la abuela. Pero por dentro nada parece significar algo, y deben hacer toda clase de piruetas para seguir existiendo en un mundo en el que habitan por inercia. 58% de los suicidios ocurren en personas menores de 50 años y una de cada 100 muertes de adolescentes es por esta causa.

Es en los países de ingresos bajos y medianos, como México, donde ocurren 77% de los suicidios a nivel mundial. Aunque existen los tratamientos para los trastornos mentales, la falta de recursos y la estigmatización asociada a la enfermedad mental es la que evita que las personas no solamente reciban un tratamiento, sino incluso un diagnóstico. Aun en los países de ingresos altos, solo un tercio de las personas con depresión recibe cuidados formales. La OMS estima que el tratamiento contra la depresión mínimamente adecuado oscila desde 23% en los países de ingresos altos hasta 3% en los de ingresos bajos y medianos.

Ante esta situación, ¿cómo pude yo salir de un lugar del que no conocía el rumbo? La pandemia de COVID-19 me había alejado de todo lo que un día consideré vital y me metió en la pandemia -silenciosa, solitaria y estigmatizada- de la enfermedad mental. El trabajo terapéutico que había realizado previamente me ayudó para pedir ayuda un día en el cual las fantasías de irme de este mundo me asustaron enormemente. Comencé con tratamiento farmacológico y posteriormente empecé con terapia de acompañamiento.

Poco a poco fui creando en esa cueva una antorcha con las herramientas que fui hallando en mi ser, con muchísimo trabajo y apoyándome en todo el amor que me rodeaba. Requirió de todas mis fuerzas encenderla y buscar cómo escapar. Descubrí que la salida era la misma que la entrada: era una vía de un solo sentido que tenía que recorrer al revés. Encontré en mí ese amor por la vida, la belleza y la abundancia, todo lo que sabía que tenía en mi interior pero que este mundo convulso, egoísta y doloroso me había hecho olvidar.

El problema es que las personas emprendemos esa búsqueda sin herramientas y rodeadas de tabúes y estigmas. Los países destinan menos del 2% de su presupuesto a la salud mental y, para que las cosas mejoren, se necesita no solo más dinero sino hablar más del tema: que hacerlo sea tan casual como conversar del clima, que se compartan datos de terapeutas serios como se hace con recomendaciones de restaurantes; que levantar la voz y decir “he vivido esto” no sea un acto de valentía, sino algo cotidiano.

Para quienes no cuentan con el suficiente apoyo financiero para poder acudir a clínicas privadas, hay muchos sitios en la mayoría de los países que brindan estos servicios de forma gratuita y 24 horas.

Necesitamos, desde el Estado y la sociedad, hacer saber a quien hoy siente que solo puede arrastrarse por este mundo que, con tratamiento y terapia adecuada, no solo podrá caminar de nuevo, sino que volverá a correr. Y que pueda tener ambas herramientas a la mano para que la vida vuelva a tener sentido y el futuro deje de ser una maldición y se viva como un anhelo. A mí me pasó, pero necesitamos que muchos más salgan de la cueva.

Por Mariana Orozco (The Washington Post).-

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